Dios ¿se indigna?

 

¿Es el Dios de Nahún, un Dios vengativo y justiciero? ¿Se indigna ante las situaciones actuales del mundo? El profeta hoy nos ofrece una repuesta.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica, CENACAT

 

En todos estos meses, hemos estado presentando a los profetas del Antiguo Testamento, como al Dios que cada uno de ellos nos da a conocer. El Dios de Israel va caminando con su pueblo y, poco a poco, lo va educando y mostrándole sus diversos “rostros” a través del tiempo y de la peregrinación de su pueblo, hasta llegar a Jesucristo quien nos lo manifiesta como Abba, es decir, Padre. Seguidamente veremos al Dios de Nahún, un profeta del que hablamos el domingo 28 de junio del año 2009 y que nos hace conocer una particular forma de ser de Dios, que nos podría confundir, si no la entendemos bien.

En efecto, Nahún tuvo que profetizar la caída y destrucción de Nínive, la capital de los asirios, a quienes conocemos por la historia bíblica y por el libro de Jonás (Eco Católico, domingo 27 de agosto). Sabemos que los asirios fueron muy crueles con los pueblos a ellos sometidos y quienes deseaban su caída estrepitosa, que llegó, finalmente, en el año 612 a. C. De su destrucción, Nahún nos habla en los capítulos 2 y 3 de su libro, en los cuales presenta al Señor como un Dios celoso y vengador.

Hoy nos vamos a detener en un salmo, que se encuentra en el capítulo 1, 2-8 de este libro, en el que se canta la omnipotencia arrolladora de Dios, como Señor de la historia:

Yahvé es un Dios celoso y vengador. Se venga contra sus adversarios y su ira es terrible.  Yahvé es lento a la cólera pero tremendo en su poder y no deja pasar nada. Camina entre tempestades y huracanes, y las nubes son el polvo de sus pies. Amenaza a los mares y los seca, los ríos se quedan sin agua. El Basán y el Carmelo desfallecen y se marchita el verdor del Líbano, los cerros tiemblan ante él, y las lomas se estremecen. Ante él se derrumban la tierra, el universo y todos los que en él viven.

¿Quién podrá resistir ante su enojo? ¿Quién podrá soportar el ardor de su cólera? Su furor se extiende como el fuego, y las rocas se quiebran ante él. Yahvé es bueno; para los que en él confían, es un refugio en el día de la angustia. Conoce a los que en Él confían, y los salva de las aguas embravecidas. Mas extermina a los que se alzan contra Él, a sus enemigos los persigue hasta en la oscuridad…

Notemos que, de entrada, se nos presenta al Señor, como celoso y vengador, cuya ira es terrible, aunque mitigada, al decir que “es lento a la cólera”. Luego, vuelve a presentar su enojo y al ardor de su cólera, para luego volver a presentar su bondad, para los que en él confían. Podemos entonces afirmar con este bellísimo salmo, que Dios es paciente, justo y misericordioso (en la línea de los profetas que, como Joel y Jonás nos lo han enseñado), pero inflexible para con los enemigos del pueblo elegido, quienes han maltratado a Israel.

El hecho de que este himno se refiera a Dios como celoso y vengador (v.2), en vez de utilizar la fórmula más frecuente de “celoso y misericordioso” (ver Éx 20,5; 34,14), muestra el intento de Nahún de resaltar en este poema la justicia divina. La expresión “lento a la ira”, como hemos visto, mitiga, en cualquier caso, la fuerza de la expresión anterior y resalta la voluntad de Dios, de dar oportunidad a todo aquel que se arrepiente de su maldad.  En todo caso, este salmo pone de manifiesto la soberanía y del poder de Dios en la historia, de forma muy parecida a lo que vimos del profeta Daniel (ver Nah 1,9-2,1.3).

 

¿Se enoja, pues, el Señor?

El nombre “Nahún” significa literalmente “Yahvé consuela”. En este caso, el consuelo que Dios da es la destrucción de los enemigos de Judá. La fe de este hombre expresa el “juicio” de Dios sobre el enemigo opresor de Israel, con las fuertes expresiones de la “cólera”, “la ira”, “el furor” de Dios. Pero Nahún nos enseña también, que no son los poderosos de este mundo los que tienen el dominio de los pueblos, sino que es Dios el verdadero dueño y Señor de la historia.

El Dios que, para Nahún, ha de traer la ruina sobre Nínive, no actúa por capricho ni se deja llevar por preferencias. Su santidad y justicia le acompañan. La caída de la capital del imperio opresor asirio manifiesta claramente la santidad de Dios, que detesta toda injusticia, también la existente entre las naciones. El profeta entrevé en los acontecimientos que describe el gobierno universal de Dios y en la destrucción de Asiria, un castigo ejemplar por sus pecados y maldades (Nah 2,12-13; 3,1.4), idea que es bien distinta a lo que planteaba el libro de Jonás.

En este sentido habría que entender los primeros versículos con los que comienza el poema, como hemos visto (Nah 1,2-3). El celo y la venganza de Dios que se proclaman son una manifestación de su justicia, que no puede tolerar el mal que hacen sus adversarios, es decir, los que desatienden los derechos de Dios y oprimen a los menesterosos (ver Dt 32,35-36.41; Sal 94), como lo hemos aprendido también en los vaticinios del profeta Amós, el profeta de la justicia.

Pero también proclama la bondad del Señor (Nah 1,7). Así afirma su misericordia universal, enfatizada en Jonás, por ejemplo. Ciertamente, en virtud de la alianza, un derecho especial le correspondía al pueblo de Israel. Por eso el Señor acude en su defensa, siempre que hace el bien. Nahún anuncia, en consecuencia, que Dios ha tomado sobre sí la causa de su pueblo amado, que nunca más será humillado ni pisoteado por Asiria (Nah 1,12). El Señor quebrará el yugo que pesa sobre su pueblo (Nah 1,13). 

Por eso, la alegría de este profeta no le nace por su deseo de venganza, sino al contemplar el señorío de Yahvé, el Dios de la historia que, a través de Babilonia, el imperio que venció a los asirios, hace justicia a Israel y corrige a los asirios. Así da a Israel y a todos nosotros, razones para creer que sus planes de salvación tienen previsto su triunfo sobre el reino del mal. Y con todos sus recursos (este salmo y sus vaticinios), el interés de Nahún no es presentarnos un Dios vengativo, justiciero y “enojón”, sino despertar en sus lectores (y hoy a nosotros), la esperanza y confianza de que el Señor conoce el dolor de los pobres y los pequeños, y pronto les hará justicia.