Buenos cristianos, mejores ciudadanos

 

A pocos días de vivir un año más la independencia patria, es importante recordar el papel que la fe juega en la vida cívica y social.

Los valores del Evangelio no son elementos desencarnados o alejados de la realidad, muy por el contrario, hunden sus raíces en la cotidianidad de las relaciones humanas y en el quehacer de las comunidades.

Una fe vivida “estratosféricamente” y basada exclusivamente en prácticas devocionales sin un impacto en la transformación de las realidades terrenas no es auténtica ni deseable según el magisterio de la Iglesia y el propio testimonio de Nuestro Señor.

Jesús, en su paso por el mundo, siempre mostró el amor de Dios como esa fuerza capaz de instaurar aquí y ahora un reino de justicia y paz que signifique alegría y vida plena para las personas.

De ahí que es deber de los creyentes hacer que la fe se note en sus acciones y actitudes como ciudadanos pertenecientes a una colectividad y a un sistema democrático, contribuyendo activamente a su vitalidad y consolidación en el tiempo.

Un buen cristiano es solidario, paga a tiempo sus impuestos, contribuye con su trabajo e ideas a la buena gestión de las instituciones, en lugar de lamentarse por la situación del país pone manos a la obra y se pregunta qué puede hacer para mejorarla.

Un buen cristiano se mete en política para devolverle su sentido original y trascendente, como lo es la búsqueda el bien común, rechaza cualquier tentación de trampa y dádiva, identifica cuando alguien busca traficar influencias y discierne con claridad el bien personal del de la colectividad.

Un buen cristiano aspira a la justicia, paga a tiempo y según la ley los salarios, no trafica personas, se mueve y conmueve ante la miseria, la tragedia y el dolor humano. No tolera la mala distribución de los recursos donde el rico tiene hasta para derrochar y el pobre muere de hambre, frío y abandono.

Un buen cristiano rechaza el consumismo, antepone la serenidad y la responsabilidad a la emoción pasajera de la publicidad engañosa. No sobreendeuda sus cuentas más allá de las posibilidades reales de acuerdo con sus ingresos y nivel de vida. Aprecia lo bueno y lo bello, cuida lo que es de todos y se comporta como humano en las carreteras.

En fin, podríamos seguir casi hasta el cansancio, porque la fe es vida que vivifica, fuerza que renueva y que devuelve la esperanza donde todo parece perdido.

Muchas veces señalamos con razón situaciones que no andan bien en nuestro país, y lo hacemos siempre acusando y casi condenando a los demás pero, ¿y nosotros cómo andamos? ¿cómo vivimos esa condición de discípulos de Jesús en nuestro entorno social?

Setiembre es un buen momento para vivir una conversión social, animada por el deseo sincero de hacer mejor las cosas, de servirnos mutuamente y de mirar al futuro juntos como Nación realmente libre de optar por lo que es bueno y verdadero.

 

Asumamos el reto, lo merecemos.