Diócesis pedirá abrir causa de canonización del Apóstol de la Alegría



Danny Solano Gómez

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

De pequeño jugaba a ser sacerdote y a dar misa a sus amigos, para ello tenía un altar rústico y un sagrario de lata. Así empezó la precoz vocación del Pbro. Fernando Gonzáles, a quien recuerdan con mucho cariño los vecinos de Liberia, aun 60 años después de su fallecimiento tras un accidente automovilístico.

El domingo 20 de agosto se llevó a cabo una celebración eucarística con la intención del aniversario de la partida del padre Fernando a la Casa del Padre, presidida por el Obispo de Tilarán-Liberia, Mons. Manuel Eugenio Salazar, en el templo parroquial Inmaculada Concepción de María.

Durante la Santa Misa, un grupo de fieles entregó al Prelado una carta de petición para que dicha iglesia particular solicite ante la Santa Sede la apertura del proceso de canonización del sacerdote. 

“Estamos hoy aquí para alegrarnos, para recordar y darle gracias a Dios por esa vida y esa consagración sacerdotal, por ese servicio que prestó a esta comunidad, en su sencillez, afabilidad, amabilidad”, dijo el obispo. 

Monseñor lamentó que el proceso de beatificación no se solicitara años antes, no obstante recordó el refrán: “Nunca es tarde, cuando la dicha es grande”.

Rodolfo Gonzáles, sobrino del sacerdote, pidió a las personas que tengan un testimonio de intervención por parte del Padre Fernando que por favor compartan su experiencia. Aquellos deseosos de hacerlo pueden ir a la Parroquia de Liberia.

 

Un cura en bici

El sobrino del presbítero, impresionado por el impacto que causó su tío en el pueblo, ha entrevistado a personas que conocieron en vida al sacerdote con el objetivo de escribir una novela sobre su tío.

“Una señora de San José decía que el Padre estaba feliz porque no se le iba ningún enfermo sin confesar, siempre estaba pendiente de la gente en las casas, pero nunca decía que iba a confesar, sino que llegaba a conversar con las personas y en algún momento eran ellos quienes le pedían a él la confesión”, contó.

Y agregó: “Visitaba a los enfermos en bicicleta, en ese tiempo las personas no estaban acostumbradas a ver un cura en bici, le gustaba mucho estar con la gente, estaba disponible las 24 horas, una vez le ofrecieron un beca y no la aceptó porque prefería quedarse con su gente”.

En la ceremonia se congregaron familiares, amigos y vecinos que conocieron a aquel presbítero que, según cuentan, iba en bicicleta a visitar a los enfermos, bromeaba con los vecinos en las calles, se quedaba a altas horas de la noche en las fiestas patronales compartiendo con los vecinos y siempre estaba feliz.

Mons. Salazar aprovechó para visitar el sepulcro donde yacen los restos del sacerdote (detrás del campanario del templo parroquial). Allí se exhibieron las ropas que llevaba el Padre Fernando al momento del fatídico suceso. 

Cuentan que el día del accidente, el sacerdote estaba en una actividad y se despidió diciendo que había dejado el Santísimo Sacramento expuesto. “Me voy porque el Señor me está esperando”, dijo. Fueron palabras proféticas, pues esa noche se fue efectivamente a la Casa del Padre.