El fútbol no da para tanto, pero Costa Rica sí

 

Nuevamente hemos sido testigos de la violencia desatada alrededor de un partido de fútbol.

Esta vez le ha correspondido a Cartago ser escenario de hechos violentos previos a la realización del encuentro entre el Club Sport Herediano y el Cartaginés.

Las escalofriantes imágenes del enfrentamiento entre ambas turbas debe llamar a la reflexión nacional.

Algo muy malo estamos haciendo como sociedad para que, al calor de un simple partido de fútbol, una persona sea capaz de agredir a otra en estado de indefensión lanzándole una pesada roca sobre su cabeza.

La intención sin duda alguna era acabar con la vida de quien, ciertamente minutos antes, también estuvo agrediendo a otro aficionado contrario con saña y violencia.

Nada justifica este nivel de violencia que desvirtúa completamente el sentido trascendente del deporte como un medio para el crecimiento humano en la competencia honesta y serena.

Ahora hay quienes quisieran lavarse las manos de los ocurrido, sin embargo es importante distinguir los distintos niveles de responsabilidad alrededor de estos lamentables hechos.

Evidentemente sobre los agresores debe de caer todo el peso de la ley por el evidente delito de intento de asesinato que se paga con cárcel según nuestro ordenamiento jurídico. La impunidad es la principal aliada de que estos hechos se sigan cometiendo. Por eso no deben de quedar sin castigo las agresiones que han conmocionado a todo el país.

Ciertamente la organización de los partidos de fútbol concentrada en la UNAFUT también tiene su cuota de responsabilidad. Es inconcebible que existiendo alertas acerca de la peligrosidad de ciertos encuentros deportivos no existan planes de seguridad plenamente consolidados y avalados por las autoridades.

Los propios jugadores y dirigentes deben de reflexionar también acerca de la manera en la cual se expresan de sus rivales. Notamos un creciente desprecio e irrespeto en la forma en que se dirigen a los aficionados tratando de aumentar la polémica alrededor de los partidos, con el efecto que hemos visto y lamentamos a través de las imágenes de los alrededores del “Fello” Meza.

Su deseo por aumentar las taquillas terminará siendo un despropósito mayúsculo, pues lo que conseguirán es que menos personas deseen asistir a los estadios dada la peligrosidad a la que se verán irremediablemente expuestos.

Los propios periodistas y comentaristas deportivos que hoy rasgan sus vestiduras por los hechos en Cartago tienen también una parte de responsabilidad en lo sucedido, porque muchas veces en lugar de llamar a la paz y la convivencia fomentan una rivalidad con tintes de choque y confrontación salidas de toda consideración.

Lo grave es que se nota como hemos perdido el respeto y el aprecio por la vida y la dignidad humana. Estos delincuentes envueltos en colores de equipos de fútbol no merecen ser llamados ni siquiera seguidores de un deporte nacional. Representan los peores antivalores que estamos incubando como sociedad y son la mejor muestra del quiebre ético al que asistimos los costarricenses donde el otro ya no importa, ni siquiera su vida interesa a fin de defender aquello que creo que es mi verdad.

Es el mismo salvajismo que se expresa a través de las redes sociales cuando de forma descarnada se vapulea la honra y el honor de las personas.

Es el mismo sentimiento de quien, sin ninguna pena ni sonrojo, manipula y roba recursos que son de todos, que están destinados a ayudar a los más pobres o a solucionar problemas que afectan a la colectividad.

Desgraciadamente lo que vimos en Cartago no es sino una radiografía del azaroso rumbo que está tomando el ser costarricense.

Se trata de un problema que debemos atacar desde lo más profundo de las raíces de nuestra idiosincrasia. Desde los hogares, las iglesias y las escuelas, dejando de lado los debates sin sentido al calor de ideologías que pasan de moda y tomar cartas en el asunto en los grandes temas de interés nacional, comenzando por la propia convivencia entre los costarricenses.

 

Porque si el fútbol no da para tanto, nuestro futuro como sociedad sí merece un compromiso nacional, firme y responsable contra actos tan destestables.