De “youtubers”, confesionarios y otros…

 

Pbro. Glenm Gómez

 

¡La ignorancia es atrevida! y sobre esta tesis deberá recapacitar el poco célebre “youtuber” quien, por la avidez de atesorar “likes” y entretener un poco a sus seguidores, jugó una broma trivial y sosa a una doctora de la Caja Costarricense del Seguro Social en Quepos. Su caso no es insignificante, pues él violentó la intimidad de una persona, ese espacio que cada quien reserva para sí, o sus más allegados; penetró sin derecho en el ámbito ajeno de lo personal con el propósito de divulgarlo y, cito: “hacer que la gente se cague de risa”… Acto torpemente fallido.

Actualmente, el gracioso en cuestión se expone a una pena de hasta tres años de prisión por la captación indebida de manifestaciones verbales, delito tipificado en el artículo 198 del Código Penal y que aplica cuando una persona violenta el derecho de privacidad de un tercero al publicar una conversación que no ha sido autorizada a grabar.

En una sociedad tan proclive a lo burdo, en la que creíamos tener licencia para insultar y violentar, destruyendo a personas y mancillando su dignidad, las leyes – porque afortunadamente existen- nos recuerdan que hay una frontera entre lo permitido y lo delictivo, acarreando un escarmiento al ofensor, del que muchos otros podríamos sacar enseñanzas…

Igualmente, este hecho nos previene pues todos podemos ser víctimas de un delito contra nuestra privacidad y contra nuestro honor. “Miren que los envío como ovejas en medio de lobos: sean, pues, precavidos como la serpiente, pero sencillos como la paloma.”1 

En el plano laboral, debe darse una especial consideración a aquellos que tienen la obligación de mantener el secreto profesional, basado en el respeto a la intimidad del otro, la información que han recibido y que se impone por la necesidad de que exista una absoluta confianza entre el profesional y quienes acuden a solicitar sus servicios. En adelante, ¿Un profesional debería dudar de las “buenas intenciones” de quien le consulta? ¿Qué medidas protectoras han de tomarse?

Retomo esta advertencia, casi en clave de alarma, para aquellos que, en el ejercicio del ministerio sacerdotal, guardando el sigilo sacramental, mantenemos diálogos privados con los fieles.

 El Papa Francisco nos pide en esta circunstancia, ser canales de misericordia: “Hay muchos lenguajes en la vida: el lenguaje de la palabra, pero también el lenguaje de los gestos. Si una persona se acerca a mí, al confesionario, es porque siente algo que le pesa, que quiere quitarse... Si esta persona se acerca es porque quiere cambiar, y lo dice con el gesto de acercarse”2. Pero ¿Qué pasaría si, lejos de anhelar el perdón de Dios y de reencontrar la amistad plena con Él, nos visita una persona que quiera hacer pública nuestra posición doctrinal sobre un tema delicado o simplemente publicar opiniones o datos de carácter personal que emergen en el diálogo? 

El Código de Derecho Canónico, canon 983, §1 dice: “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”. ¿Qué sucedería, aún conociendo la inviolabilidad del sigilo, si nuestro diálogo es publicado con torcidas intenciones? 

Este hecho, asimismo, puede poner las barbas en remojo de algunos medios periodísticos que justificados por el interés público acostumbran la invasión de la esfera de intimidad, para que también opten por normas de autorregulación como medio preventivo, pues la libertad de expresión y el derecho a la información tienen como límite el respeto de los derechos de terceros. No se trata de una “ley mordaza” que impida a la prensa desempeñar su función informativa, pero sí de sujetar estas acciones al orden jurídico y al respeto a los derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

Para quienes legislan, también hay un llamado a poner en consonancia la tutela de la privacidad con el desarrollo tecnológico (informática), especial vía en lo relativo a la recopilación, manejo, uso e información de datos sensibles de origen étnico, opiniones y preferencias políticas, convicciones religiosas, filosóficas o morales, salud, vida sexual, etc.

Advertidos todos… especialmente los “inocentes” que “a cachete inflado” afectan la moral, la privacidad y el honor de quienes, en verdad, trabajan.

1 Mateo 10,16

 

2 Papa Francisco, Homilía 9.II.2016