Sin misericordia, lo perdemos todo

 

Seguimos con preocupación el caso de Charlie Gard, el bebé de los ingleses Chris Gard y Connie Yates, de once meses que nació sano, pero que a los dos meses su salud comenzó a deteriorarse rápidamente. 

Se le diagnosticó el Síndrome de Agotamiento Mitocondrial, una rara enfermedad genética que padecen solo 16 niños en todo el mundo. El mal causa debilidad muscular progresiva y, según los expertos, suele causar la muerte en el primer año de vida. 

Los médicos determinaron que el pequeño tiene un daño cerebral irreversible e incurable, y por eso pidieron a la Corte desconectar a Charlie del respirador y de la alimentación, para ayudarlo a “morir con dignidad”.

A pesar de la sentencia, sus padres aseguran que Charlie “no está sufriendo” y que se le debería dar una “última oportunidad de vivir”. Chris consideró que su hijito “no debería morir solamente porque nunca será como otros niños, corriendo por ahí”.

Los progenitores hicieron una campaña financiera para pagar un tratamiento experimental en Estados Unidos, que daría al bebé un 10 por ciento de posibilidades de mejorar su salud. Connie mencionó el caso de dos niños que una enfermedad parecida a la de Charlie, ayudados por ese tratamiento, ahora “están viviendo vidas normales desde hace un año”.

El Presidente de Estados Unidos Donald Trump apoyó que el bebé fuera llevado a Estados Unidos y hasta el Papa Francisco ofreció que el niño fuera recibido en el Hospital Infantil Niño Jesús, que es propiedad del Vaticano.

Los médicos negaron esta posibilidad a los padres de Charlie, argumentando que ese tratamiento no le devolvería una vida normal y que sólo estarían prolongando el sufrimiento. La justicia inglesa dictó que Charlie fuera desconectado y la Corte Europea de Derechos Humanos ratificó esta sentencia e imposibilitó el viaje a Estados Unidos o a Roma.

El caso de Charlie está poniendo a prueba a la ética civil sobre cuándo, cómo y si es posible poner fin a la vida de una persona inocente. La justicia inglesa y la citada Corte Europea, partiendo de que el niño ya no mejoraría, pusieron el acento en evitarle el dolor y sufrimiento futuros y, por eso ordenaron dejarlo morir, quitándole la alimentación.

Sin embargo, ese argumento pragmático, deshumanizado, no es definitivo. El experto bioeticista italiano, el Cardenal Elio Sgreccia, explica que no se deben confundir lo “incurable” de la enfermedad con el “dejar de cuidar” al enfermo. 

Es decir, que aunque no se pueda devolver la salud a Charlie, si se le debe atender. Y es que “el rostro humano de la medicina se manifiesta precisamente en la práctica clínica de ‘cuidar’ la vida del que sufre y del enfermo”, escribió Sgreccia en su blog el pasado 2 julio. 

Queda en evidencia que esta decisión de la justicia británica fue tomada más por un motivo ideológico que por una razón médica: que es preferible quitar la vida que enfrentar el sufrimiento, para el cual hoy tenemos muchos medios paliativos. 

El pequeño Charlie Gard se ha convertido así en el icono de las víctimas de la “ideología de eutanasia” y del “ensañamiento tanatológico”. Según esta cultura de la muerte, Charlie debe morir aunque sus padres no quieran, ni aunque la medicina dé una pequeña esperanza.

Nuestros medios de comunicación tradicionales, distraídos en trivialidades, poco han dicho de este caso, que sin embargo reúne el pensamiento de quienes también aquí creen en la eutanasia y la defienden incluso llegando a proponer proyectos de ley para instaurarla.

No olvidemos jamás el valor de la vida y la obligación ética de atender con prontitud y dedicación a nuestros enfermos hasta el término natural de su existencia. 

 

Si perdemos la misericordia, lo habremos perdido todo.