Gomer 


La capacidad de perdón y ternura, que anida en las entrañas de Dios, es más fuerte que la traición de Israel, simbolizada en la vida azarosa de Gomer. 


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

 

Yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Y me responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que la saqué de Egipto. Aquel día –oráculo del Señor–, me llamará Esposo mío, no me llamará Baal mío. Me casaré contigo en matrimonio perpetuo, me casaré contigo en derecho y justicia, en misericordia y compasión, me casaré contigo en fidelidad, y te penetrarás del Señor (Os 2,16.17b-18.21-22. Texto de la Primera lectura, del lunes de la Semana XIV del Tiempo Ordinario, año par).

¿Quién es el protagonista de este propósito y promesa? ¿Quién habla aquí, en este texto del profeta Oseas, a quien presentamos a ustedes, un ya lejano domingo 17 de mayo del año 2009, en el Eco Católico? ¿Es Dios o es Oseas? Luego responderemos a estas preguntas, pero hoy queremos que ustedes conozcan a su esposa llamada Gomer, que en el libro de Oseas aparece como una prostituta, pero que tiene un papel importante en la historia de su familia y en la historia de salvación del pueblo de Israel.

Gomer era una muchacha, cuyo nombre recordaba a un pueblo mencionado en Gén 10,3 y en 1 Crón 1,5. Es decir, de un pueblo no judío, ajeno al linaje de Abrahán, además de ser enemigo de Israel. Gog, el príncipe de Magog, poseía una gran ejército con tropas aliadas procedentes del país de Gomer (Ez 38,2-6, domingo 21 de mayo, Eco Católico). Lo cierto es que, por una orden expresa de Dios, Oseas fue a buscarla para proponerle matrimonio, aunque a sus oídos su nombre no sonaba muy bonito. Luego, tuvieron tres hijos, a los que Oseas puso nombres simbólicos: Jezrael (Dios siembra), Lo’ Rujamah (No  compadecida) y Lo’ Ammí (No mi pueblo). Ver Os 1,3-8.

Gomer era prostituta, pero su oficio no se debe entender como hoy, que es el trato sexual a cambio de dinero, sino idolatría, pues los cananeos, vecinos de Israel, adoraban a los dioses de la fertilidad, llamados Baal y Astarté, y en el culto, también se practicaba la prostitución, que aquí es sinónimo de idolatría, de abandono de Dios y de su alianza, pecado firmemente condenado por los profetas del Antiguo Testamento (ver Os 1,2), pues el pueblo de Israel constantemente se inclinaba a practicar este pecado.

Después de un tiempo de vivir como esposos, Gomer abandonó a Oseas, que quedó solo con sus tres hijos, para “volver a las andadas…”. Podemos imaginar el dolor, el sufrimiento, la rabia y la impotencia de él, pese a que la amaba sinceramente. Pero, con el paso del tiempo pudo más su cariño sincero de esposo, que sus celos (Os 2,8), o sus deseos de venganza (Os 2,15), como esposo traicionado. Por eso, decidió perdonarla, rescatarla y hacer que regresara al hogar. Y de ello trata el texto mencionado al comienzo del artículo de hoy domingo.

Por eso, la última tentativa de Oseas, es llevarla al desierto, considerado como el lugar ideal para encontrar a Dios, como reencuentro de sus amores de novios en su juventud, recordando cuando el pueblo de Israel no tenía más apoyo que su Dios. Allí “ella le responderá” y sucederá la reconciliación y el perdón. Habrá nuevos desposorios, sellados por la justicia, el derecho, el amor, la ternura y la fidelidad.

Al encontrarse con Gomer, Oseas no le censura su pasado, sino que le dice: “Me llamarás “esposo mío” y no me llamarás “amo mío” (Os 2,18). No le reprocha a Gomer su vida relajada y la recibe con ternura inusitada: Oseas no será el “amo” de Gomer sino su “esposo”. Oseas perdona a Gomer y dignifica su condición femenina: Oseas ya no será el “amo” sino el “esposo” (algunas traducciones en lugar de decir “amo mío” o “dueño mío”, mantienen literalmente el término hebreo y escriben “baal mío”, palabra que significa “dueño”).

 

Relación entre Dios y su pueblo

Ahora bien, aquí no solamente podemos pensar en un matrimonio restablecido de nuevo entre aquellos esposos, sino especialmente la relación entre Dios y su pueblo que, en esta historia familiar, simboliza la unión del Señor con su pueblo. De forma que puede ser el Señor el que habla o el profeta mismo. Uno lleva al otro. La identificación “mujer, esposa, Israel” y “profeta- Dios” es tan viva, que en estos versículos es difícil saber quién se expresa: o Dios o el profeta Oseas… Pero el gesto de perdonar, de rescatar a Gomer de su vida de desenfreno idolátrico, ilustra el gesto mismo del Señor como Dios amoroso y misericordioso, de esposo fiel de la comunidad elegida y amada, Israel. Una bellísima metáfora esponsal, que expresa el misterio del amor del Dios a su pueblo, valiéndose de estos esposos tan especiales (ver Jer 2,2; 3,1-2.6-10.20).

Gomer y su esposo Oseas cohabitan de nuevo mientras el amor y la ternura borran los resquicios de antiguas discordias. La reconstrucción del hogar aparece en los nuevos nombres que reciben los hijos de los esposos. La hija llamada “No-compadecida”, recibe el nombre de Compadecida, que podríamos entender cómo “especialmente querida” (Os 2,3.25). El hijo llamado “No-mi pueblo”,  se denomina ahora “Hijo del Dios vivo” (Os 2,1), o “Mi pueblo” (Os 2,3.25), que podemos entender coloquialmente como “especialmente mío”. Y el hijo mayor, llamado Jezrael (nombre de un valle maldito del país), en los dos últimos significados en Os 2,2.23, alude a la “semilla de Dios”, es decir a la esperanza y a la confianza en el futuro.

Gomer fue perdonada, como infinidad de veces su pueblo también (tanto por Oseas como por Dios). Pues la capacidad de perdón y ternura, que anida en las entrañas de Dios, es más fuerte que la traición de Israel, simbolizada en la vida azarosa de Gomer. 

Muchas veces nosotros llevamos cuenta de las ofensas y de todo aquello que sufrimos cuando alguien nos ha hecho daño, mascullando el rencor, la rabia, la tristeza y los resentimientos, negándonos a perdonar. Gomer había pecado, pero al regresar a casa Oseas la perdona, y con el perdón que le ha concedido, se convierte en esposa y ambos rehacen la vida conyugal. 

Desde la perspectiva de Dios, primero está el perdón, pues mediante el perdón que recibimos alcanzamos la conversión, y una vez convertidos, podemos plantar en nuestra tierra la semilla del Reino de Dios.