Discriminación social… un mal que nos agobia

 

Monseñor José Rafael Quirós

Arzobispo de San José

 

En una comunidad con alto nivel de pobreza, un joven me manifestaba que, por sus limitaciones económicas y por su entorno social, para poder alcanzar una meta, los muchachos tenían, que estudiar y trabajar infatigablemente… además de lidiar con los prejuicios y las injusticias en las que incurren personas e instancias al conocer sus lugares de procedencia.

Me ponía ejemplos precisos: “Los depósitos de materiales no hacen fletes a la zona, los taxistas nos niegan el servicio, en la búsqueda de trabajo nos marginan al dar a conocer nuestro lugar de residencia, para muchos somos sólo canalla brava o chusma…”. La evidente segregación de grupos sociales en localidades marginadas, también se ve potenciada por la ausencia de servicios públicos. 

Estamos ante una dramática situación de discriminación social que pocas veces es denunciada en redes sociales o medios de comunicación masivos, a pesar de atentar, claramente, contra la calidad de vida y los ideales de superación de la inmensa mayoría de sus habitantes. Esto se traduce en la exclusión de miles de personas a sus derechos, servicios y oportunidades, condenándolos a una eterna situación de desventaja pues la discriminación genera pobreza y robustece la desigualdad.

¿Por qué negar derechos y oportunidades a las personas por su condición social,  su origen o lugar de residencia? Con el énfasis en las noticias delictivas ¿Fomentan los medios de comunicación la marginalidad de estos sectores sociales? ¿Existen políticas públicas destinadas a estas comunidades para resolver los problemas derivados ya no sólo de la pobreza, sino del rechazo social?

“Cuando la sociedad -local, nacional o mundial- abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz.”1 La bandera que debemos elevar todos hasta lo más alto, es la de la justicia y equidad.

La vulnerabilidad social de estos hermanos no puede dejarnos indiferentes pues, contradice en la práctica nuestra Carta Magna que señala: “Toda persona es igual ante la ley y no podrá practicarse discriminación alguna contraria a la dignidad humana”2. Hoy muchos juzgan que hay ciudadanos “dignos” que cuentan con los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar, y que hay otros que podemos considerar “los «no ciudadanos», los «ciudadanos a medias» o los «sobrantes urbanos»”3 

Esta actitud atenta contra las enseñanzas del Señor Jesús quien anima a cuantos quieren ser sus seguidores a reconocer su compromiso de socorrer a los hermanos más desfavorecidos.

En este sentido, Francisco recuerda: “El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano.”4

Reconozco el trabajo de grupos sociales y empresas que, a través de su responsabilidad solidaria se han enfocado hacia estos sectores y animo, especialmente, a los diversos agentes pastorales para que impulsados por la caridad de Cristo y por las exigencias de la dignidad de la persona humana, sigan trabajando por el compromiso por la justicia pues “Todos somos responsables de todos.”5

 

1 Evangelii Gaudium #59

2 Art 33. Constitución Política de Costa Rica

3  Evangelii Gaudium #74

4 Idem #58

 

5 Sollicitudo rei sociales #38