Persona y economía en conflicto

 

En nuestro país, diez de cada cien personas no encuentran trabajo. El drama personal y familiar que significa el desempleo las empuja hacia sectores informales de la economía o, en el peor de los casos, hacia actividades ilícitas con las consecuencias que todos conocemos.

Lejos de ser un número a la baja, el desempleo más bien tiende a consolidarse como un factor más de nuestra economía, que se acentúa gravemente entre los jóvenes y las mujeres, sin considerar la dignidad humana puesta en juego.

Y no se trata de un fenómeno exclusivamente local. Según un informe de dos agencias de la Naciones Unidas, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en este año 2017 el crecimiento económico no será capaz de detener el empeoramiento de las condiciones laborales tanto de nativos como migrantes, de los países latinoamericanos y caribeños. 

“En vista de que el empleo es la llave maestra para reducir la pobreza y la excesiva desigualdad en la región, las tendencias laborales recientes son altamente preocupantes”, explica el prólogo del informe.

Esta crisis del empleo pone de manifiesto dos visiones del hombre y de la economía en conflicto. Hoy la economía se basa en la utilidad y la función del empleo se reduce a recibir un salario. Pero se trata de una visión muy reducida, porque en el trabajo hay mucho más que la mera remuneración.

La visión sobre el papel de los trabajadores depende siempre del enfoque que se tenga de la economía. Cuando la utilidad (las ganancias) son el centro de ese paradigma, los trabajadores pasan a ser piezas funcionales y su salario está determinado por factores de rentabilidad y no por las necesidades concretas de las personas.

La otra visión de la economía, centrada en la igualdad de todos los trabajadores sin importar su puesto o tipo de empleo (manual o intelectual), ha tenido varias versiones, desde posturas duras como el comunismo, que fracasó en la práctica, hasta esquemas intermedios como el socialismo de centro. 

Así las cosas, parece que aunque sostengamos que la persona debe ser el centro de la economía, en la práctica, la visión económica global basada en la utilidad es la que prevalece, pues al final, los que dan empleo están inmersos en las estructuras financieras generadas por aquella visión, responden a estas lógicas y se ven sometidos a ellas también.

Cuando el paradigma económico está centrado en las ganancias, la eficiencia se convierte en un principio. Entonces sólo tendrán empleo las personas que tengan la cualificación para ser eficientes. 

Quedan fuera del esquema quienes no han tenido oportunidades educativas, los que carecen de experiencia, los enfermos, discapacitados, ancianos y las mujeres que son madres o quienes desarrollan varios roles en la familia.

Esa visión de la eficiencia resuelve las finanzas de las empresas, pero no soluciona el hecho de que todo ser humano necesita del trabajo para realizarse; pero bajo este modelo económico, no todos lo conseguirán.

El Papa Francisco sostiene que “trabajo y persona son dos palabras que pueden y deben ir juntas”, porque el individuo necesita del trabajo para humanizarse. Según el Pontífice, “la persona florece con el trabajo”, ya que “si pensamos las personas sin trabajo, decimos algo parcial, incompleto, porque la persona se realiza en plenitud cuando es trabajador, trabajadora”. (Discurso, 28 junio 2017)

La solución a la paradoja entre la dignidad del trabajador y la utilidad económica del empleador tiene varios niveles. En un horizonte inmediato, la respuesta está en manos de los patrones que pueden hacer “malabares” financieros, tanto para conservar y abrir nuevos puestos de trabajo como para pagar mejores salarios. 

 

Pero la solución clave se encuentra en buscar una nueva economía, que supere el paradigma de la utilidad y se enfoque verdaderamente en el ser humano como centro de la economía. ¿Será esta la gran utopía del Siglo XXI?