Iglesia en clave juvenil

 

Los jóvenes son el hoy de la Iglesia. Lo hemos dicho y repetido porque a pesar de ser una verdad, nuestros muchachos y muchachas no siempre tienen un protagonismo real dentro de la evangelización y los procesos pastorales.

Ciertamente existen los grupos juveniles, la renovación carismática y otras valiosas iniciativas alrededor de las cuales ellos y ellas viven su fe, sin embargo todo su potencial y energía bien podrían dinamizar la Iglesia entera. Y lo estamos necesitando.

La juventud es una etapa de opciones fundamentales. La fe es una de ellas. Si el joven asimila y hace suya por decisión propia las convicciones espirituales heredadas de sus padres, no se apartará de ellas jamás. 

No importa la dureza de los embates a los que se vea sometido en su vida adulta, las presiones de la sociedad, el mal ejemplo de los adultos y hasta los condicionamientos culturales, políticos o ideológicos, nada lo apartará de su fe si es profunda y vivencial.

Por el contrario si un joven no tiene la oportunidad de afianzar su vida espiritual en estos años, corre el riesgo de ser como una veleta que el viento lleva donde quiere, víctima de manipulaciones interesadas, de modas pasajeras, desviaciones morales y confusiones del pensamiento débil con la frustración que ello acarrea.

Como Iglesia hemos dejado muchos espacios vacíos, hay que aceptarlo. Los jóvenes comprometidos y activos en la Iglesia son apenas una fracción del total. Nos alegramos de los que participan y su entusiasmo nos motiva pero… ¿y los demás dónde están?

Podemos preguntarnos, ¿nuestra catequesis es lo suficientemente atrayente para los jóvenes de hoy? ¿Hablamos sus lenguajes y estamos en los lugares donde ellos se desenvuelven? ¿Somos capaces de hacer significancia dentro de su vida llena de estímulos sensoriales y comunicación instantánea y global?

¿Será la parroquia un referente atractivo para los jóvenes hoy? ¿Se sienten identificados con nuestros proyectos, celebraciones y predicaciones? ¿Respondemos efectivamente a sus urgencias de carácter espiritual, de consejo o a sus mismas necesidades materiales y humanas?

¿Y la familia? ¿Tienen los padres de familia la llave del corazón de sus hijos? ¿Qué ejemplo damos de vida cristiana, pertenencia a la Iglesia o discipulado cristiano? Hay muchas preguntas que en un mes como julio, dedicado a los jóvenes en nuestro país, podríamos -y debemos- hacernos.

Por eso es providencial que después del fructuoso Sínodo sobre la Familia, el Papa Francisco haya anunciado la celebración de un nuevo Sínodo sobre los Jóvenes, de modo que toda la Iglesia pueda entrar en una reflexión profunda sobre los desafíos, retos, amenazas y oportunidades de nuestros jóvenes, y explorar, con audacia evangélica, nuevos caminos y respuestas creativas para ellos y ellas en la Iglesia.

El sínodo, que es la reunión de obispos del mundo para analizar un tema en particular, tendrá como escenario el año próximo en Roma bajo el tema: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, y de hecho ya ha sido enviado a todas las Iglesias locales el Documento Preparatorio, con un cuestionario que debe de ser respondido en conciencia y apelando a la experiencia de los propios jóvenes.

El tema elegido, tal y como explicó en su momento el Papa Francisco, es expresión de la solicitud pastoral de la Iglesia por los jóvenes, en continuidad con los resultados de las recientes asambleas sinodales sobre la familia y con el contenido de la exhortación apostólica post-sinodal Amoris Laetitia. 

“Su propósito es acompañar a los jóvenes en su camino existencial hacia la madurez para que, mediante un proceso de discernimiento, descubran su proyecto de vida y lo realicen con alegría abriéndose al encuentro con Dios y con los seres humanos y participando activamente en la edificación de la Iglesia y de la sociedad”.

 

Por eso, desde ahora, cada actividad, cada reunión y cada celebración, incluidos los preparativos para la próxima Jornada Mundial de la Juventud en Panamá, deben apuntar a este trascendental Sínodo, donde se definirán temas cruciales para el futuro mismo de la Iglesia, que debe ser y sentirse siempre joven en la apertura permanente a la acción vivificante del Espíritu Santo en ella.