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“Los que cuidan a los mayores con amor, colaboran al bien de la sociedad” Papa Francisco

Escrito por Eco Catolico on . Posted in Opinion

 

“Los que cuidan a los mayores con amor, colaboran al bien de la sociedad” Papa Francisco


Monseñor José Rafael Quirós

Arzobispo de San José

 

Como revelan diversos estudios, Costa Rica experimenta un incremento, cada vez más creciente, del grupo de población adulta mayor - personas de 60 años y más-. Este hecho refuerza nuestra tesis de actuar con cautela, responsabilidad y solidaridad en la toma de decisiones que garanticen los servicios de salud de esta población altamente vulnerable, incluyendo una pensión que les permita tener acceso a una vida digna.

Conozco los esfuerzos de instancias como CONAPAM y su Red de Atención para el Cuido Integral de las Personas Adultas Mayores, desde allí personas, familias, grupos organizados de la comunidad, instituciones no gubernamentales y estatales, articula acciones que garanticen el adecuado cuido de las personas adultas mayores del país, promoviendo así una vejez con calidad de vida.

He visitado en varias ocasiones el Hospital de Geriatría “Raúl Blanco Cervantes”, una de las instituciones más prestigiosas del país donde, con visión y mística, brindan una atención dirigida especialmente a los problemas de salud, dando repuesta a las demandas y necesidades de esta población. 

Ha sido en ese contacto permanente, enriquecido con mis visitas pastorales, donde he estado en contacto con las duras circunstancias derivadas de la edad, entre ellas, las diversas enfermedades crónicas, la dependencia para la movilidad. No pocas veces, son los mismos adultos mayores quienes me hablan de su fragilidad, incapacidad, depresión y, en muchos casos, soledad…

En lo personal, enfatizo la atención y el afecto que muchos de ellos reciben de parte de sus familias, pero, desgraciadamente, una significativa cantidad de personas adultas mayores, no tienen ni siquiera un patrimonio a su haber, no cuentan con ingresos ni servicios básicos, y muchos son violentados y marginados por su propia familia. 

Por tal razón, celebré con entusiasmo que nuestro país ratificara la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, el pasado 12 de octubre de 2016 pues con ella se  resalta que la persona mayor tiene los mismos derechos humanos y libertades fundamentales que las demás personas, y que estos derechos, incluido el de no verse sometida a discriminación fundada en la edad ni a ningún tipo de violencia, dimanan de la dignidad y la igualdad que son inherentes a todo ser humano.

De esta forma reconocemos que la persona, a medida que envejece, debe seguir disfrutando de una vida plena, independiente y autónoma, con salud, seguridad, integración y participación activa en las esferas económica, social, cultural y política de la sociedad.

Este hecho nos alienta, pero es necesario, no sólo un avance jurídico, sino también ético, moral y social respecto al tema. 

El Papa Emérito Benedicto XVI, visitando una casa para ancianos, manifestó: “La calidad de una sociedad, quisiera decir de una civilización, se juzga también por cómo se trata a los ancianos y por el lugar que se les reserva en la vida en común” (12 de noviembre 2012).

Más recientemente, el Papa Francisco advertía que, aunque el número de los ancianos se ha multiplicado, nuestras sociedades no se han organizado suficientemente para hacerles lugar a ellos, con justo respeto y concreta consideración por su fragilidad y su dignidad. “Mientras somos jóvenes, tenemos la tendencia a ignorar la vejez, como si fuera una enfermedad, una enfermedad que hay que tener lejos; luego cuando nos volvemos ancianos, especialmente si somos pobres, estamos enfermos, estamos solos, experimentamos las lagunas de una sociedad programada sobre la eficacia, que, en consecuencia, ignora a los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar.” (Catequesis 4 de marzo del 2015)

 

Los adultos mayores no son un lastre ni una carga que deban ser soportados o abandonados a su suerte. Esa cadena de intolerancia y descarte, de indiferencia o desprecio sólo podrá romperse por el amor; transformándose en gratitud, respeto y reconocimiento hacia ellos, pues, como proféticamente nos enseña Francisco: “Donde no hay honor para los ancianos, no hay futuro para los jóvenes”.