La visión del árbol

 

Una parábola que enseña que solamente el Señor es el único rey y que los príncipes de la tierra no son más que delegados temporales de Dios o usurpadores de este título.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

Cada 15 de junio se celebra el Día del Árbol en Costa Rica. Esta efeméride ambiental fue instaurada por el Presidente Alfredo González, mediante el Decreto Ejecutivo n°14 del 25 de mayo del año 1915. De niños y en nuestras escuelas, recordamos este día de manera especial, porque plantábamos árboles en diferentes sitios y cantábamos el Himno al Árbol, emocionados: “Árbol que tiendes hacia las nubes en un ejemplo de elevación, subir quisiera como tú subes  y abrir las ramas de mi canción…”.

Todos somos conscientes de su vital importancia, en un país que se luce de su entorno verde, pues absorben el dióxido de carbono, que es transformado en sustancias nutritivas para la misma y el resto por los seres vivos, liberan oxígeno como parte de la fotosíntesis. Con el crecimiento de sus raíces oxigenan la Tierra, purifican el aire y reducen el calentamiento del planeta. Son vitales en la regulación de los ciclos climáticos e hidrológicos, proveen una sombra beneficiosa en lugares de alta exposición solar, como el Guanacaste en Costa Rica, el árbol nacional y tienen un alto atractivo turístico y recreativo.

Pues resulta que el rey Nabucodonosor soñó con un árbol gigantesco y majestuoso. Era su segundo sueño y así se lo relata a Daniel, apodado aquí Beltsasar: Vi un árbol gigantesco en el centro de la tierra. El árbol creció y se volvió corpulento; su altura llegaba hasta el cielo y se lo veía desde los extremos de toda la tierra. Su follaje era hermoso y su fruto abundante: había en él comida para todos. Debajo de él se guarecían los animales de los campos, y en sus ramas anidaban los pájaros del cielo; de él se alimentaban todos los vivientes. 

Yo contemplaba recostado en mi lecho las visiones de mi imaginación, y vi que un Guardián, un Santo, descendía del cielo.  Él gritaba con fuerza y decía: “Derriben el árbol y corten sus ramas, arranquen sus hojas y dispersen sus frutos; que huyan los animales de debajo de él y los pájaros, de sus ramas. Pero dejen en la tierra el tronco con sus raíces, sujeto con cadenas de hierro y bronce, entre la hierba de los campos. Que sea empapado por el rocío del cielo y comparta con los animales la hierba de la tierra; que sea cambiado su corazón de hombre y adquiera instintos de animal, y que siete tiempos pasen sobre él. 

Por un decreto de los Guardianes se pronuncia esta sentencia, y por una orden de los Santos, esta decisión, para que los vivientes reconozcan que el Altísimo domina sobre la realeza de los hombres, que él la da a quien quiere y eleva al más humilde de los hombres”. Este es el sueño que tuve, yo, el rey Nabucodonosor; y tú, Beltsasar, dame su interpretación, porque ninguno de los sabios de mi reino ha podido hacérmela conocer. Tú sí que eres capaz de hacerlo, porque en ti reside el espíritu de los dioses santos” (Dan 4,7-15; ver texto completo el pasaje de Dan 4).

 

¿De qué se trata en este símbolo?

Se trata de una parábola, a la que podemos llamar “El árbol glorioso y abatido”, similar a la que aparece en Ez 31 (un altísimo cedro que representa a Egipto). Aquí, el sueño del gran árbol versa sobre la realeza. Enseña que solamente el Señor es el único rey y que los príncipes de la tierra no son más que delegados temporales de Dios o usurpadores de este título.

Si vemos los versículos 7 al 9 la descripción de este árbol próspero es clásica y, a la vez, bellísima. Luego, se cuenta que del cielo baja un ser angélico con un decreto: el árbol será abatido, pero la cepa será conservada, que mantendrá la posibilidad de sobrevivir (v.v.10-12). Luego, la imagen del árbol desaparece, para dar paso a la figura del rey desterrado, que vive en medio del campo, llevando una vida prácticamente animal (v.v.12-13), durante “siete tiempos”, siete años de reflexión, que dan un campo de libertad ante el soberano.

Ya el profeta Daniel le había advertido a Nabucodonosor lo que le sobrevendría (v.v.16-24), y luego aquella profecía se cumple, como si tratara de un hecho comprobado, al decir que el rey entró en locura y vivió como un animal salvaje, hasta recobrar la razón, la cordura y la salud (vv.25-31). Se trata de una ficción de tipo edificante o moralizador, ya que no consta, por otras fuentes extra bíblicas, que este rey se volvió loco y casi animal.

El mensaje del texto en cuestión aparece en boca de Nabucodonosor, en los v.v. 31-32, cuando exclama:Entonces bendije al Altísimo, glorifiqué y celebré al que vive eternamente, cuyo dominio es un dominio eterno y cuyo reino dura de generación en generación.  Todos los habitantes de la tierra no cuentan para nada ante él; él hace lo que le agrada con el Ejército de los cielos y con los habitantes de la tierra, y no hay nadie que pueda tomarle la mano y decirle: “¿Qué haces…”?

Como quien dice: el Señor es único como tal y, por consiguiente, el único soberano verdadero, pues su imperio, frente a los reyes perecederos y a los poderes caducos y transitorios, “es para siempre” (v.31). Que el imperio de Nabucodonosor pasará y que el orgullo y la soberbia no sirven de nada (ver Dan 4,14.22.29-31-32.34. Pues, como dice el profeta Isaías: “el orgullo del hombre será doblegado” (Is 9,11-17); el orgullo de los grandes, el orgullo de los sabios, el orgullo de los mediocres y el de los falsos humildes. Asó lo confiesa aquel rey altivo de Babilonia: Ahora yo, Nabucodonosor, glorifico, exalto y celebro al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdad y sus caminos son justicia. Y él tiene poder para humillar a los que caminan con arrogancia(v.34).

 

Los imperios de la antigüedad, que tanto hicieron sufrir a Israel, desaparecieron de la historia, como hoy también, tantos poderes despóticos de toda clase correrán, tarde o temprano, la misma suerte. Solo Dios permanece, solo su Reino, el de Jesús, el de los pobres y los humildes, los mansos y desposeídos, quienes “heredarán la tierra” (Mt 5,5). Pues, como cantaba María de Nazareth: El Señor… dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes… (Lc 1,51b-52)

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