De las devociones a la devoción

 

Pbro. Juan Luis Mendoza

 

Me refiero a las devociones tradicionales y a la “verdadera” devoción al Corazón de Jesús. 

Es así. El hacer los primeros viernes de mes, el entronizar su imagen, el tener un cuadro en la casa, el llevar encima un escapulario o medallita, etc., todo ello nos debería poner en la vivencia del misterio de la cruz en la que, como manifestación suprema de amor, al ser su Corazón atravesado por la lanza del soldado, Cristo entrega su vida al Padre por nuestra salvación.

De modo anticipado e incruento lo hace en la Última Cena: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Juan 13,1). Después de lavar los pies a los apóstoles (amar es servir), se da como alimento bajo los signos del pan y del vino.

Hablar de amor es hablar de sacrificio, es decir, del amor verdadero, el que cuesta. A propósito, el Padre Larrañaga distingue entre el amor “afectivo”, el de gusto y placer, y el “oblativo”, el de sacrificio en la entrega a los demás, en las obras de bien que hacemos por ellos como lo hizo Jesús siempre, y especialmente en la Cena y en la cruz del Calvario, y lo sigue haciendo sacramentalmente en la Eucaristía.

A ese amor verdadero, a esa devoción han de llevar las prácticas devocionales tradicionales si han de tener valor y significado auténticos.

Si usted se fija, advertirá que esas devociones se quedan en el afán de alcanzar las “promesas” hechas a Santa Margarita María de Alacoque, y no valerse de ellas para profundizar en el amor a los demás, ya que es la señal de que somos cristianos, seguidores de Cristo y verdaderos devotos de su Corazón.

Más en concreto, los primeros viernes de mes y, en general, el comulgar con frecuencia nos ha de mover -con Jesús dentro- a ir al encuentro de los necesitados, como lo hace María con Isabel inmediatamente de que concibe en su seno al Hijo de Dios (véase Lucas 1,39-45), algo que hará en ese momento y hasta el Calvario. Otro tanto hicieron los santos y hacen hoy tantas almas buenas. Por la comunión ser portadores de Jesús y entregarlo a los demás.

El entronizar la imagen del Corazón de Jesús en el hogar u otro sitio, y tenerla ahí, ha de significar que de igual manera acogemos en él -en el hogar u otro lugar- y más aún, en nuestro corazón a tanto necesitado (véase Mateo 25,35).

Otro tanto se puede decir al colgar en la pared un cuadro que lo representa, y de las consagraciones que se hacen en ese momento o en cualquier otro tiempo.

Muchos llevan sobre el pecho un escapulario o medalla del Corazón de Jesús. Que no los tengan como un adorno o una especie de amuleto protector. Qué bueno sería, por el contrario, llevarlos como un recordatorio constante del amor que Dios Padre nos tiene, manifestado en su Hijo, y que, al reposar en nuestro corazón, nos impulsen a amar al prójimo, del mismo modo, especialmente a los que yo llamo las “tres pes”: los pequeños, los pobres y los pecadores.

En definitiva, la verdadera devoción al Corazón de Jesús: amar en la práctica como él nos ama.

El evangelista lo resume así: “En esto hemos conocido lo que es amar: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (Primera Juan 3,16)

Ojalá que lo entendamos así y nos decidamos a vivir de ese modo desde ahora.

Señor, trasvasa incesantemente el amor de tu Corazón al mío para que sea una viva imagen de tu presencia aquí en la tierra de mi dedicación por amor al Padre y a sus hijos, mis hermanos.

 

Tenme crucificado contigo, es decir, pasando de la muerte a la vida. Ten mi corazón en el tuyo en el centro de la cruz, abrazando con mi amor en el tuyo cielo y tierra, tiempo y eternidad, plenitud de ese dar y recibir -que es el amor y la dicha- contigo, el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

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