Más papás a ejemplo de San José

 

Celebramos este domingo el Día del Padre, en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Qué mejor ocasión para poner delante del Santísimo Sacramento a todos los papás, los que están vivos y aquellos que se nos han adelantado en el camino al cielo.

Ser buen padre hoy en día es una misión hermosa pero exigente. Requiere ternura y responsabilidad, firmeza, valor y fe. Todos conocemos buenos padres de familia, y también aquellos que han fallado a causa de los vicios, las pasiones desordenadas, el machismo y la violencia… también por ellos oramos hoy. 

Cuando hablamos de ser buenos padres, existe un referente inequívoco: San José, el esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesús.

San José fue el custodio de la Sagrada Familia, ¿y qué significa esto? Significa que siempre estuvo cerca de Jesús, dejándolo crecer, pero siempre muy cerca de él. Fue custodio de su crecimiento físico, pero también de su sabiduría y gracia.

José, junto con María, se hicieron cargo de Jesús, sobre todo, desde el punto de vista corporal, es decir, lo “criaron”, preocupándose de que no le faltara nada de necesario para un desarrollo saludable.

No hay que olvidar que el cuidado atento y fiel de la vida del niño también dio lugar a la huida a Egipto, la dura experiencia de vivir como refugiados para escapar de la amenaza de Herodes. 

Luego, de vuelta en casa y establecidos en Nazaret, hay todo el largo período de la vida de Jesús en su familia. En aquellos años, José enseñó a Jesús su trabajo de carpintero, y Jesús aprendió a amar y a santificar el trabajo, haciéndolo una ofrenda agradable a Dios, tal cual San José lo hacía.

Jesús fue un judío de su tiempo gracias a que San José se preocupó por transmitirle su fe. Los imaginamos juntos en la sinagoga, cumpliendo las tradiciones, orando y escuchando las Sagradas Escrituras. Desde esta perspectiva, San José también ayudó a Jesús a crecer en la gracia de Dios.

Así, estando cerca de su hijo, San José nos regaló un modelo excepcional de padre, absolutamente válido y vigente para nuestros tiempos.

San José fue un hombre que siempre supo escuchar la voz de Dios, era profundamente sensible a su voluntad, un hombre atento a los mensajes que le llegaban desde lo más profundo del corazón y desde lo más alto del cielo. Oraba y así disponía su alma para escuchar a Dios.

No se había obstinado de seguir su proyecto de vida, no permitió que el temor o la duda le envenenaran el ánimo, sino que estuvo listo para ponerse a disposición de la novedad que, de manera desconcertante le era propuesta.

Fue un hombre bueno que supo renunciar a sí mismo por amor. Esta libertad de renunciar a lo que era suyo, a la posesión de su propia existencia y su plena disponibilidad interior a la voluntad de Dios, nos interrogan a todos hoy y nos muestran el camino para ser los papás que Dios quiere para nuestros hijos e hijas.

Que este domingo, junto a las comidas, las fiestas y los regalos, dejemos un espacio para mirar a San José, e imitar el amor y la entrega por su familia, que lo hacen grande entre los santos del cielo.

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