María… mujer

 

En mayo, los católicos, mediante prácticas y devociones, consagramos el mes a la Santísima Virgen María, Madre del Señor y espejo de toda santidad, manifestando con ello  que  María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma y es humilde pues no quiere ser sino la sierva del Señor.1

Hace un año, llamó la atención que en el “mes de María” el Papa Francisco centrara sus intenciones de oración en la defensa de la dignidad de las mujeres y su aporte a la sociedad, empezando por la familia. 

Esta propuesta, antes que distraer nuestra atención, apuntaba al sentido profundo del ser mujer desde María, el modelo por excelencia. María “es una mujer de esperanza: porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel… Es una mujer de fe: “¡Dichosa tú, que has creído!”, le dice Isabel (Lc 1, 45)... María es, en fin, una mujer que ama.”2  Por eso, reconocemos en ella el “orgullo de nuestra raza”.

Al honrar a María, dignificamos a la mujer para que, en toda circunstancia, alcance su “realización” como persona, su dignidad y vocación, de acuerdo con la riqueza de la femineidad, que recibió el día de la creación y que hereda como expresión peculiar de la “imagen y semejanza de Dios”.3

Francisco nos recordaba: “Es innegable el aporte de la mujer en todas las áreas del quehacer humano, empezando por la familia. Pero con sólo reconocerlo… ¿Es suficiente?... hemos hecho muy poco por las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, despreciadas, marginadas, e incluso reducidas a esclavitud”…Debemos condenar -exhorta- la violencia sexual que sufren las mujeres y eliminar los obstáculos que impiden su plena inserción en la vida social, política y económica”.

En Costa Rica hemos avanzado en el reconocimiento del valor y la dignidad de la mujer, pero aún percibimos hechos injustos que mancillan ese progreso.

La creciente  violencia contra la mujer, me pregunto, ¿habrá que colocarlo ya como un problema de salud pública? Con dolor, se nos informa con frecuencia sobre asesinatos de mujeres que se producen, generalmente, en el seno de los hogares.

Igual, la discriminación y la marginación de las mujeres, particularmente, en el ámbito laboral, contradicen su intrínseca dignidad. Esto lo experimentan tanto las mujeres profesionales como aquella “que a veces sin un adecuado reconocimiento por parte de la sociedad y de sus mismos familiares, soportan cada día la fatiga y la responsabilidad de la casa y de la educación de los hijos.”4

Con dolor somos testigos del drama de las experiencias migratorias, “cuando conciernen a las mujeres o a los niños no acompañados, obligados a permanencias prolongadas en lugares de pasaje entre un país y otro, en campos de refugiados, donde no es posible iniciar un camino de integración.”5 

La lista de hechos u omisiones es larga. “La historia lleva las huellas de los excesos de las culturas patriarcales, donde la mujer era considerada de segunda clase, pero recordemos también el alquiler de vientres o “la instrumentalización y mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática”.6

Ante la situación de injusticia, desigualdad y sufrimiento que sufren tantas mujeres en nuestro país, invito a los católicos a reflexionar sobre el  insustituible papel que desempeña la mujer en nuestra sociedad especialmente en apoyo al compromiso apostólico de tantas mujeres  y aliento a las mujeres en su labor, a menudo dura e invisibilizada, a invocar el auxilio y la protección de María Santísima, Mujer y Madre.

 

Mons. José Rafael Quirós

Arzobispo de San José

 

1 Cf. Benedicto XVI, Deus Caritas est, n.41, 25-12-2005

2 idem

3 Cf. Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem, n.10, 15-8-1988

4 Cf. Juan Pablo II, Laborem Exercens, n.9, 14-9-1981

5 Amoris Laetitiae, Papa Francisco, n.46, 19-3-2016

 

6 Idem, n.54