En la comunión, ¿digerimos carne y sangre real?

 

“Hola, Monseñor, quizá le parezca extraña mi pregunta, pero me gustaría aclarar un poco el asunto, respecto a la presencia real de Cristo en la Hostia Consagrada. ¿Decimos que Cristo es o está en el pan y vino? ¿Qué sucede cuando comulgamos, acaso nuestro cuerpo digiere la Hostia como pan y Cristo como que se “separa” de las sagradas especies para estar en comunión con nuestra alma? Si así fuera, ¿qué diferencia habría entonces entre “comunión espiritual” y “comunión sacramental”? ¿O sucede más bien, que Cristo no se separa del pan y del vino y, entonces, nuestro cuerpo lo digiere como carne y sangre real?”.

A. G. F. – Heredia.

 

Es normal que frente al Misterio Eucarístico nos surjan muchas preguntas… De mi parte intentaré contestar brevemente a las que usted, estimado A. G. F. me propone.

1. Hablando con propiedad, decimos que Cristo ni es el pan y el vino consagrados, ni está (casi escondido) en ellos, porque ellos no son ya pan y vino. Como lo ha expresado de la manera más correcta el Concilio de Trento, es la substancia del Pan que pasa a ser la substancia (carne y sangre) de Cristo. Es por eso, que el mismo Concilio afirma que la palabra apta para expresar el asombroso milagro de la “conversión” del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo es transubstanciación. Gracias a ella el pan y el vino ya no son pan y vino, sino, que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

2. Como lo expresa correcta y claramente el Nuevo Catecismo de la Iglesia; “La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la Consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas” (N° 1377). Cuando comulgamos, en el momento en el que las “especies” del pan y del vino dejan de ser tales, cesa la presencia eucarística de Cristo. Es obvio que nuestros ácidos gástricos “atacan” las especies, es decir, lo que tiene apariencia de pan y de vino, ya que químicamente las especies siguen teniendo la estructura de pan y vino, aunque (por la Consagración) ya no son pan y vino.

3. Usted, A. G. F. hace notar que si termina la presencia eucarística cuando terminan las especies casi no habría diferencia entre Comunión sacramental y Comunión espiritual. ¿No le parece que la conclusión es más amplia que las premisas?

Una vez que cesan las especies del pan y el vino, cesa la presencia eucarística, pero ya se ha dado la Santa Comunión, en la cual el que comulga ya se ha unido íntimamente con la Carne y la Sangre de Cristo, como Él mismo lo ha solemnemente declarado: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida (cfr. Jn 6, 55).

4. Con todo lo anterior, no se pretende disminuir la importancia de las otras formas de presencia de Jesús, entre nosotros y dentro de nosotros, particularmente por medio de los demás Sacramentos y por su Palabra. Sin embargo, la presencia eucarística de Cristo es -para decirlo de algún modo- la más fuerte e intensa. El mismo Concilio Vaticano II, después de haber recordado los varios modos de presencia de Jesús (en los Sacramentos, en la Palabra, en la oración, en los pobres, en los enfermos, en los presos…) concluye afirmando: “Pero, sobre todo, está presente bajo las especies eucarísticas (Constitución sobre la Liturgia -SC- N° 7).

 

5. Finalmente, estimado A. G. F., en la Santa Comunión no sucede como en las otras comidas, en que nosotros transformamos lo que comemos en nosotros mismos, sino, que -como lo decía San Agustín- es Cristo quien nos va transformando en Él, para que se realice también en nosotros lo que afirmaba San Pablo: “Vivo yo, ya no yo, es Cristo que vive en mí” (Gál. 2, 20).