Los gestos de Ezequiel

 

Anunciaban el asedio y la caída definitiva de Jerusalén.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

 

Los profetas del Antiguo Testamento, por lo general, además de su palabra o mensaje, tienen gestos cargados de sentido que, a veces, nos pueden resultar extraños. El mismo Jesús, como buen israelita, también los hizo. Por ejemplo, el primer domingo de Ramos, se montó sobre una burra y su cría y así entró en la ciudad santa de Jerusalén (Mt 21,1-11), entró al templo y lo purificó, echando fuera a sus comerciantes (Mt 21,12-17) y maldijo una higuera (Mt 21,18-22). Pues también varios gestos significativos hizo el profeta Ezequiel, a quien estamos presentando en estos domingos, y de los que algunos han creído que él era una persona emocionalmente desequilibrada. De sus gestos hablaremos hoy.

 

El día de su vocación 

(Ez 2-3)

El día de su vocación, en la llanura de las afueras de Tel Abib, el profeta Ezequiel supo por fin, de lo que Dios quería que proclamara: la inminente destrucción de Jerusalén y, lo más terrible, del mismo Templo de Jerusalén, donde habitaba el Señor en persona, orgullo de todo judío y centro de todas sus esperanzas. Ezequiel se sintió desfallecer. ¡Era el anuncio de una terrible pesadilla! Ni en sus noches más negras y sombrías, Ezequiel hubiera imaginado semejante tragedia.

Y se preguntaba ¿cómo podría salir él a predicar de todo esto a los desterrados? Todos confiaban que, de un momento a otro, se acabaría el cautiverio y podrían regresar a Jerusalén. Añoraban volver a contemplar las doradas torres de sus murallas y recorrer sus calles y sus plazas. Incluso muchos profetas exhortaban al pueblo judío en esos momentos a no desesperarse, porque pronto, según ellos, el Señor iba a permitirles regresar a sus casas (Ez 13,1-16) ¿Cómo iba él ahora a comunicar que nada de eso era cierto, que las cosas no iban a mejorar sino a empeorar, porque Dios había dispuesto la ruina de Jerusalén? Él mismo no podía aceptarlo.

Pero Dios le pedía que diera este mensaje. En un plazo no muy grande, Jerusalén iba a ser sitiada, conquistada y destruida. Ni el templo se iba a salvar. Si a Ezequiel le costó aceptar su vocación de profeta, aceptar este mensaje le costó aún más. Fue entonces cuando perdió su voz y se quedó mudo por un tiempo (Ez 3,26).

 

El juego de la guerra

Durante los meses siguientes, Ezequiel lo pasó muy mal. La Biblia cuenta una serie de extrañas acciones que realizó, encerrado en su casa. Se trata de cinco gestos, que los estudiosos suelen llamar “actos simbólicos”, pero que posiblemente sean mucho más que eso.  En primer lugar tomó un ladrillo, dibujó en él la ciudad de Jerusalén y como un niño pequeño, tirado en el suelo, se puso a jugar con él, simulando el sitio de la ciudad. Construyó alrededor trincheras, terraplenes, campamentos, arietes  y colocó una sartén de hierro a torno a él, como si fuera un muro, figurando su asedio (ver Ez 4,1-3).

En segundo lugar, permanecía largas temporadas acostado, a veces del lado derecho, otras del lado izquierdo, inmóvil, paralizado y silencioso, como un preso en una cárcel (ver Ez 4,4-8). En tercer lugar, comía poco y mal, bebiendo el agua racionada y medida, a ciertas horas fijas del día, como si estuviera en una ciudad sitiada, que pasa hambre y sed (ver Ez 4,9-11). 

En cuarto lugar, cocinaba haciendo fuego con excrementos humanos, es decir, sin atender a las normas de pureza propias de la Ley judía (ver Ez 4,12-15). Podemos imaginar el asco que esto suponía para él… Y finalmente, se afeitó la cabeza y la barba y con los cabellos, formó tres pequeños bultos. A uno le prendió fuego, al otro lo cortó con una espada y al último lo esparció al viento. Y unos cuantos pelos los guardó en el dobladillo de su manto (ver Ez 5,1-4). Los cabellos simbolizaban el terrible destino que aguardaba a los habitantes de Jerusalén.

 

Predicar con la enfermedad

Los especialistas discuten si Ezequiel realmente ejecutó estas acciones o simplemente se las imaginó. Si las realizó en público o encerrado dentro de su casa. Si las hizo en la plenitud de sus facultades o en un estado inconsciente de alteración nerviosa. El texto dice expresamente que el profeta hacía estas cosas “ante la vista” de los demás (Ez 4,12), “en medio de la ciudad” (Ez 5,2). Sin embargo, es poco probable que alguien que todavía no es un profeta famoso en medio del pueblo, ni reconocido como tal, y que antes nunca profetizó, haya comenzado voluntariamente a predicar de esta manera tan extraña, arriesgándose a pasar por loco que por enviado de Dios.

Quizás no esté lejos de la realidad pensar que Ezequiel, luego de enterarse del mensaje que debía predicar, quedó tan alterado que durante un tiempo, la idea lo llevó a realizar compulsivamente actos relacionados con ella, algunos dentro de su propia casa (como jugar a la guerra o tenderse en la cama), y otros en público (como pasearse con la cabeza rapada y esparciendo cabellos). Más tarde comprendió que Dios se había valido de él y de su estado de turbación, para llamar la atención de los desterrados y anunciar así la caída de la capital. Por eso escribe que fue Dios quien le pidió que dibujara en un ladrillo la ciudad, que permaneciera largas temporadas acostado o que se afeitara la cabeza y la barba.

Como vemos, estos gestos proféticos de Ezequiel anunciaban el asedio y la caída definitiva de Jerusalén. De ellos, en tiempo de tragedia y desgracia, él supo pasar a la esperanza de tiempos nuevos, con su palabra y sus oráculos. Por eso, a nosotros hoy se nos invita a revisar en qué medida nuestros gestos, palabras y acciones, pueden ser señal de alegría, de esperanza y de optimismo, de superación y estímulo para los demás, que no simplemente de tristeza, abatimiento y de tiempos aciagos. Ezequiel y Jesús supieron anunciar, a su modo, la salvación y la vida, después de sus oráculos de juicio y de condena. Porque lo primero es más importante que lo segundo.