Vivir en resurrección

 

La gran noticia de la resurrección de Cristo ha transformado corazones desde aquella noche bendita de la primera Pascua, en que presurosas las mujeres que la conocieron por boca del ángel, corrieron a anunciarlo a los apóstoles.

Ellas, primeras misioneras, no pudieron contener todo aquello que habían visto y oído. Y es que el encuentro con la persona de Cristo vivo hace surgir de modo natural la misión, transforma la vida e impulsa a anunciar a otros la salvación.

Así ha sucedido a lo largo de los siglos con generaciones de creyentes que lo han dado todo por Aquel que los amó primero. Esta es la fuerza de la resurrección del Señor y es a lo que estamos llamados a vivir en nuestros días, ciertamente convulsos y con muchos motivos para la desesperanza.

Vivir en resurrección significa cuestionarnos qué testimonio damos al mundo de nuestra vida como creyentes, con qué coherencia nos movemos en los diferentes ambientes, cómo llenamos de Evangelio cada situación a la que nos enfrentamos, qué criterios de la vida de Cristo hacemos nuestros cuando nos encontramos con las personas en el camino de la vida.

Vivir en resurrección no es otra cosa que apostar por la vida siempre, rechazando toda propuesta que vaya en contra del bien y la verdad. Es luchar por la familia, por el progreso, por la convivencia social, por el respeto de los auténticos derechos humanos, por la calidad de vida de los pobres, los enfermos y desvalidos.

Es pagar el salario justo, preocuparse por la realidad del otro y salir a su encuentro si necesita ayuda. Vivir en resurrección es buscar siempre cómo beneficiar al mayor número, no acaparar bienes ni dinero, sino ponerlos al servicio para la creación de empleos dignos, para el desarrollo integral, la misericordia y la solidaridad.

Vivir en resurrección es entender que la Iglesia es santa porque Cristo la fundó, pero tener la claridad suficiente para ver que llevamos un tesoro en vasijas de barro, frágiles y a que a menudo se rompen a causa del pecado.

Vivir en resurrección es tomar conciencia de que siempre Dios tiene los brazos abiertos para que volvamos a Él, sin importar nuestra historia, como padre misericordioso nos acoge y perdona, sana nuestras heridas y nos reviste de dignidad a través de los sacramentos.

Es experimentar el gozo y la alegría de vivir en la comunidad de los creyentes, de contribuir activamente a la evangelización comenzando en la familia, los grupos, los proyectos y los diferentes niveles de Iglesia. Es sentirnos implicados en la tarea de orientar al mundo al encuentro con Cristo.

Es defender la vida de los muchos atropellos que hoy se ciernen sobre ella, especialmente en el vientre materno, es oponerse a la guerra, al odio y al conflicto, sembrando espíritu de concordia en las relaciones humanas y sociales y ofreciendo oraciones y sacrificios por la paz del mundo.

Es mirar la vida con esperanza, sabiendo que siempre vendrán tiempos mejores, sin renunciar a la fuerza transformadora del amor y con la mirada puesta en las verdades eternas, donde viviremos cara a cara todo aquello que hoy, por fe, apenas prefiguramos.