Semana Santa: corazón de la fe


Laura Ávila Chacón

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La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin embargo, para muchos se ha convertido sólo en una ocasión de descanso y diversión. Se olvidan de lo esencial que es la vivencia de los misterios fundamentales de nuestra fe, contenidos en la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo

Para vivir la Semana Santa, debemos darle a Dios el primer lugar y participar en toda la riqueza de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico.

A la Semana Santa se le llamaba en un principio “La Gran Semana”. Ahora se le llama Semana Santa o Semana Mayor y a sus días se les dice días santos. Esta semana comienza con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua.

Como lo recuerda el Padre Mario Montes, biblista del Centro Nacional de Catequesis, vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados. Asistir al Sacramento de la Penitencia en estos días es importante, para morir al pecado y resucitar con Cristo el día de Pascua.

Lo importante de este tiempo no es el recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender por qué murió y resucitó. Es celebrar y revivir su entrega a la muerte por amor a nosotros y el poder de su Resurrección, que es primicia de la nuestra.

La Semana Santa fue la última semana de Cristo en la tierra. Su Resurrección nos recuerda que los hombres fuimos creados para vivir eternamente junto a Dios.

A continuación un breve recorrido por el sentido de cada uno de los días santos:

 

Domingo de Ramos

En este día celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como rey con cantos y palmas. Por esto, nosotros llevamos nuestras palmas a la Iglesia para que las bendigan ese día y participamos en la misa.

 

Jueves Santo

Este día recordamos la Última Cena de Jesús con sus apóstoles en la que les lavó los pies dándonos un ejemplo de servicio. En la Última Cena, Jesús se quedó con nosotros en el pan y en el vino, nos dejó su cuerpo y su sangre. Es el Jueves Santo cuando instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. Al terminar la última cena, Jesús se fue a orar, al Huerto de los Olivos. Ahí pasó toda la noche y después de mucho tiempo de oración, llegaron a aprehenderlo.

Sobre esto el Padre Montes explica que en este día se celebra también la Misa Crismal, que es la única del año litúrgico que celebra de modo particular, toda la sacramentalidad de la Iglesia, es decir, todos los signos sacramentales, a través de los cuales se actualiza la salvación, que brota del Misterio Pascual de Cristo. 

“No es una “misa exclusiva para sacerdotes” o de algún grupo privilegiado, sino una celebración diocesana y la única concelebración de los sacerdotes con su obispo prevista por el Misal a la largo del Año Litúrgico, en la cual renuevan sus promesas sacerdotales.

Los signos de esta Eucaristía son los óleos que se bendicen (el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos), así también como el Santo Crisma, que es consagrado, de allí su nombre “Misa Crismal”. En ella, los cristianos somos llamados a descubrir la belleza y el valor del Bautismo, la Confirmación y el Orden Sacerdotal , así también la preocupación y atención de la Iglesia por sus hijos enfermos, siguiendo el ejemplo de Cristo Sacerdote”.

 

Santísimo Triduo Pascual

Abarca el Viernes y Sábados Santos, y el Domingo de Resurrección. Estos días, que algunos aprovechan para descansar, son el centro o el culmen de nuestra Semana Santa, aquello para lo que nos preparamos en la Cuaresma...

 El Triduo Pascual se refiere a las celebraciones que se inician el Jueves Santo por la tarde, con la Cena del Señor y culmina con la Vigilia Pascual del Sábado Santo cuando aclamamos al Resucitado. 

La Iglesia enseña que todos los años en el “sacratísimo triduo del Crucificado, del sepultado y del Resucitado” o Triduo pascual, que se celebra desde la Misa vespertina del Jueves en la cena del Señor hasta las Vísperas del Domingo de Resurrección, la Iglesia celebra, “en íntima comunión con Cristo su Esposo”, los grandes misterios de la redención humana (Directorio sobre la piedad popular, n° 140). 

De forma que estos tres días hacen presente y actualizan en la Iglesia, los misterios de la Pascua del Señor, es decir, su Paso (Pascua) de este mundo al Padre, por medio de los signos sacramentales.

Termina el Tiempo de Cuaresma por la tarde del Jueves Santo e inicia el Santo Triduo Pascual, con la llamada “Misa de la Cena del Señor”, en la cual se recuerdan tres grandes misterios: la institución de la Eucaristía, del Orden Sacerdotal y el mandamiento del amor o de la caridad fraterna. 

A esta celebración tan sentida, se le agregan ritos especiales: el lavatorio de los pies o “mandatum” y el traslado del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva. En esta Eucaristía vespertina, pórtico del Triduo Pascual, participa toda la comunidad, en la medida de lo posible, por eso ha de ser una única misa, salvo casos especiales… Una sola misa para toda la comunidad.

 

Viernes Santo 

Este día recordamos la Pasión de Nuestro Señor: Su prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilato; la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión. Lo conmemoramos con un Vía Crucis solemne y con la ceremonia de la Adoración de la Cruz.

 

Sábado Santo o Sábado de Gloria

Se recuerda el día que pasó entre la muerte y la Resurrección de Jesús. Es un día de luto y tristeza pues no tenemos a Jesús entre nosotros. Las imágenes se cubren y los sagrarios están abiertos. Por la noche se lleva a cabo una vigilia pascual para celebrar la Resurrección de Jesús. Vigilia quiere decir “la tarde y noche anteriores a una fiesta”. 

En esta celebración se acostumbra bendecir el agua y encender las velas en señal de la Resurrección de Cristo, la gran fiesta de los católicos.

 

Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua

Este domingo de Pascua es el fruto de la Vigilia Pascual y se convierte, por lo tanto, en el origen de todos los domingos. En él los cristianos celebramos con gozo y con gran solemnidad la Resurrección del Señor. 

Se celebra con una Misa solemne en la cual se enciende el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo Resucitado, luz del mundo. Además, se recomienda sustituir el acto penitencial por el rito de la aspersión con el agua bautismal, bendecida  la víspera en la Vigilia y renovar así la condición de bautizados en Cristo.

Este día reviste una especial solemnidad y alegría, además que da comienzo al tiempo más importante de la Iglesia, la Cincuentena Pascual que culmina en Pentecostés, así también la Semana de la Octava de Pascua, ocho días después, que deben ser celebrados como un solo domingo y dígase lo mismo acerca del Tiempo Pascual.

Toda la Iglesia se siente renovada, cambiada y transformada, pues ha pasado la Pascua, la ha vivido, saboreado y celebrado. La humanidad renace a la esperanza, al triunfo de Cristo sobre las fuerzas del mal y de la muerte. Todos y todas en este día estamos llenos de gozo y gustamos la alegría de la Pascua: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor!