Nuevos estilos de evangelización en una sociedad diversa

 

Pbro. Víctor Manuel Salas H.

MSc en Psicología y educación, Pontificia Univ. Javeriana

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Todo el conflicto en el proceso de evangelización está en la mentalidad ya que los fundamentos de la Revelación, de la Tradición, del Magisterio no tienen por qué tocarse para llegar al ser humano hoy y ofrecerles con firmeza un sentido, que llamaremos espiritual, que le sirva de norte a las personas y culturas, en el camino por este mundo. No tienen por qué cambiar los fundamentos, ya que estos son el corazón de la propuesta, para que el ser humano los acoja en el alma y lo conviertan en un sentido antropológico - espiritual de existencia.

Los evangelizadores en América Latina y el mundo tenemos que caer en la cuenta que ya los simbolismos cambiaron. Los simbolismos ayudan para que se asimilen los sentidos. Si cambian los simbolismos en la gramática cultural de los pueblos, hay que tener cuidado ya que lo que deseamos con todo el corazón que se acoja, el ser humano no lo está comprendiendo y menos asimilando, para hacerlo suyo.

El simbolismo no son los fundamentos dogmáticos, sino la forma del ser humano de entender la realidad, la vida, las relaciones vinculares, el afecto, la sexualidad, la genitalidad, el cuerpo, lo social, la situación de abastecimiento de las necesidades básicas. La Palabra de Dios como vemos en toda la Sagrada Escritura se enraizó en una cultura y expresó la voluntad de Dios con tanta claridad que los interlocutores comprendían facílmente el mensaje. Otra cosa es que lo escuchara, lo obedecieran, lo hicieran una forma de convivir y vivir o sea una estructura de vida. Los profetas eran los que empujaban al pueblo a volver una y otra vez a lo que era el plan de Dios. El estilo profético necesita credibilidad, coraje y testimonio (martyria).

El Papa Francisco no va a cambiar jamás los fundamentos, pero si está muy capacitado para entrar en el mundo de los simbolismos de la sociedad actual, su formación, su entrega, su comprensión de la historia como hombre de fe, es un regalo para la Iglesia. Sabe a profundidad lo que necesita el ser humano y el mundo. Lo ofrece dialogando con cada persona y con el colectivo, y les propone las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad y las obras de misericordia.

El evangelizador tiene que ubicarse y estar enraizado en la vida social. No puede el evangelizador dialogar con sus pensamientos individuales o con sus interpretaciones. Se tiene que ser suficientemente sensible y sensitivo, para pensar y actuar desde los fundamentos espirituales y los simbolismos humanos, en las diferentes sociedades, ya que no hay y nunca ha existido la uniformidad, sino la diversidad. Con solo ver los diferentes carismas en la Iglesia lo podemos apreciar, nunca la diferencia es obstáculo para la búsqueda de la unidad y la verdad.

Tenemos que darnos cuenta que si no cambiamos el estilo de evangelizar, empezando por comprender y entender los simbolismos sociales; que ya hemos definido, el ser humano seguirá siendo manipulado hacia comprensiones de las religiones desde lo absurdo e inclusive proponiendo formas neuróticas de estar en sociedad y cuidado con no llegar hasta formas de locura social: corrupción, ambiciones de poder, complacencias con formas políticas descabelladas, maridajes con poderes de este mundo sean personas o grupos que en nada se parecen a la vida que propone el Evangelio, ambiciones, encubrimientos, silencios cómplices , formas destructivas de practicar la religión, desgaste de los que buscan actuar coherentemente, confusión entre misericordia y complicidad, incapacidad de sentir el dolor humano, utilización inclusive de los pobres para estilos de vida ambiciosos y absurdos, falsedad espiritual entre otras conductas humanamente enfermas.

El mundo y las personas están deseosos a que les ayuden a vivir como seres humanos necesitados de propuestas que llenen las aspiraciones en una sociedad materializada, indiferente, narcisista, defensiva, y enferma, pero que aspira a superar todas esas contradicciones que nos hacen sufrir. Pero cabe preguntarse ¿están encontrando en la Iglesia Católica y en los estilos de evangelización una respuesta convincente? Perdonen, pero habría que cuestionarnos como nos ven. No es responder con lo que esperan escuchar. ¡No! Eso sería suicidio pastoral. Es preguntarnos ¿ofrecemos las convicciones del Evangelio que rompa con la indiferencia entre nosotros y con la creación?