Baruc

 

Nos enseña que no importa cuál sea la tarea a realizar, sino la importancia que esa tarea tiene dentro de los planes de Dios y del servicio desinteresado a la Iglesia, en la causa del Reino de Dios.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

 

Hoy presentamos a Baruc, el fiel secretario de Jeremías, cuyo nombre en hebreo significa “Bendito”. Debió de pertenecer a la alta sociedad de Jerusalén, pues su hermano Serayas tenía un alto cargo en la corte del rey Sedecías, uno de los últimos reyes de la dinastía de David (ver Jer 51, 59). Estrechamente vinculado al profeta de Anatot, le sirvió de secretario (ver Jer 36,6) y, como tal, redactó las profecías amenazantes de su maestro espiritual (ver Jer 36). 

Aparece con él interviniendo en la compra del campo de Anatot, patria chica del profeta, como señal de que no todo está perdido ante la inminente deportación de los judíos a Babilonia (Jer 32,12). Después de la caída de Jerusalén (año 597 a. C.), Baruc fue conducido con su maestro Jeremías a Egipto (ver Jer 43,1-7), ambos casi arrastrados por los revoltosos nacionalistas judíos. 

Hacia el año 582 a. C. Baruc aparece con un mensaje de esperanza a los desterrados en Babilonia, sin duda alguna enviado por el propio Jeremías. Según FIavio Josefo, historiador judío, el rey de Babilonia, Nabucodonosor, se llevó a Jeremías y a Baruc a Babilonia, después de conquistar Egipto (Antigüedades Judaicas q. 10, 9.7). En el año 581 a. C. Baruc llevó a Jerusalén parte de los vasos sagrados que habían sido llevados a Babilonia, y al mismo tiempo, fue portador de una colecta de dinero para los judíos que se habían quedado en la tierra santa (Bar 1,1-9). 

Al llegar, les leyó a los suyos su libro con motivo de la fiesta de los Tabernáculos (Bar 1,14). En Jer 43,3, Baruc aparece a los ojos de sus contemporáneos, como el hombre fuerte que incita a Jeremías para que aconseje al pueblo la rendición a los babilonios. En otro lugar, Baruc, en cambio, se presenta como consternado ante tanta aflicción, exclamando: “¡Pobre de mí, porque el Señor añade aflicción a mi dolor! ¡Estoy cansado de gemir, y no encuentro descanso!” (Jer 45,3), pues la catástrofe nacional es tan grande que no sabía consolarse, a lo que le replica Jeremías que debe sentirse feliz por haber salvado su vida (Jer 45,5).

Sabemos que el profeta Jeremías predicó entre los años 627 a. C al 587 a. C (año en el cual Babilonia completó la conquista y la destrucción o caída de Jerusalén). Sufrió maltrato físico y verbal, encierros y cadenas, incomprensiones y hasta persecuciones, nadie quería escuchar su apremiante llamada a la conversión y de juicio, más bien, en esos tiempos, como ahora, había en Israel falsos profetas que anunciaban bendición y prosperidad, engañando al pueblo sencillo.

Dicha tarea, imposible para Jeremías solo (y para cualquier hombre), necesitaba alguien más, un varón llamado por Dios, que fuera sus manos y sus pies cuando él estaba entre cadenas, que hablara cuando a él no lo escuchaban, que dejara escrito su mensaje, que entrara en los lugares que a él ya no le permitían entrar, que levantara sus brazos cuando se desanimaba, que creyera en su ministerio profético y que permaneciera fiel a su lado, pese de no tener éxito a los ojos de los hombres.

Y ese hombre llamado por Dios a realizar dicha tarea, fue Baruc. Le tocó en suerte colaborar con Jeremías, ser su sombra. Aun así, Jeremías no habría podido cumplir bien su labor sin él. Probablemente muy pocas veces hemos oído hablar de Baruc, ya que no escribió ningún libro de autoría propia (escribía lo que Jeremías le dictaba de parte de Dios), y mucho no se habla de él, sencillamente porque “no vende”, nadie quiere ser la sombra del protagonista (de los cincuenta y dos capítulos del libro de Jeremías, Baruc solamente es mencionado en cuatro de ellos: Jer 32; 36; 43; 45).

A pesar de su casi anonimato, Baruc tenía las características que todo hombre de Dios debe tener: la fe, ya que creía en el mensaje que Dios estaba comunicando a Jeremías; el temor de Dios, porque fue obediente y respetuoso a lo que el Señor le pedía; la fidelidad, porque a pesar de que Jeremías no tenía mucho éxito en su mensaje (ya que nadie le creía), permaneció junto a él cumpliendo su labor; la humildad, el ingrediente más importante en el servicio a Dios, aceptó su función en los planes del Señor y no buscó aprobación humana. Lo cual nos enseña que no importa cuál sea la tarea a realizar, sino la importancia que esa tarea tiene dentro de los planes de Dios y del servicio desinteresado a la Iglesia, en la causa del Reino de Dios.

Pues parece que algunos de nosotros, que nos decimos cristianos, hemos incorporado la idea de que ser protagonista en el plan de Dios, es subir a un escenario, leer las lecturas bíblicas en la misa, tocar un instrumento, escribir un libro, ser un buen predicador o lector, enseñar en la catequesis o en los trabajos de evangelización. Creemos que un servicio en la Iglesia tiene éxito, si lo siguen multitudes o si tiene muchos seguidores en Twitter o en facebook. Con esta forma de pensar, tanto Jeremías y Baruc hoy  serían dos profetas fracasados, aunque exitosos a los ojos de Dios.

Eventualmente, nos puede tocar que enseñar, a lo mejor proclamar la Palabra de Dios en las acciones litúrgicas, desde ordenar las sillas en el salón parroquial, hasta alistar un vaso con agua para quien va a dar una conferencia, el pizarrón para la clase,  tener listas las mesas y hasta limpiar los baños, preparar el salón de reuniones, tener a mano la computadora y equipo audiovisual, recibir a la gente para una formación en la parroquia, ejercer un ministerio en la Iglesia como la catequesis, visitar los hospitales para ver a los enfermos… etc. Pero nuestra tarea podrá ser poco reconocida por los hombres pero sí por Dios, pues, como enseña la Carta a los Hebreos: “Dios no es injusto para olvidarse de lo que ustedes han hecho y del amor que tienen por su Nombre, ese amor demostrado en el servicio que han prestado y siguen prestando a los santos” (Heb 6,10).

Jeremías y Baruc, hombres fieles a la Palabra de Dios, que “no está encadenada” (2 Tim 2,9), servidores de esa Palabra, a la que anunciaron con valentía y fidelidad, sin importar las consecuencias. Este es el mejor ejemplo que ambos nos pueden dejar en esta Cuaresma, tiempo de escucha de la Palabra, que nada ni nadie puede destruir (ver Jer 36).