Ezequiel

 

Su nombre significa “fuerza de Dios”. Fue sacerdote en el templo de Jerusalén, pero tuvo que convertirse luego en profeta en tiempos difíciles.


Pbro. Mario Montes M.

Animación bíblica CENACAT

 

Tenemos el gusto de presentar al profeta Ezequiel, uno de los grandes protagonistas de la Biblia, que ha tenido tanta influencia e importancia en la vida del pueblo de Israel. Fue un gran predicador, poeta y maestro. Perteneció a una familia sacerdotal y estuvo casado (Ez 24,15-18). 

Su nombre significa “fuerza de Dios”. Fue sacerdote en el templo de Jerusalén, pero tuvo que convertirse luego en profeta en tiempos difíciles, pues sufrió el destierro a Babilonia, junto a su pueblo y a los nobles de la familia del rey Joaquín, desterrada también, en el año 597 a. C. Estando allí, recibió la llamada de Dios a ser su mensajero y centinela de Israel (Ez 3,17).

Fue un gran organizador social entre sus hermanos en cautiverio y ejerció su ministerio en Babilonia, mediante parábolas, imágenes, visiones y gestos simbólicos. Su personalidad fue rica, compleja y polifacética: místico y razonador, utópico y realista, poeta y jurista, sacerdote y profeta… son algunos de sus rasgos más llamativos, como también algunos han querido ver en él a una persona con ciertos desequilibrios sicológicos o discapacidades psíquicas (catatonia, catalepsia, esquizofrenia), hasta alucinaciones, afasia o mudez, reflejadas en gestos estrambóticos o teatrales, así como reacciones desconcertantes, reyando en el delirio… Lo que no quita, si así lo fue, en ser un magnífico profeta, hombre de la palabra y de los signos, valiente, audaz y soñador, fiel a su misión y vocación, pese a que tuvo que sufrir el dejar de ser sacerdote para transformarse en mensajero de Dios, algo parecido a Jeremías.

Tuvo la dicha de ser hombre de esperanza para su pueblo, aunque no le hicieran caso, como a Jeremías y recibir, en el destierro, la llamada fulgurante e impactante de Dios, en una experiencia mística fascinante (Ez 2,1-10), honda e íntima con el Señor, que lo afectó y transformó profundamente. Como sucedió con Isaías, Jeremías y alguno de los profetas de Israel, tuvo visiones que marcaron su vida y su mensaje. Veremos las más importantes:

- La visión de las criaturas del cielo, que fundamentó su vocación profética y su teología sobre la gloria de Dios (Ez 1-3). Contiene cuatro seres que la tradición cristiana convirtió en símbolos de los evangelistas.

- La visión de la destrucción del templo de Jerusalén. Le reveló que la gloria de Dios no solamente residía allí en el santuario, sino que acompañaba a su pueblo, dondequiera que estuviera (Ez 8-11).

- La visión de los huesos secos, que vuelven a la vida. Le ayudó a entender que el espíritu de Dios infundiría una nueva vida al pueblo desterrado de Israel, para regresar de su exilio (Ez 37).

- Finalmente, las visiones sobre el nuevo templo. Le comunicaron al profeta que Dios reconstruiría a Jerusalén y a su templo (Ez 40; 43; 47).

 

Su mensaje

El mensaje del profeta Ezequiel abarca diversos problemas e inquietudes distintas, pero está centrado en una preocupación básica: la de infundir esperanza a una comunidad nacional y religiosa, dispersa en el destierro, que ha tenido que enfrentar una terrible crisis ética, religiosa, social y política sin precedentes. 

Enseña que la “casa de Israel”, representada en sus autoridades y sacerdotes, así como en el mismo pueblo, debe reconocer que lo sucedido no ha sido producto de una coyuntura política (el dominio de las grandes potencias como Asiria y Babilonia), o por el aprovechamiento de los pueblos vecinos de Israel, para sacar partido (Edom, Moab y Amón), sino que se debe, en buena parte, a la propia responsabilidad, que se traduce en comportamientos justos o injustos, en todos los órdenes, religiosos, sociales y políticos (hoy llamaríamos “pecado estructural”).

Tanto Ezequiel como Jeremías, usan las palabras más duras para denunciar los pecados de Israel: ambos lo hacen en las mismas circunstancias históricas. Y dan la misma interpretación de las pruebas del pueblo y luego de la destrucción del reino de Judá. Ambos también anuncian un renacimiento de la comunidad. Aún, en esa situación de caos, de derrumbe y de muerte que sufría el pueblo judío, el profeta Ezequiel supo vislumbrar la presencia del Señor, que nunca abandonó a su pueblo elegido, que lo llama a convertirse y renovarse y que le promete una restauración total, después de la terrible prueba del destierro.

Como vimos, Jeremías se había convertido en la gran figura del profeta perseguido, despertando en todos la compasión. Ezequiel, por su parte, no tuvo ni el carisma, ni la belleza de la profecía de aquel, y a veces desearíamos que fuera un poco menos excesivo y rudo, pero esto no puede disimular la fuerza que lo animaba. Porque el Espíritu lo llenó, igual que al profeta Elías, de un amor celoso al Dios no reconocido.

 

Ezequiel en el tiempo de Cuaresma

Ezequiel es presentado en este tiempo cuaresmal, en el viernes de la primera semana, invitando a la conversión y a una nueva vida (Ez 18,21-28). El martes de la cuarta semana de Cuaresma, escuchamos su bella profecía sobre la fuente del nuevo templo (Ez 47,1-9.12). 

El V Domingo de Cuaresma, del ciclo A (del presente 2017), se nos presenta su anuncio acerca de la “resurrección del pueblo de Israel” (Ez 37,12-14, al final de la visión de los huesos secos de Ez 37,1-14), en consonancia con el pasaje de Jn 11,1-45, que trata de la resurrección de Lázaro. Y finalmente, el sábado de la quinta semana, vísperas del Domingo de Ramos, nos hablará de la profecía sobre la reunificación del nuevo Israel, bajo el cayado de un nuevo David (Ez 37,21-28). 

Profecías que vistas a la luz de Cristo, muerto y resucitado, adquieren un nuevo sentido, pues aquel pueblo rebelde, cabeza dura y “sepultado” en Babilonia, como lo fue aquel “viejo Israel”, es hoy la Iglesia, nuevo pueblo de bautizados, renovado y redimido por la muerte y resurrección de Jesucristo.