Cuaresma: itinerario hacia la solidaridad y la paz

 

Mons. José Manuel Garita H.

Obispo de Ciudad Quesada

 

La historia de la humanidad es un permanente caminar en el cual se entrelazan episodios de alegría y tristeza, expectativas y esperanzas, logros y frustraciones. En el tiempo litúrgico de la Cuaresma nos abrimos a un itinerario que nos permite llegar, con la debida preparación, a celebrar el acontecimiento que ha marcado la vida de millones de hombres y mujeres como es la Pascua de Jesús, quien venciendo a la muerte nos ha confirmado en la expectativa de una vida para siempre, como gracia total del amor de Dios.

La Cuaresma no es el trascurrir de cuarenta días para cumplir con un tiempo litúrgico ni un simple período anterior a la Pascua. Cuaresma es un tiempo de gracia y salvación que debe ser estimado, asumido y vivido como el itinerario por excelencia para transitar hacia la celebración de ese gran misterio de nuestra redención, pues “es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia”1. Como tal, este tiempo e itinerario habrá de permitirnos, como signo de nuestra conversión, llegar al ejercicio, responsable y sostenido, de la solidaridad y la paz, que deben ser referentes de nuestra convicción de estar volviendo nuestra mirada hacia Dios. Por tanto, la vivencia de la solidaridad y de la paz han de ser muestra de auténtica conversión.

Al enunciar la solidaridad y la paz como metas del itinerario cuaresmal es válido que, como signo de mi responsabilidad de pastor, deba procurar el crecimiento y la madurez de la fe en los creyentes que se me han confiado. Me ayude Dios a dejar clara la comprensión de estos dos conceptos que les estoy proponiendo para encauzar la reflexión y la acción de nuestro camino cuaresmal.  

La solidaridad, tal como nos enseña el Magisterio de la Iglesia, “no es un sentimiento superficial, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, el bien de todos y cada uno para que todos seamos realmente responsables de todos2. Por su parte, la paz “no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7) … Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz3

Ahora bien, planteados los dos conceptos desde la enseñanza de la Iglesia, resulta importante destacar la realidad que antecede al camino de la conversión y que debería culminar en la praxis de la solidaridad y la paz. En este sentido, con dolor y profunda pena, debo llamar la atención sobre una serie de comportamientos sociales que aparecen como contradicción de estos dos principios fundamentales. Buscando ser realista e iluminar desde la fe, me referiré brevemente a algunas situaciones que son objeto de mi preocupación pastoral y que creo hemos de poner en el camino de la conversión hacia la solidaridad y la paz:

a. Asistimos a una tecnologización, individualismo y pérdida sistemática de la libertad por el uso inadecuado de las redes sociales. Es común identificar que, cada vez más, hombres y mujeres, sin importar su condición socioeconómica, están colocando como interlocutor a un instrumento o aparato, lo que debería ser solamente un medio para desarrollarse. Me refiero al uso exagerado de medios tecnológicos que están ensimismando y aislando a las personas, al punto de perder el contacto social y personal, la relación de comunión como personas creadas a imagen y semejanza de Dios.

b. Acentuación del desprecio por la vida y la persona. La violencia vial sigue tiñendo de sangre las calles y caminos de nuestras comunidades, que parecen haberse convertido en verdaderos campos de batalla con conductores de vehículos de diversos tamaños devenidos en armas mortales. Asimismo, el incremento de los robos que tienen como epílogo la agresión física de las víctimas, violencia sistemática contra personas en condición de vulnerabilidad, como mujeres, niños y ancianos. Ni qué decir de quienes piensan y actúan en contra de la vida, desde antes de nacer, sea como salida fácil a propias irresponsabilidades, o como crimen abominable.

c. “Cainización” de las relaciones sociales, imponiéndose el “no es mi problema, no soy el guardián de los demás”4, como respuesta facilista ante la interpelación de Dios sobre nuestra responsabilidad social hacia las demás personas, a las que a veces vemos caer en el camino sin apenas inmutarnos. Ellos y ellas son nuestros hermanos, sujetos y destinatarios de nuestra solidaridad y caridad. Por ello, debemos sobreponernos a la “globalización” de la indiferencia.

d. La violencia intrafamiliar y social. Lamentablemente nos estamos volviendo más intolerantes e impacientes, con menos capacidad de hacer altos en la vida con actitud serena y prudente, con capacidad de escucha y atención. Esta cultura debe empezar desde nuestras familias para que vaya permeando la sociedad costarricense que se convierte cada vez en más violenta. La paz, como  don  de Dios, ha de surgir desde el corazón de cada uno para ser compartido y vivido con los demás, aun en medio del estrés, los problemas y dificultades que forman parte del diario vivir.

Cuaresma como itinerario debe ser una oportunidad para reconocer la cercanía de un Dios que es capaz de hacer posible la inversión de esas situaciones que alteran la vida en plenitud. Él mismo, desde su benignidad y entrañable misericordia, nos dice que “haré andar a los ciegos por un camino que no conocían, los encaminaré por senderos que antes no conocían. Trocaré a su paso las tinieblas en luz, convertiré lo tortuoso en llano. Estas cosas haré, sin omitir nada5. Ésta promesa nos llena de esperanza, pero nos compromete en el servicio, en la solidaridad y en el particular desafío de ser constructores de paz. Esto significa asumir una participación consciente de frente a lo que Dios quiere hacer en nosotros: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne”6. En pocas palabras, no basta conocer la definición de la solidaridad y de la paz, sino que nos resulta  imperativo que procedamos en coherencia con lo que conocemos y creemos, pues resulta inadmisible para un cristiano aducir que se ha apartado de su semejante7 por ignorancia, cuando Dios nos ha dado a los demás como un don8, y nos los coloca ante nuestros ojos para que les identifiquemos, les valoremos y les acompañemos desde la solidaridad, el amor y la paz.

Ser cristianos solidarios no es fruto de la casualidad ni atributo de unos pocos elegidos. Es una práctica que se tiene que convertir en estilo de vida de quien da testimonio de retorno al amor del Padre9, y desde el disfrute de esa misericordia prolongar nuestro ser hermanos de todos, sensibilizándonos de forma constante ante el sufrimiento humano que no nos debe ser indiferente, sino todo lo contrario, llamándonos a un compromiso efectivo con la justicia y la caridad con los más sufridos y desposeídos. En este sentido, y para hacer realidad esta práctica, les invito a ser muy generosos en la Colecta de Solidaridad Cuaresmal de este 1 de marzo, Día de Ceniza. Con el aporte de todos estaremos apoyando el trabajo y esfuerzo tesonero de nuestra pastoral social.

Ser constructores de paz pasa necesariamente por el reconocimiento y respeto de la dignidad humana, asumiendo con responsabilidad activa que “En los designios de Dios, cada hombre está llamado a desarrollarse, porque toda vida es una vocación. Desde su nacimiento, ha sido dado a todos como un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fructificar: su florecimiento, fruto de la educación recibida del propio ambiente y del esfuerzo personal, permitirá a cada uno orientarse hacia el destino, que le ha sido propuesto por el Creador”10. La verdadera paz, implica, por lo tanto, que desde el uso de la sabiduría que Dios nos ha regalado, actuemos cuidando la vida, protegiendo a las personas en su integridad y su privacidad.

Cuaresma, como itinerario de conversión hacia la solidaridad y la paz, nos demanda que con alegría y constancia participemos en los espacios de formación que la Diócesis de Ciudad Quesada propicia en las parroquias, y que asumamos el compromiso del servicio a los demás, como respuesta de amor al que, desde el madero de la cruz, nos ha amado hasta el extremo para que, en cada uno y en cada comunidad, brille el amor, la solidaridad y la paz que Él nos ha traído con su muerte y resurrección.

Les invito para que, en la Cuaresma que iniciamos el miércoles de Ceniza, podamos ser protagonistas alegres, y mirando con fe al que fue elevado en la cruz, decirle “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”11.

 

1 Papa Francisco, Mensaje Cuaresma 2017.

2 San Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo rei socialis 38

3 Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes 78.

4 Génesis 4, 9

5 Isaías 42,16

6 Ezequiel 36,26.

7 Isaías 58, 7d

8 Papa Francisco, Mensaje de Cuaresma 2017.

9 Lucas 15,18-24.

10 Beato Pablo VI, Carta Encíclica Populorum progressio 15.

 

11 Plegaria Eucarística Vb del Sínodo Suizo.