País es refugio de quienes huyen de las maras

 

Hasta casas de religiosos acogen a familias enteras que huyen de amenazas en sus países de origen.


María Estela Monterrosa S.

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Dejaron todo atrás cuando les dijeron que los iban a matar. Abandonaron casas, trabajos, vehículos y demás pertenencias. Esas amenazas no se toman a la ligera cuando provienen de las maras. Hasta la policía les recomendó huir.

Tuvieron la mala fortuna de que sus barrios fueran tomados por estas pandillas y esa convivencia no es fácil. Por muchas razones una persona puede tener problemas con sus miembros y es suficiente para tener que huir, para salvaguardar su vida y la de sus familiares.

Se calcula que en Costa Rica hay unas 12.700 personas refugiadas, la mayoría colombianos, pero un número cada vez mayor de solicitantes de asilo es originario de los países centroamericanos que huyen de la violencia relacionada con las pandillas, según datos de la Alto Comsionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. 

En ACNUR Costa Rica, hacen fila hondureños y salvadoreños que buscan reiniciar su vida en paz y, sobretodo, sin temor.

 

La desesperación de huir

La decisión de dejar todo atrás no es fácil para la mayoría de estas personas. Tenían su vida hecha en sus países y, para muchos, la necesidad de salir de ahí se presenta repentinamente tras algún hecho que detona las amenazas, así que se ven obligados a salir sin la menor planificación.

Así llegaron dos familias con cinco niños a tocar la puerta de unos religiosos en nuestro país hace algunas semanas. Ellos huyen de las amenazas de muerte de las maras en Honduras y llegaron hasta ahí recomendadas por sacerdotes de su diócesis. 

Los religiosos les han brindado albergue y les han ofrecido ayuda mientras resuelven la situación migratoria y encuentran vivienda.

“Yo desde hace un año sentía que tenía que salir de mi barrio, como que Dios me lo puso en el corazón. Siempre había querido viajar… pero no de esta forma porque mis hijos y yo vivimos los peores días de nuestra vida”, dijo uno de ellos.

“Solo le pido a Dios que nos de mucha fe, mucha fortaleza y mucha paciencia porque realmente es duro. Uno le pregunta a Dios por qué o para qué porque realmente nosotros no teníamos nada. A mis hijos los tenían vigiados, les decían fresitas, mariquitas, todos estaban en grupos de la Iglesia. Teníamos muchas limitaciones, pero éramos felices”, comentó.

“Mi mamá sacó un préstamo para que pudiéramos salir del país. No recibimos protección de la policía, ni de la fiscalía. Estábamos a merced. Pero se nos fueron abriendo puertas. En dos días nos dieron los pasaportes. Salimos. A mí me da pena estar aquí, porque uno no busca ser carga de nadie, es muy duro. Como padres lo único que hemos querido es sacar adelante a nuestros hijos y que sean seres humanos de bien”.

Él lamentó que esta situación truncó los sueños de su familia. Uno de sus hijos perdió una beca. Ahora les toca empezar de cero, sea aquí o en otro país. Y así los estudios de todos los menores están con un signo de pregunta, ya que aún no pueden matricularse porque no saben dónde van a vivir, aunque se busca la forma de que no rezaguen.

 

Cruda violencia

Las maras que operan en Guatemala, Honduras y El Salvador han convertido estos países en una de las regiones sin guerra más violentas del mundo. En el 2015 hubo 17.422 homicidios, en el 2016 se reportaron 15.809.

Se estima que en Honduras hay unos 36.000 miembros de las maras Barrio 18 y MS13. En El Salvador se calculan 70.000 miembros activos, 16.000 de ellos están en la cárcel. En Guatemala se estima que hay entre 8.000 y 10.000 mareros, aunque podrían ser muchos más si se toma en cuenta a sus colaboradores, según informes internacionales.

A las maras se les liga con delitos como homicidios y extorsiones, y una gran parte de su actividad criminal se dicta desde las cárceles. Además, se ha detectado como en algunos casos tienen vínculos con el narcotráfico e investigaciones recientes en Honduras revelaron que una de las maras cuenta con toda una estructura para lavado de dinero.