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La Sagrada Familia migrante

Amenazada su vida por el imperio, impulsada por el Espíritu Santo, la Sagrada Familia de Nazaret toma camino en dirección a Egipto, donde encuentra un lugar seguro para establecerse. 

Es lo que leemos en el evangelio de San Mateo: “Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes”, (Mt 2,13-15).

Los historiadores no se ponen de acuerdo en la fecha de la muerte de Herodes, pero si coinciden en que Jesús y sus padres vivieron varios años lejos de su tierra, como auténticos migrantes.

Este pasaje, que para muchos creyentes pasa casi desapercibido, es fundamental para comprender la visión cristiana de la migración como fenómeno humano de todos los tiempos, expresión natural del instinto de supervivencia y como lugar privilegiado para la práctica de las virtudes de la fe.

Acoger al peregrino es de hecho uno de los consejos evangélicos más repetidos a lo largo de la Sagrada Escritura, al punto de ser parte del sermón de las bienaventuranzas, en el cual el Señor recuerda que para ganar la vida eterna, es necesario acogerlo a él mismo en los forasteros.

Este contexto de fe debería de resultar suficiente para sentir rechazo y vergüenza por los hechos de los últimos días sucedidos en nuestro país, a través de los cuales, algunas personas se han manifestado de un modo repudiable contra los nicaragüenses que han llegado en las últimas semanas como resultado de la crisis política y social que viven en su país.

Ninguno de los que ha participado en la bajeza de esas marchas o manifestaciones podría llamarse discípulo de Cristo migrante, ni hijo de la iglesia, desinstalada por esencia y misión.

Igualmente, quienes creen que no es asunto suyo el dolor de los hermanos que sufren. Como nos recuerda el Papa Francisco, “la cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace muchas veces insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia”. 

Y si como se sospecha, dichas manifestaciones tienen un trasfondo político en su convocatoria u organización, las autoridades deben de investigar y llegar hasta las últimas consecuencias.

Los nicaragüenses que dejan atrás su familia, trabajos y amigos no vienen a Costa Rica por gusto. Lo hacen, como los ticos que migran a Estados Unidos, por necesidad, y por el legítimo deseo de una vida mejor.

Huyen de un régimen déspota que amenaza sus vidas y su futuro. Que no repara en disparar a quien se oponga a su deseo de perpetuarse en el poder, que no escucha, no dialoga y no va a ceder en paz.

¿Quién de nosotros, si hubiera tenido la oportunidad de tender una mano a la Sagrada Familia de Nazaret en Egipto no lo hubiera hecho? ¿Abriríamos la puerta de nuestra casa a Jesús, José y María para compartir con ellos la mesa? ¿Desaprovecharíamos la ocasión para tener al Hijo de Dios a nuestro lado y conversar con él?

Pues todos los costarricenses tenemos esa oportunidad en este momento. Miles de familias nicaragüenses tocan nuestras puertas en busca de ayuda. En su rostro se dibuja el rostro de Cristo, que vive y camina en ellos.

Esta actitud de acogida, propia del discípulo, no riñe ni en lo más mínimo, con el deber de orden y de seguridad al que están llamadas las autoridades.

Que nadie se llame a engaño. La aplicación humana y sensata de la ley, incluidas las medidas de control migratorio, no se oponen al deber cristiano hacia los migrantes, sino que más bien lo llevan a su mejor cumplimiento, pues una persona con sus documentos en regla, tiene más oportunidades de establecerse, de acceder a los servicios básicos y lograr la vida digna a que tiene derecho por su dignidad de hijo e hija de Dios.

Una cosa no se opone a la otra, como es obvio que no se debe exponer a nadie a riesgos sin necesidad, y que siempre es muy útil la ayuda que los creyentes podamos ofrecer a través de los canales organizados de modo oficial a través de las instituciones del Estado o de la misma Iglesia, como es la Pastoral Social-Cáritas.

Igualmente, quien transgrede la sana convivencia, atenta contra la vida o la propiedad de los demás, de la nacionalidad que sea, debe de enfrentar el peso de la ley y la acción de las autoridades, que están en la obligación de actuar en apego al derecho pero con severidad y diligencia.

Costa Rica vive una ola migratoria que en otras épocas ya ha recibido, y que se repite en el mundo cada día. Se trata de fenómenos constantes en la historia de la humanidad, que al final siempre resultan en ganancia para quienes saben aprovecharlos, y no solo desde el punto de vista económico, sino también desde aspectos como la cultura y la fe.

Debemos elegir la posibilidad de instaurar una sociedad costarricense más noble, mientras formamos las nuevas generaciones con una educación que no puede dar nunca la espalda a los “vecinos”, y a todo lo que nos rodea. Porque construir una nación nos lleva a pensarnos siempre en relación con otros, saliendo de la lógica del enemigo para pasar a la lógica de la recíproca solidaridad, dando siempre lo mejor de nosotros.

Lo que se necesita, en síntesis, es una visión renovada, permeada por el Evangelio, acerca de la migración y los migrantes. Porque como decían nuestros abuelos con sabiduría: “Lo que se comparte, se multiplica”.

Que del rechazo nominal al odio y a la xenofobia, que de modo tan evidente ha sido expresado en los últimos días, pasemos a la acogida, la integración y la promoción de los hermanos migrantes. Que por más que les demos, siempre seremos nosotros los que ganaremos más en amor y bondad, que tanta falta hacen a nuestras relaciones humanas en el mundo de hoy.

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