All for Joomla All for Webmasters

¿Qué nos dices, Jesús?

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat 

Terminamos en este domingo una serie de “entrevistas” hechas a Jesús, en la que varios jóvenes le preguntan acerca de su vida, de su persona, de su familia, pueblo y tierra que le vio nacer. Como hemos advertido, las entrevistas son ficticias, con el propósito de conocer más al Señor, siguiendo lo que los Evangelios nos dicen de él. 

Esperamos que hayan sido del agrado de ustedes y de buen aprendizaje. Hoy presentamos la cuarta parte: 

Joven 3: “Jesús ¿cómo te comportabas en las diversas situaciones de la vida, cada día?”

Jesús: “Fui un hombre pobre sencillo y humilde, de corazón manso y transparente (Mt 11,29). Pero también fui muy firme en mis convicciones, fiel a la misión que Dios me confió; fui coherente con lo que decía y hacía, sin dobleces ni hipocresías, franco y sincero, cercano y compasivo, enérgico y exigente cuando era necesario, libre ante los demás, ante mi familia, incluso ante mis padres (Lc 2, 46-50), libre ante las leyes, libre frente al templo y al culto, al poder, al dinero o al prestigio, sin dejarme atrapar por nada ni por nadie.

Siempre quise hacer la voluntad de mi Padre (Jn 4,34). Mi vida era amar, tanto a Dios mi Padre, como a los demás, en especial, a los más necesitados. Tuve, como bien saben ustedes, una especial predilección por los pobres y los humildes. Me encontraba a diario con los enfermos, los pecadores, las mujeres y los niños. Con todos me juntaba, me encantaba pasar buen tiempo con ellos, tan necesitados de amor, de salud, perdón, vida y esperanza. 

De allí que no dudé en sanarlos, perdonar sus pecados y comprender sus fallos, infundirles confianza, consolarlos y estar a su lado en todo momento. Sin querer ser arrogante, yo me desvivía por los demás. Fui el hombre servidor por excelencia. La gente se daba cuenta y me seguía; y yo, por mi parte, los atendía a todos, sin ahorrarme tiempo, esfuerzo, casi hasta sin comer y descansar, para poder estar con todos si me necesitaban (Mc 6,30-44).

Con los únicos que tuve palabras duras y exigentes, fue para con los fariseos y sacerdotes, los hombres religiosos de mi tiempo, que habían descuidado sus deberes y habían defraudado las esperanzas de mi pueblo, corrompiendo la religión a sus intereses y tratando de manejar a Dios a sus expectativas, en contra del pueblo (Mt 23,13-31). Luché contra todo esto con todas mis fuerzas, con mi predicación y los milagros que hice a favor de todos”

Joven 1: “Dinos Jesús, ¿qué es el Reino de Dios y cómo se manifiesta? ¿Cómo se lo explicabas a la gente?”

Jesús: “Tenemos que entender que Reino de Dios no es un estado, un lugar o una forma de gobierno, como los que ustedes conocen en este mundo. Reino de Dios es la presencia, el señorío de Dios en la tierra y la eliminación de todos los males físicos y morales, que aquejan al pueblo y al mundo entero (Mc 1,14-15). El Reino de Dios es una nueva vida para todos los seres humanos que habitan este mundo. 

Esta fue la motivación, la fuerza y la razón de mi quehacer evangelizador. El Reino de Dios fue mi proyecto más acariciado y anhelado; por este Reino, yo me consagré a tiempo completo en mi predicación y trabajo, en mi quehacer evangelizador. Por él di la vida, pues fue la razón de mi vida. El Reino de Dios fue la fuerza por la cual resucité, para continuarlo en el mundo, especialmente por medio de los cristianos.

Yo lo explicaba a la gente de mil formas, por lo general, con parábolas. Por ejemplo: un sembrador que tira la semilla en el campo, una mujer haciendo pan, un comerciante de perlas finas, un banquete (Mt 13,3-51). Invitaba a todos a esperarlo con ilusión y serenidad. Les enseñé que el Reino de Dios tendrá su plena realización al final de la historia humana, cuando venga de forma definitiva (Mt 24). Y así les dije que se lo pidieran a Dios en el Padrenuestro (Mt 6, 10ª). 

Los milagros que yo hacía, acreditaban que la fuerza del Reino se hacía presente en el mundo y en mi pueblo. Así, la gente se daba cuenta de que ya estaba con ellos, de que el Reino de Dios había llegado conmigo, con mis enseñanzas, milagros y predicación. Era una buena noticia, en especial, para los pobres, los enfermos, los marginados y los sencillos”

Joven 2: “Amigo, Jesús, la entrevista ha sido muy interesante y enriquecedora. Nos has aclarado muchas dudas y nos has ayudado a conocer más tu humanidad. Gracias por todo”. 

Jesús: “Gracias por esta esta entrevista.  Me ha gustado conversar con ustedes, que han querido saber de mí y que quieren seguirme como discípulos. Que lo aprendido hoy les sirve para su fe” (fin de la entrevista).

Los contemporáneos de Jesús, los discípulos y los apóstoles que convivieron con Él y que lo conocieron, la gente que escuchaba sus enseñanzas, vieron en él a un hombre verdadero, en el sentido propio y pleno de esta palabra. Un hombre cuya vida es semejante a la nuestra.

Basta recorrer las páginas de los Evangelios, para ver cómo Jesús pasa hambre y sed, frío y calor al igual que nosotros (Mt 4,2; Jn 19,28); llora y se alegra como nosotros (Jn 11,35; Lc 10,21); se indigna (Mc 1,42), se sorprende (Mc 6,6); se compadece (Mc 1,41; 6,34), se desilusiona (Mc 8,17; 9,19), hace preguntas para informarse (Mc 6,38; 9,16; 9,21.33); experimenta una gran angustia ante la proximidad de la muerte (Mc 14,34). Todo lo que es auténticamente humano aparece en Jesús. En Él, se revelan todas las maravillosas posibilidades del ser humano.

Esta es la Buena Nueva de la encarnación: el Hijo de Dios se hizo hombre débil y mortal; en todo es semejante a nosotros, menos en el pecado (Heb 4,15).