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“Dejen que los niños vengan a mí”

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

“Prefiero el ingenuo canto de un niño a la más bella música del mundo; ese canto -como el alba- contiene toda esperanza”. Con esas palabras el místico Charles de Foucauld nos invitaba a reconocer que cada niño es un ser único, digno de respeto y protección. En ellos reside la esperanza y brilla la luz, por ellos todo esfuerzo y sacrificio merece hacerse.

Contemplar sus rostros alegres es, por sí mismo, una fiesta y nosotros, adultos, debemos poner todo nuestro empreño para que nunca se apague su sonrisa, que puedan vivir en paz y mirar el futuro con confianza.

Jesús ama, de modo especial, a los niños y por ello expresaba: “Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios.”   Pero, igualmente, advertía: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar”.  

“¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el Evangelio del niño”. 

Jesús conoce y rechaza el injusto dolor que experimentan tantos niños pues “también el niño Jesús fue víctima del odio y de la persecución y también él tuvo que huir con su familia, dejar su tierra y su casa, para escapar de la muerte…Ver sufrir a los niños hace mal al alma porque los niños son los predilectos de Jesús. No podemos aceptar que se les maltrate, que se les impida el derecho a vivir su niñez con serenidad y alegría, que se les niegue un futuro de esperanza”. 

Ya San Juan Pablo II señalaba la grave crisis moral que enfrenta nuestra sociedad y como este ambiente alcanza también a los niños.

“Por desgracia la situación de los niños en el mundo no es siempre como debería ser. En muchas regiones y, paradójicamente, sobre todo en los países de mayor bienestar, traer al mundo un hijo se ha convertido en una elección realizada con gran perplejidad, más allá de la prudencia que exige obligatoriamente una procreación responsable. Se diría que a veces se les ve más como una amenaza que como un don… “la situación de los niños es un desafío para toda la sociedad, un desafío que interpela directamente a las familias.” 

Al celebrar el día del niño, elevemos al Señor nuestra oración por todos los niños del mundo, por los que son acogidos con amor y experimentan la alegría de tener una familia que los cuida, acompaña y valora, pero, sobre todo, pedimos por los niños que sufren por violencia, abusos y abandono, por los que padecen hambre y miseria, por los que mueren a causa de la desnutrición, por los que perecen víctimas de la guerra y la migración. Todavía a estas alturas de la historia hay niños que en lugar de vivir alegremente esos hermosos años, están sometidos al trabajo infantil. 

Como Iglesia no podemos ser indiferentes ante los graves riesgos que atraviesa la niñez como no lo fue el Señor; el llanto y dolor de los niños, nos exige un decidido compromiso de verdadero pastoreo. 

La historia de la Iglesia nos da cuenta como Dios ha suscitado vocaciones consagradas al servicio de la niñez, San Juan Bautista La Salle, San Juan Bosco, San José de Calasanz, son algunos de esos grandes santos cuyos testimonios brillan como referentes de entrega, particularmente, en circunstancias como las presentes en las que, como Iglesia reconocemos con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. “La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.”  

Con acciones directas acompañemos, en forma segura, esta etapa de la vida, de todos los niños, y por ello, insto a asumir con verdadera urgencia una pastoral infantil, donde se experimente el amor del Señor como bendición. En esta tarea debemos involucrarnos todos, porque todos somos responsables de lo que serán las futuras generaciones. 

Encomiendo al Dulce Nombre de Jesús a todos los niños de nuestra patria, para que puedan vivir alegremente su infancia. 

 

1 Mc 10, 13-16
2 Mt 18, 6
3 Juan Pablo II, Carta a los niños, 13 de diciembre de 1994.
4 Papa Francisco, Medellín, septiembre 2017
5 Juan Pablo II, 14 de octubre del 2000