All for Joomla All for Webmasters

Amor y fidelidad al Papa

De modo insistente, el Papa Francisco pide que oren por él. Nunca como antes en su pontificado esta solicitud ha sido tan necesaria como ahora, ante los graves retos y situaciones que enfrenta en el mismo seno de la Iglesia.

El escándalo de los abusos sexuales contra menores por parte de clérigos en Estados Unidos, destapó la maldad subyacente en acciones, desatenciones y omisiones que han causado un daño irreparable a cientos de víctimas y a la credibilidad de la Iglesia.

El hedor del pecado ha recorrido el mundo haciendo saltar aquí y allá situaciones radicalmente opuestas al Evangelio, que nunca serán más que los millones y millones de testimonios de entrega evangélica, servicio, amor y santidad, pero desgraciadamente ganan en estridencia y eco mediático.

El maligno, como escribió el Santo Padre en su carta al pueblo de Dios, es capaz de disfrazarse de ángel de luz para lograr su cometido. Su corrupción produce una ceguera espiritual cómoda y autosuficiente, donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad.

El clericalismo, el mal que pone el poder en lugar del servicio, así como la equivocada visión del lugar de los laicos en el Iglesia, junto al deterioro social generalizado de principios y valores, provocó la traición de los mismos discípulos de Cristo, con cuyos actos lo entregaron nuevamente a la muerte en la cruz de los abusos sexuales.

Nunca será suficiente todo el perdón que se pueda pedir, ni la disposición a colaborar con la justicia, ni siquiera el llamado abierto a que se planteen las denuncias que correspondan para actuar a derecho y restituir la justicia donde se haya perdido.

Solo la misericordia de Dios cambiará el dolor en paz y traerá nuevamente alegría al corazón de quienes han sufrido este flagelo. Solo el amor cambiará los corazones de quienes conformamos la Iglesia y nos dará la fortaleza para volver a hacer de ella un lugar seguro para todos, una casa abierta restaurada por el soplo vivo del Espíritu.

El Papa Francisco lo comprende a cabalidad y ha puesto sobre sus hombros la enorme tarea de reconstruir la Iglesia de Cristo, tal y como el Señor le pidió a San Francisco de Asís.

Es una misión dura, muchas veces incomprendida y siempre dolorosa. Las decisiones no son sencillas y el discernimiento es necesario ante situaciones que involucran a los propios miembros de la Iglesia, algunos muy cercanos al mismo Santo Padre.

Su actitud genera enemigos, desata envidias y rencores de la parte más humana de la Iglesia, desde la cual los ataques no se han hecho esperar. Con chismes, acusaciones falsas y versiones tergiversadas de la realidad, se intenta enlodar el servicio del Papa para liberar la Iglesia de pecados y mañas que bajamente ha arrastrado por siglos.

Ante estos ataques, que no son exclusivos de las altas jerarquías eclesiásticas, sino que se presentan todos los días y en todos los campos y niveles de la Iglesia, los creyentes tenemos la mirada fija en Cristo y en la roca fuerte sobre la que fundó su Iglesia: Pedro. El amor y la fidelidad a su sucesor debe ser hoy todavía más fuerte y evidente.

Como la primera comunidad de creyentes rezaba por Pedro cuando estaba en la cárcel, y un milagro lo libró de las cadenas, así nosotros debemos unirnos alrededor del Papa Francisco y fortalecerlo con nuestra oración.

El Papa necesita de nuestras plegarias pero también, y de modo inequívoco, de una actitud sensata para juzgar el aluvión de informaciones que recibimos todos los días, muchas de las cuales están teñidas de malas intenciones, de deseos de confundir, de dispersar y dividir.

Advertir la acción del mal, también en el interior de la Iglesia, es un acto de madurez espiritual. Optar por el bien que le supera es una virtud evangélica y una necesidad en medio de esta lucha en la que, lo sabemos, el bien y la verdad finalmente triunfarán.

De esta crisis la Iglesia saldrá purificada y lista para responder con fuerza, alegría y coherencia espiritual a los desafíos de su tiempo. El que se mantenga fiel vivirá con ella. El que escoja la traición se perderá.

Elevemos al Padre nuestra oración en este momento decisivo, y pidamos su gracia para conservar la fe y acrecentarla en el amor a la Iglesia, al Papa y a todos los hermanos. Amén.