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¿Qué debemos pensar de los ataques a la Iglesia?

“Monseñor: después de tanta insistencia de parte de algunos medios acerca de los graves errores de unos sacerdotes, parece que han disminuido los ataques. A qué se deba esa “tregua” no es fácil establecerlo... lo que cuenta es nuestra justa reacción cristiana. ¿Qué debemos pensar, Monseñor?”. 

José Fabio  Ruiz - Cartago 

Es normal que los “ataques” nos duelan. Nos preocupa y mucho, que la tanta insistencia mediática acerca de las faltas morales cometidas de parte de algunos sacerdotes, difunda una falsa imagen de la Iglesia, especialmente entre los jóvenes. 

Ellos ya van enterándose de tantas y constantes expresiones de maldad y de corrupción, que ya podrían considerar la honestidad y la nobleza, en una palabra, el bien, como algo que de hecho no se da, y en ninguna institución. 

Los adolescentes y jóvenes necesitan extremadamente, “ver” y experimentar que es posible una existencia en que haya una clara frontera o límite entre el bien y el mal, entre valores propiamente humanos y propuestas claramente deshumanizantes, y constatar, al mismo tiempo, que hay personas que dan testimonio vivencial de esos mismos valores... Un solo ejemplo: ¡Qué extraordinaria ayuda fue para el adolescente Santo Domingo Savio, conocer y ver la belleza de una vida entregada, en su gran formador, San Juan Bosco!

Sin embargo, estimado don José Fabio, más que los “ataques”, justamente nos deben doler las causas que los motivan y en nuestro caso el mal que se hizo “noticia”. La Iglesia no debe temer tanto los ataques e inclusive persecuciones desde afuera, cuanto el mal que hay en ella misma. Las críticas (aunque no sean motivadas por afán de justicia, sino por otros intereses) nos ayudan en el necesario y constante proceso de reforma que la Iglesia necesita y que entonces son bienvenidas. Desde siempre la Iglesia ha sido descrita como “reformata et reformanda”, es decir, reformada y necesitada de reforma, de conversión. 

Y en relación a los sacerdotes, su comentario, don Jose Fabio, me hizo recordar una apasionada súplica del gran santo mariano, San Luis Maria Grignon de Montfort. Le transcribo algunas expresiones: “Senor Jesus, te súplico por tu madre María. Acuérdate de ella que te ha engendrado; acuérdate de quien eres hijo y concédeme lo que te pido. ¿Qué te pido? ¡Sacerdotes libres! Libres segun tu libertad, desprendidos de todo y de todos; desprendidos de amigos según los criterios mundanos, y sin apegos a la propia voluntad. ¡Libres! Hombres plenamente entregados a ti por amor y disponibles a tu querer, hombres segun tu corazón. Nuevos David que llevan el palo de la Cruz y la honda del Santo Rosario. Hombres libres, siempre dispuestos a “correr” y a sobrellevarlo todo contigo y por ti, como nuevos Apóstoles. Libres, verdaderos hijos de María. Como Santo Domingo, irán por doquier con la antorcha luminosa y encendida del Evangelio en la boca y el Santo Rosario en la mano”. 

¡Los santos ven lejos y ven bien! Es por eso que el patrono de todos los sacerdotes, el Santo Cura de Ars, San Juan M. Vianney, escribió: “el mejor regalo que Dios concede a un pueblo es un santo sacerdote”. 

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

 

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