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¿Mi elección corresponde a la voluntad de Dios?

“Monseñor, con la confianza que le tengo, le pido una aclaración. Jorge Bucay afirma: “El camino que se elige es siempre el correcto. Lo correcto está en la elección, no en el acto”. ¿Cómo hay que interpretar tal afirmación? ¿Cómo saber si lo que elijo corresponde a la voluntad de Dios y no la mía? Le agradezco mucho, Monseñor, su ayuda”.

Hermana Religiosa - San José

Estimada hermana, intento contestar, por separado a las dos preguntas. Sin duda usted, como otros estudiantes y expertos en psicología, bien sabe quién es Jorge Bucay. Nacido en Argentina, es médico desde 1973; posteriormente se especializó en enfermedades mentales y psicología. Prestó su servicio en California y más tarde en el mismo Buenos Aires. Tiene varias publicaciones dedicadas a propuestas terapéuticas y motivacionales.

Ahora bien, su afirmación debe ser contextualizada o situada en el conjunto de su pensamiento, por lo cual, la interpretación de esa afirmación podría ser aún más matizada y precisa de lo que voy a exponerle. Sin embargo, como ella resulta de una primera lectura, cabe afirmar que es correcta. En efecto, en nuestro obrar la atención debe ser dirigida ante todo a la elección de un determinado acto, más que al acto mismo. Para determinar si una acción mía es moralmente correcta, debo considerar ante todo la calidad de la elección que me llevó o me lleva a esa acción determinada. Y para determinar su calidad, debo examinar todas las circunstancias de mi elección. Y particularmente su porqué o su finalidad. Lo aclaro con un ejemplo que nos sugirió un médico: el acto de tomar alcohol, en sí no es bueno ni malo. Depende de la calidad o tipo de la elección. Si alguien elige tomar un poco de wiski por prescripción médica, en cuanto que se cree que el alcohol “quema” la posible grasa que se va depositando en nuestras venas, esa elección es correcta. Si elijo tomar exageradamente y por simple gusto, ya la acción de tomar es mala.

Como podemos apreciar, el camino que me lleva a tomar, en cuanto tal, no cae dentro del juicio moral; es la elección del porqué y del cómo tomo ese camino que debe ser juzgado moral y éticamente. Le doy, estimada hermana, otro ejemplo “extraño”. Hace unos cuantos días nos enteramos que desde la cárcel unos privados de libertad lograron estafar y adueñarse de dinero ajeno, por medio de un uso “inteligente” (correcto) de sus teléfonos. Como fácilmente podemos constatar el camino para lograr el acto de estafar fue el apropiado, es decir, es correcto… Pero la elección fue el robo, lo cual es moralmente incorrecto.

Pasemos ahora a la segunda pregunta. ¿Cómo podemos determinar si mi elección corresponde a la voluntad de Dios o a mis gustos y a lo que me conviene egoístamente?

Es fundamental, para tal fin, apelar a la voz de la conciencia. Es muy iluminador lo que leemos en el número 16 de la Gaudium et Spes (Gozos y Esperanzas) del Concilio Vaticano II: “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal. El hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto, el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla”.

La conciencia, pues, que San Juan Pablo II, definió como “la bondad fundamental del ser humano”, es guía para nuestras rectas elecciones.

Sin embargo, surge aquí otra pregunta: ¿y no podría la conciencia opacarse y oscurecerse y así sugerirnos algo incorrecto y elecciones moralmente desafortunadas? Hay que reconocerlo: ese es un peligro constante y ha quedado expresado en la afirmación popular: “si no vives como piensas, terminarás pensando como vives”. Es el caso que la Sagrada Escritura describe como “endurecimiento del corazón”. Es lo peor que nos puede pasar a nosotros personalmente y al conjunto de una sociedad; y llegar así a lo que nos dice, indignado, el profeta Isaías: “llamar mal al bien y al bien mal” (Is 5, 20). ¡Lo constatamos con preocupación y con demasiada frecuencia en nuestra sociedad contemporánea!

Y si hay riesgo de que la conciencia se opaque, se oscurezca, ¿qué hacer entonces para que un corazón no se endurezca y no se engañe? Tenemos que acudir a lo que nos indica San Pablo en la carta a los Gálatas 5, 22. Frente a las “obras de la carne”, es decir, de aquellas que son impulsadas por nuestros instintos egoístas y por nuestras malas inclinaciones, Pablo describe lo que llama “frutos del Espíritu”. Éstos se reducen a tres fundamentales: la paz y la alegría, la comunión en la caridad con nuestros hermanos, y la mortificación o dominio de nuestros impulsos egoístas. En la necesidad de discernir si estamos en la voluntad de Dios, veamos entonces, si nuestra elección va a producirnos paz interior, sosiego y hasta cierta alegría; así si ella impulsa la comunión y la solidaridad con la sana relación con nuestros hermanos y hermanas; y si estamos dispuestos a elegir lo que se impone y controla nuestras comodidades y preferencias egoístas.

Cuando elegimos y constatamos que nuestra elección produce esos “frutos”, lo cual corresponde a tomarlos como criterios de discernimiento, no hay que temer: estamos en sintonía con la voz de la recta conciencia y, entonces, con la voluntad de Dios.

Si aún persiste cierta duda acerca de la calidad moral de nuestra elección, es útil acudir al consejo de una persona prudente y cuya vida haya manifestado que se ha dejado guiar por Dios. Así aconsejaban los grandes santos como Teresa de Ávila y San Ignacio de Loyola, auténticos maestros del discernimiento cristiano espiritual.

Monseñor Vittorino Girardi S. 
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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