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¿Los católicos enseñamos doctrina que no está en la Biblia?

“Hace unos días, un hermano evangélico me lanzó una pregunta a la que no supe contestar con seguridad y suficiente convicción. Me dijo: “¿con qué derecho los católicos enseñan doctrina que no está en la Biblia? Además, me hizo observar que Jesús reprochó a los judíos porque dejaban los mandatos de Dios para seguir sus tradiciones. ¿Me ayuda, Monseñor? Con la gratitud de todos ”.

Wagner Quirós J. - Cartago

Como ya lo hice notar en otras ocasiones, siempre es peligroso acudir a frases sueltas de la Biblia para defender un propio punto de vista. En efecto, la cita que le presentó el hermano evangélico, estimado don Wagner, corresponde a lo que leemos en Mc 7, 8, pero no es correcto utilizarla para negar la importancia de lo que la Iglesia Católica llama Tradición.

Ante todo, hay que recordar que la Tradición precedió a la Palabra de Dios escrita, que encontramos en la Sagrada Escritura. Primero se dieron los Hechos y la Revelación que fueron transmitidos de viva voz u oralmente y, con el tiempo parte de ellos y de esas Palabras, fueron consignadas y transmitidas por escrito. Baste recordar este conocido texto del Evangelista san Juan: “Jesús hizo muchas otras cosas; tantas que, si se escribieran una por una, creo que en todo el mundo no cabrían los libros en que podrían escribirse” (Jn 21, 25). Claro, san Juan está exagerando, pero bien nos hace comprender que los primeros cristianos conocían muchos más hechos y palabras de Jesús que los que se nos han transmitido en los santos Evangelios.

De lo que acabo de afirmar, comprendemos que lo que Dios ha revelado (Él es la fuente de la Revelación) ha llegado a nosotros por dos canales, el de la Tradición y el de la Sagrada Escritura. Hay varios textos bíblicos que lo afirman. He aquí unos de ellos:

“Así que, hermanos sigan firmes y no se olvide de las tradiciones que les hemos enseñado personalmente y por carta” (2Tes 2, 15).

“Sigan practicando lo que les enseñé y las instrucciones que les di, lo que me oyeron decir y lo que me vieron hacer, logrando así que el Dios de la paz estará con ustedes” (Flp 4, 9).

“Lo que me has oído decir delante de muchos testigos, encárgaselo a hombres de confianza que sean capaces de enseñar a otros” (2Tim 2, 2).

La Iglesia Católica siempre vivió con esta convicción, particularmente por lo que se refiere al modo de entender e interpretar la misma Sagrada Escritura. Hay que tener bien presente cómo la Iglesia a lo largo de su historia, ha leído e interpretado ciertas afirmaciones de la Sagrada Escritura. Eso pertenece precisamente a la Tradición de la Iglesia. Le doy un ejemplo. En los Evangelios se habla de los “hermanos de Jesús”; pues bien, esa palabra, hermanos, nunca fue entendida en la Iglesia Católica como si se tratase de hermanos hijos de la misma madre. En sintonía con esta Tradición, el Papa Martín I, en el año 649, proclamó el dogma de la Virginidad de María antes, en y después del parto. Esto equivale a afirmar que Jesús fue el hijo único de María y que la palabra “hermanos” hay que entenderla como “primos o familiares”. ¡Cómo es importante la Tradición!

Al respecto es muy reconfortante el testimonio que nos transmitió San Ireneo de Lyon, quien vivió entre los años 140-205 de nuestra era. “En todas las Iglesias del mundo -escribió- se conserva viva la tradición de los Apóstoles, pues podemos contar a todos y a cada uno de sus sucesores hasta nosotros. ¡Cómo sería largo enumerar aquí la lista de obispos que sucesivamente han ocupado la silla de Roma, la mayor y la más antigua de las Iglesias, conocida en todas partes y fundada por San Pedro y San Pablo! La tradición de esta Sede basta para confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado de la verdad, pues, ciertamente la preeminencia de la Iglesia de Roma es tal que todas las Iglesias que aún conservan la tradición apostólica están en todo de acuerdo con sus enseñanzas”.

Unos cincuenta años después, Orígenes, muy destacado autor cristiano, oponiéndose a los que afirmaban que la Sagrada Escritura era la única transmisora de la verdad revelada, escribía: “lo único verdaderamente cierto es lo que en nada se aparta de la Tradición eclesiástica y apostólica”.

Lo sorprendente y paradójico es el caso de los protestantes y evangélicos, quienes, negando la Tradición de la Iglesia Católica no niegan toda tradición, sino, que la sustituyen con la tradición de Lutero, de Calvino o del propio Pastor (¡Lo digo con respeto!) En efecto, los luteranos afirman que hay que leer la Escritura como enseñó Lutero y esa es, pues, la tradición que se ha impuesto, durante unos quinientos años en su denominación cristiana. Y esto equivale para cualquier comunidad que se considera cristiana, pero no católica. Cada una de ellas tiene su propia tradición en que se afirman supuestas verdades que no se encuentran en absoluto en la Biblia. Un ejemplo más: ¿en dónde se encuentra, en el Nuevo Testamento, cumbre de la Revelación, tanta insistencia en el diezmo? Sabemos que el tema del diezmo se encuentra en el Antiguo Testamento, pero no la insistencia y el modo en que con mucha frecuencia es presentado en las reuniones evangélicas, eso no es en absoluto bíblico, sino sólo su tradición.

Ya me alargué “demasiado”, pero por la importancia del tema vamos a leer lo que afirma el Concilio Vaticano II al respecto: “La Tradición y la Escritura están estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal, corren hacia el mismo fin. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. La Tradición recibe la Palabra de Dios encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles, y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos iluminados por el Espíritu de la verdad la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación. Es por eso que la Iglesia no saca exclusivamente de la Escritura la certeza de todo lo revelado. Y así, ambas se han de recibir y respetar con el mismo espíritu de devoción” (Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, 9).

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

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