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¿Habrán perdido la fe algunos sacerdotes?

“Monseñor: aunque los medios hayan disminuido sus ataques, yo sigo sorprendida y escandalizada por el mal comportamiento de unos sacerdotes: desvío de dinero de la parroquia, desórdenes sexuales, casos de alcoholismo... Me pregunto: ¿habrán perdido la fe, aquellos sacerdotes? Hacen que recuerde el consejo de Jesús: “Hagan lo que les dicen, no lo que hacen”. ¿Creen estos sacerdotes en la realidad de la vida futura, en la posibilidad del Paraíso y del Infierno? ¿Será su apostolado solo un trabajo como otros y ya no una misión? Monseñor, ¡no me reproche por mis cuestionamientos tan directos! Todos estos casos me han amargado profundamente”.

Iris Coto R. - Cartago

No se preocupe, mi estimada Doña Iris, ¿a qué le serviría mi reproche? Es verdad, su modo de expresarse es directo y duro. Pido a Dios para que detrás del estilo exigente y de la justificada amargura, haya siempre un corazón bueno, propio de quien condena el pecado y perdona al pecador. 

Usted, Doña Iris, me ha hecho recordar lo que leemos en la carta de San Pablo a los Romanos. El apóstol, con tono abiertamente autobiográfico, ha escrito: “mi proceder no lo entiendo: apruebo el bien, pero hago el mal que aborrezco; me encuentro vendido al poder del pecado” (Rom 7, 14-15). Todo esto, nos hace comprender que no hay situación en la Iglesia, ni hay vocación especial que nos libre de nuestra fragilidad y de lo que el Catecismo llama “concupiscencia” que corresponde al conjunto de nuestras malas inclinaciones. Cuesta admitirlo, pero el mismo Concilio Vaticano II en su constitución Gaudium et Spes (Alegría y Esperanza), vuelve a recordárnoslo: “cuando el hombre examina su corazón, descubre su inclinación al mal y eso es lo que hace que la vida humana toda, la personal y la social, sea lucha y por cierto dramática entre el bien y el mal, entre luz y tinieblas. Más aún el hombre es incapaz, por si solo, de dominar los ataques del mal” (nº 13).

Sin embargo, el mismo San Pablo, tan duramente crítico de sí mismo, puede afirmar: “Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí” 

(2 Cor 12, 9) y “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Flp 4, 13).

Doña Iris, volvamos pues a la invitación de Jesús a sus apóstoles: “Velen y oren para no caer en la tentación” (Lc 22, 40). Unámonos en una verdadera cruzada de oración pidiendo lo que el mismo Jesús, en la última cena, pedía insistentemente al Padre: “No te pido que los saques del mundo sino que los guardes del mal. Padre, santifícalos en la verdad; yo por ellos me sacrifico” (Jn 17, 15). 

Hay otra observación suya, Doña Iris que no debe caer en el vacío: usted se pregunta si aquellos sacerdotes hubiesen perdido la fe. La pregunta suena muy dura y sabe a reproche. Sin embargo toca un punto de extrema importancia. Aquí, por fe, no entendemos solo la adhesión a verdades que superan nuestra capacidad de intelección sino a la Fe como convicción profunda y personal y más aún como experiencia viva de la presencia de Jesús sumo y eterno sacerdote en la vida de todo presbítero. Cuanto más disminuye la experiencia de Jesús vivo y verdadero amigo que nos acompaña, más se acrecienta el peso y el dañino atractivo de todo lo que nos puede parecer placentero y que en definitiva nos separa de Él. Digámoselo una vez más y volvámoselo a suplicar: ¡Señor no permitas que jamás nos separemos de Ti!

Monseñor Vittorino Girardi S. 
Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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