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¿Cómo perdono a un sacerdote que me ha humillado?

“Monseñor, siempre he visto que usted nunca dejó de ser “un cura de barrio”, y se lo agradecemos. Quisiera hacerle esta pregunta: Sé que mi confianza debe estar puesta en Dios, no en los hombres, pero ¿cómo hacer cuando es un sacerdote el que me ha gritado, humillado, y que ha olvidado por completo que su Sí también fue un Sí al pueblo de Dios?

¿Cómo podría uno perdonar a una persona que sabiendo que se equivocó, que sabiendo que es sacerdote, no lo acepta, y que más bien te ve con aire de superioridad, de arriba a abajo?  Quisiera mantener mi nombre en anonimato”.

Fiel Católica - Costa Rica. 

Ante todo, estimada Fiel Católica, le agradezco el calificativo que me da, “Cura de Barrio”. La expresión sugiere sencillez y cercanía, y “olor a oveja”, para decirlo con la expresión propia del Papa Francisco… Pida para que así sea y que el “cumplido” pase a ser realidad. 

Su doble pregunta y comentarios han suscitado en mí varios recuerdos y reacciones. Ante todo, con usted quiero repetir que nuestra confianza debe estar puesta en Dios, siempre y absolutamente. 

Los hombres somos frágiles, y aunque nos atraiga el bien, de hecho, y es Palabra de Dios, “nadie es bueno, fuera de Dios” (Mc 10,18). Con eso, la misma Palabra no quiere excluir de nosotros, la capacidad de bien, para la cual, contamos además con la ayuda de Dios. Todos conocemos y citamos con frecuencia, la afirmación de San Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Fil 4,13). Sin embargo, urge mantener una constante actitud de conversión y de combate espiritual, como otra vez nos lo recuerda Papa Francisco en su exhortación sobre la santidad, Gaudete et Exultate” (Alégrense y Regocíjense) en el numeral 158. 

No hay situación, ni circunstancia que nos exonere o dispense de la necesidad de luchar en contra de nuestras malas inclinaciones, como son la envidia, la soberbia, el resentimiento, la inclinación a la venganza, etc., etc. 

Esta dolorosa realidad que en teología se llama “concupiscencia”, tiene sus raíces en los corazones de todos “de donde sale lo que mancha al hombre” nos dice Jesús (Cfr. Mc 7,14ss). No basta ser buen cristiano, sacerdote, religiosa… para que desaparezcan esas raíces del mal. 

Es verdad, estimada Fiel Católica, aquel “buen sacerdote”, debería ser más humilde y reconocer que se ha equivocado, cuando ha levantado la voz a sus fieles y los ha humillado… Sin embargo -y lo digo otra vez- no basta ser sacerdote para estar libre de “fragilidades” y de reacciones incorrectas. Los años me ha enseñado a repetirme a mí mismo y también para los demás, esta afirmación: “espérate cualquier cosa, en cualquier momento, de cualquier persona”… y esa persona puede serlo cualquiera de nosotros. 

¿Cómo reaccionar entonces? La respuesta nos viene de Jesús: “bendigan a los que les maldicen, oren por los que los calumnian (…) si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los malos aman a cuantos los quieren bien. Y si hacen bien a los que bien les quieren, ¿qué mérito es el de ustedes? Porque los malos hacen otro tanto” (Lc 6,28.32-33). 

Usted, Fiel Católica, justamente puede volver a hacerme notar que fue el sacerdote quien falló y entonces que le corresponde a él pedir perdón. Eso es verdad. Pero a su deber, corresponde el nuestro, y éste consiste como se lo pedía San Pablo a los primeros cristianos de Roma, en “no devuelvan a nadie mal por mal. A ser posible y, en cuanto de ustedes depende, vivan en paz con todos (…). No te dejes vencer del mal, sino vence el mal con el bien”. (Rom 12, 17-18.21).

Con todo esto llegamos al corazón y a la esencia misma de vivir en “cristiano”. Se trata de vivir y de reaccionar amando. Sabemos además, que el amor alcanza su máxima expresión precisamente en el perdón. Es así que muere Jesús, perdonando a los que le crucifican y San Esteban, primer mártir, sigue su ejemplo y pide a Dios el perdón para los que le están apedreando. 

Hay situaciones en que se nos pide una decisión firme e inclusive heroica, que nos resulta humanamente imposible, pero que con la gracia de Dios, pedida humildemente, se hace posible. En esto hay que atreverse a seguir los ejemplos de los santos, como el de la jovencita María Goretti, que a su asesino le dice, antes de expirar: “te perdono y te espero en el cielo”. 

Es verdad, perdonar cuesta, pero quien se cierra en su resentimiento y rechazo del ofensor, va a sufrir muchísimo más. ¡El no perdonar nos enferma!

Concluyo, mi estimada Fiel Católica, recuperando otra afirmación suya y que usted expresa con una pregunta: “¿Ha olvidado aquel sacerdote que su Sí al Señor fue también un Sí al pueblo de Dios?” No cabe ninguna duda: ¡así es! Más aún, el Sí a Dios manifiesta su autenticidad si es también un Sí al pueblo de Dios, es decir en la medida con que el sacerdote asume y hace suya la afirmación de Jesús “Sumo y Eterno Sacerdote”: “estoy entre ustedes como el que sirve”. (Lc 22,27).

Monseñor Vittorino Girardi S. 

Obispo emérito de Tilarán-Liberia

 

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