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Un monje en manos del Isis

Fabio Colagrande Vatican News

Avanza lentamente, sosteniéndose con un bastón el Padre Jacques. En el calor sofocante de una tarde romana de verano, sale a nuestro encuentro en el jardín del Centro de Rehabilitación Don Gnocchi con un modo de andar tambaleante que cuenta ya su historia.

Pero su mirada es luminosa y en su rostro hay una sonrisa, la misma que sorprendió a los terroristas del Isis que lo mantuvieron prisionero en Siria, en el 2015, durante cinco meses, antes de su fuga audaz.

El Padre Jacques Mourad es un monje y sacerdote sirio-católico de la diócesis de Homs, en su país natal, Siria. Cuenta la historia de su secuestro en su libro “Un monje rehén. La lucha por la paz de un prisionero de los yihadistas”, escrito con el periodista Amaury Guillem, publicado en Italia por Effatà.

Ha decidido vivir en el Kurdistán iraquí, en Suleimaniya, para permanecer cerca de los prófugos de su pueblo. Pero a menudo se encuentra en la capital italiana para curarse de su espalda maltratada hasta la tortura, durante las largas semanas de detención.

“Siempre llevo conmigo a aquellos que he conocido durante esos meses: prisioneros, yihadistas, todos están en mis oraciones y en mi corazón”, afirma. “Creo que el Dios misericordioso siempre encuentra una manera de ayudar a todos y que también mis carceleros pueden encontrar la justicia y recibir la luz del Espíritu Santo”.

Salvados por la vocación a la paz

De aquellos días de violencias, vejaciones, privaciones, torturas psicológicas y físicas, el Padre Jacques recuerda más bien un milagro, que tuvo lugar el 31 de agosto de 2015.

Había sido secuestrado el 21 de mayo en el monasterio de Mar Elian en Qaryatayn, localidad en la que era párroco. Después de los tres primeros meses de prisión en Raqqa, fue trasladado a una cárcel cerca de Palmira, donde encontró a doscientos cincuenta cristianos de su comunidad. Un grupo de líderes yihadistas los visitó ese día. “Estos cinco hombres del Isis me llevaron a una habitación y su jefe comenzó a leerme una declaración del califa al-Baghdadi, el líder del Isis. Se trataba de una larga serie de leyes para nosotros los cristianos que vivíamos bajo el poder del Estado islámico”.

Entonces el Padre Jacques se entera con gran sorpresa de que su comunidad sería llevada de vuelta a Quaryatayn, que, sin embargo, se convertía en una especie de prisión al aire libre para ellos. Serían sometidos a pesadas prohibiciones, pero podrían celebrar de nuevo la Santa Misa. “Esta noticia fue para mí un milagro inesperado”, nos confiesa casi conmoviéndose. “No creía que podría volver a celebrar la Eucaristía y recibir la Comunión. Fue para mí un gran don de misericordia por parte de Dios.

Durante la conversación, sin embargo, el Padre Mourad trata de asegurarse de que verdaderamente sus fieles puedan regresar y permanecer en sus casas y les pregunta a los terroristas por qué el Califato había decidido llevarlos de vuelta a Quaryatayn. “El jefe yihadista me respondió que lo habían decidido porque nosotros los cristianos no habíamos llevado armas contra los musulmanes. Fue una respuesta que me impresionó mucho y me hizo comprender muchas cosas. Comprendí sobre todo que quien decide no practicar la violencia puede, con su elección, cambiar la actitud de aquellos que están acostumbrados a empuñar las armas. Hemos sido salvado gracias a nuestra vocación de cristianos, testigos de paz”.

“Con el Rosario, todo el miedo desaparecía”

No hay sombra de recriminación en la mirada serena y en las palabras que el Padre Jacques escoge cuidadosamente, al relatar su calvario. Parece que este sacerdote siro-católico, a quien los yihadistas le pidieron que se convirtiera al Islam con un cuchillo debajo de su garganta, vivió su encarcelamiento como una extraordinaria oportunidad de crecimiento espiritual. “Puedo decir que recibí dones de Dios en el mismo momento en que vivía mi encarcelamiento”, nos confiesa. “No puedo olvidar la fuerza y el coraje que me permitían mirar a la cara a estos yihadistas y transmitirles el amor de Jesús”. “En aquellas situaciones Dios me dio sobre todo el don de la sonrisa, y era un hecho que ponía a mis carceleros en dificultades. Se preguntaban cómo era posible que un prisionero sonriera y yo tampoco puedo explicar dónde encontraba la fuerza”.

En aquellos días llenos de sufrimiento físico y mental, el Padre Jacques encontraba alivio especialmente en la oración a la Virgen. “Apenas comenzaba a rezar el Rosario, todo dolor, todo temor desaparecía. Aún hoy rezo el Rosario varias veces, incluso según fórmulas que he inventado durante los días del secuestro”.

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