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Un gallo pinto con amor sabe mejor

  • Ligia Vargas y su familia dan desayunos a los indigentes en San José

Laura Ávila Chacón
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El 4 de octubre del 2016, doña Ligia entregó en las manos de Dios a su mamá, doña Blanca Campos. Lo hizo con la certeza de la vida eterna y con el compromiso personal de que sus enseñanzas y su ejemplo no murieran con ella. Fue así como nació un apostolado, inspirado en el deseo de doña Blanca de ayudar a las personas en situación de calle.

Doña Blanca siempre apoyaba al Club de Paz en su ministerio con las personas indigentes, y decía que, si no fuera por la artritis que la aquejó en vida, les cocinaría al menos un desayuno para que pudieran sobrevivir.

Dos meses después de aquel duro momento, doña Ligia y su esposo, Johnny Lobo, estaban en la zona roja de San José dando desayunos a los hermanos que habitan el lugar, presos de los vicios, las drogas, el alcohol y la violencia sexual.

Lo interesante es que lo que nació como una idea casi personal de doña Ligia se ha extendido a sus tres hijas, dos de las cuales están casadas, sus esposos, familiares, amigos y vecinos de Ciudad Colón donde viven, quienes se van sumando a la causa.

Fue así como se estableció una rutina de caridad que es signo de bendición para quienes participan en ella: cada primer domingo de mes se levantan muy temprano, preparan el gallo pinto con el arroz y los frijoles que dejaron listos desde el día anterior, y salen con rumbo a San José. En el camino oran y ponen todo en manos de Dios, piden protección para su familia y para las personas con las que se van a encontrar.

En la Coca Cola dejan los primeros desayunos a personas que ya los conocen y que deambulan por ahí, y luego se instalan en la zona roja.

Con ayuda de los propios indigentes, acomodan una mesa y sacan las ollas de gallo pinto con huevo, queso, pan y salchichón, al que acompañan con café o fresco. En total reparten alrededor de 200 platos de comida.

Ya son conocidos en el lugar y los indigentes saben que deben de ayudar con orden y aseo para que todo salga bien. Uno a uno recibe su plato de comida, algunos tienen hasta tres días de no probar bocado, por lo que la comida caliente la agradecen como un verdadero don de Dios. Tal es el hambre que algunos hacen fila de nuevo y repiten. Junto a los alimentos entregan ropa y cobijas, especialmente útiles en esta época de invierno. 

“Dios quiere que pongamos nuestros dones a trabajar por quienes más necesitan”, afirma doña Ligia, consciente de que la mayor bendición que recibe de Dios por este trabajo es ver a sus hijas y sus esposos comprometidos y felices desde sus propias familias y realidades.

Cada vez que salen a repartir los desayunos la familia invierte unos 100 mil colones de sus propios recursos, pero según doña Ligia, nada se compara con el agradecimiento sincero de quienes los reciben.

“Son personas con su dignidad de hijos e hijas de Dios. Solos no pueden salir de ese círculo de drogas en el que han caído, nos necesitan y por eso estamos ahí”, asegura.

Doña Ligia recuerda muchas historias de las personas que se han acercado a ellos en estos tres años. Por ejemplo, el joven de 19 años que no quería desayuno sino solo que llamaran a su papá porque quería salir de ese mundo en el que estaba. Lloraba y pedía que por favor lo sacaran de ahí. Luego de calmarlo y de darle de comer, el joven tuvo más tranquilidad y se trató de contactar a la familia.

Historias como estas impulsan a doña Ligia y a su familia a querer dar más. Para ellos es Cristo mismo el que llega a pedirles desayuno, y por eso lo sirven con alegría y cariño. “Un pinto con amor sabe mucho mejor”, afirma convencida doña Ligia.

El plan, de hecho, es que el próximo año puedan ir cada quince días, y por eso necesitan que más personas colaboren. No es necesario ni que vayan a entregarlos, simplemente cocinando una olla de pinto, donando arroz, frijoles, o algo para poder llevar la aguadulce que los indigentes siempre piden.

Pero quien se comprometa debe ser responsable, porque según cuenta doña Ligia, hay personas que dicen que quieren ayudar, pero al final desaparecen.

De su parte, afirma, no dejará de hacerlo mientras Dios le de fuerzas. Es su manera de honrar el deseo de su mamá, de cumplir con el mandato del Señor de dar de comer al hambriento, y de dar ejemplo de vida cristiana a su familia y a quienes suman sus fuerzas a la obra.

 

 

 

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