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“Siempre hay que perdonar”

  • Julius Mbuga salió de Uganda en busca de la verdadera libertad

Laura Ávila Chacón
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A Julius le encanta Costa Rica. Dice que el tico tiene una habilidad especial para estar feliz siempre y le sorprende lo rápido que aprendimos que la guerra no es camino para resolver las diferencias.

Hace 18 años llegó a nuestro país proveniente de Uganda, para aprovechar una beca de la Escuela de Agricultura de la Región Tropical Húmeda, EARTH, de donde se graduó como Ingeniero Agrónomo.

Es una persona sonriente y atenta, servicial y dispuesta a abrir su vida a quien quiera conocerla. La suya es una historia muy compleja, que solo el perdón y la fe han constituido en un testimonio digno de contar.

Julius Mbuga nació en 1980 en una zona rural de Uganda, a 170 kilómetros de la capital. En su familia se practicaba la poligamia, su papá tuvo 17 hijos, y la mamá de Julius, con quien procreó 8 niños, no era la esposa principal.

Cuando Julius tuvo uso de razón su papá ya no estaba. Su mamá se había alejado de él por una razón que al día de hoy desconoce. Aquello fue siempre una espina en su corazón. Luego ella se casó con otro hombre y tuvo cinco hijos más.

La situación hizo que Julius nunca se identificara con ninguna de sus familias, y explica por qué salió a los 11 años en un largo viaje que todavía no ha terminado para él.

Sus abuelos hicieron los roles de padre y madre, pues su padrastro siempre quiso más a sus propios hijos. Todos aquellos años fueron marcados por la pobreza y la falta de oportunidades. En su interior el deseo de conocer a su papá lejos de disminuir, aumentaba con el tiempo. Preguntaba aquí y allá quién era y dónde estaba, hasta que pudo localizarlo.

La primera vez que habló por teléfono con él, la sangre se le cogelaba en las venas. Por suerte su padre quería verlo, cosa que sucedió a escondidas de su madre.

El día que se vieron, su papá le compró zapatos nuevos y un bolso. No había forma de perderse: eran idénticos. Vivió con él una semana y su madre no tenía idea de dónde estaba. Luego regresó a la escuela y su mamá lo castigó por desaparecerse de la noche a la mañana.

Cuando terminó la escuela Julius sentía el deseo de volver con su padre, quien le había prometido pagar el colegio. Aquel sentimiento hizo que se deteriorara la relación con su mamá, pero aún así se fue donde él.

Aquel paraíso que Julius soñaba se fue deteriorando poco a poco, ya su padre no era tan cariñoso.

Al joven no lo dejaban ver a su mamá, y él mismo sabía que si regresaba no tendía opción de superarse, así que aguantó aquel ambiente cuatro años, hasta 1998 cuando su padre murió de SIDA.

El suceso lo marcó. La preguntas se multiplicaron en su cabeza y el rencor se apoderó de su corazón, sin embargo, con la fuerza de Dios fue encontrando la paz en el perdón. “Siempre hay que perdonar”, afirma convencido. 

Julius tenía mucho que perdonar. A su padre, a su madre, a sus medio hermanos, a Dios y a sí mismo sería la clave para levantar las alas de la libertad verdadera y aterrizar en un país que ha hecho suyo: Costa Rica.

“Lo que rescato de todo lo que viví en mi infancia y juventud fue el valor que Dios me dio para salir adelante en medio de tanta adversidad”, cuenta sentado en su apartamento en la Universidad para la Paz, donde ha pasado los últimos años terminando su maestría.

El compromiso personal con su futuro le permitió obtener una beca para estudiar en la EARTH, experiencia en la cual afirma que por primera vez se ha sentido realmente libre de las cadenas que en el pasado lo ataron y lo hicieron sufrir.

Julius aprendió español y con 25 años ya era un destacado agrónomo. Trabajó para varias piñeras donde vio atrocidades que se cometen al medio ambiente y muchas injusticias contra los trabajadores.

Regresó a la EARTH como coordinador de un programa que buscaba a estudiantes destacados de África para becarlos, fue todo un reto que sacó adelante como una forma de retribuir el apoyo que él mismo recibió para superarse.

Hoy, cuando mira hacia atrás, Julius siente paz. Asegura que la ha obtenido luego de ver en conjunto su vida y comprender que todo tenía que suceder tal cual para estar donde está hoy. “Cuando uno siente que todas las puertas se cierran, que todo está en contra, que hay que nadar contracorriente, no se debe de perder la fe, la bondad es mucho más grande que el mal en el mundo y eso es lo importante”, concluye.

 

 

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