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“Rezaba el Rosario con mis secuestradores”

  • Secuestrado por el narco en Colombia cuenta su proceso de liberación física y espiritual

Danny Solano Gómez
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“Cariñosito ¿Milagros? Creer en ellos es: Hacerlos. ¡Te amo!”. Este fue un mensaje que apareció en un periódico, Mario supo de inmediato que iba dirigido a él por el apodo con que su novia lo llamaba. Era precisamente un milagro, creer en él, lo que necesitaba para salir de su cautiverio.

El siguiente testimonio trata sobre un secuestro ocurrido a principios de los años 90 en Colombia, cuando el narcotraficante Pablo Escobar, líder entonces del Cartel de Medellín, le declaró la guerra al Estado colombiano y para financiarse recurrió al rapto de personas con el fin de pedir dinero a cambio de liberarlas.

Mario (nombre ficticio para proteger la identidad de la víctima) vivía con sus papás en Medellín, Colombia. Un profesional que tenía contacto con la familia fue quien informó a los criminales que el padre podía ser un objetivo, de hecho realizó una investigación previa de los bienes que tenían para determinar cuánto dinero cobrar.

En principio era el padre por quien iban, pero debido a una situación “fortuita” la acción no pudo ser ejecutada, así que optaron por el hijo. 

Un día llegaron a su oficina cuatro tipos en un auto con placas municipales, dijeron ser policías que realizaban una investigación, lo golpearon y lo montaron en el asiento trasero. 

Llegados a otro punto lo introdujeron en la cajuela de otro auto, luego de un recorrido lo volvieron a sacar y a meter en otra cajuela hasta la casa de habitación que sería su sitio de reclusión por tres meses.

En el hogar de Mario iban a Misa con frecuencia y solían orar. La primera noche que estuvo secuestrado él rezó el Rosario como tradicionalmente lo hacía, duraba como cinco minutos, porque entonces -reconoce- “lo importante era decir cincuenta veces “Dios te salve María” como fuera”. 

Mario rezaba pero en el fondo solo deseaba vengarse y cavilaba cómo torturaría a esos tipos. Al día siguiente, cuando le trajeron un desayuno, pudo ver por fin el rostro de sus captores, estos le preguntaron si necesitaba algo, él les respondió que una Biblia y una almohada. “¿Una hijue… Biblia para qué?”, fue la respuesta que recibió.

Llama la atención que en la casa de habitación donde se encontraba vivía una familia al tanto de la situación y, para no levantar sospechas, tanto él como los secuestradores tenían prohibido hacer ruido, especialmente cuando los familiares salían.

Pasaron unas semanas, comenzó a rezar el Rosario mucho más despacio, en la mañana y en la tarde, ocasionalmente a mediodía. También leía las oraciones que salían en los periódicos que a veces le llevaban.

 Un día le trajeron un radio, en el cual oía emisoras católicas y en una ocasión escuchó un programa sobre el perdón que caló profundamente en él, comenzó a cambiar su percepción de los secuestradores, dejó de pensar en vengarse, en el odio y el rencor. Resonaron en él las palabras de Cristo: “Amen a sus enemigos” (Lc. 6,27). 

En aquella pequeña habitación también Mario aprendió a bendecir los alimentos. Recuerda además un domingo que sintonizó la transmisión de la Santa Eucaristía e imaginó que estaba en su parroquia, solo le faltaba comulgar, por lo que a los ocho días guardó un pedazo de arepa del desayuno, en el momento en que el sacerdote hacía la elevación él oró porque el Señor entrara en ese trozo de pan. 

Rezaba el Rosario con los secuestradores

Mario comenzó a entablar relación con sus secuestradores, conversaba con ellos, estos le contaban de sus vidas, experiencias duras que tuvieron, también por ejemplo que antes de ir a cometer un crimen, como dispararle a alguien, oraban y pedían la protección de la Virgen.

A pesar de la incoherencia, Mario decidió invitarlos un día a rezar el Rosario con él, los cinco presentes en esa habitación comenzaron a llorar. Los criminales decidieron no volver a hacer eso, “mejor no, usted nos pone muy sentimentales”, le dijeron, no obstante de vez en cuando se intercambiaban oraciones. 

Había pasado más de 40 días y su familia no sabía nada de su paradero. Buscaron por todos los lugares posibles, entre ellos hospitales y morgues. 

Por entonces apareció “el patrón” de los criminales, le tomó una foto, lo obligó a hacer una grabación donde suplicara por su rescate y dijera que se encontraba muy mal, asimismo, le exigió escribir una carta en el mismo tono. Todo con el objetivo de amedrentar a la familia.

Cuando Mario sentía que iba a perder la esperanza descubría mensajes “codificados” de sus amigos en los periódicos o escuchaba algo en la radio que lo animaba, inclusive un día la dueña de la casa le trajo el boletín parroquial con lecturas bíblicas que lo animaron. “Si el afligido invoca al Señor él lo escucha y lo libra de todas sus angustias” (Sal 33,7)

Comenzó a madurar la idea de escapar y para eso “necesitaba un milagro”… A pesar de ir a Misa casi a diario no se sabía los Misterios del Rosario, por lo que inventó los siguientes: 

Primero, que los captores entren en el cuarto, se descuiden y él escape; segundo, que él tenga el valor de encerrarlos; tercero, que debido a su debilidad (había perdido 10 kilos) “Tus ángeles me carguen y corran por mí; cuarto, que tus ángeles me cuiden de los sicarios que me perseguirán; quinto, que nadie muera durante mi escape. Para entonces Mario ya tardaba dos horas rezando el Rosario.

Conozca el desenlace de este testimonio de fe en la próxima edición del 12 de mayo de 2019.

 

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