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Pionera de la Pastoral Social llega a los 100 años

Laura Ávila Chacón
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Eran años muy duros de pobreza generalizada en el país y muchas familias necesitaban, como ahora, el apoyo de parte de la Iglesia para poder sobrevivir.

Las obras de misericordia tomaban forma de diarios de comida, tarros de leche, harina, manteca y quintales de maíz, arroz y frijoles, pero se necesitaban muchas manos para hacer que aquellas ayudas llegaran donde se necesitaban.

Había que colaborar a seleccionar, distribuir y empacar los alimentos, al tiempo que se atendía a las personas que llegaban siempre con nuevas urgencias, se organizaban actividades para recoger fondos y se gestionaban más ayudas para hacer que aquella incipiente oficina de Pastoral Social en San Francisco de Dos Ríos, en San José, no detuviera su servicio.

En medio de todo el trajín, la voz cantante la llevaba Monseñor Oscar José Trejos, de quien en su funeral el 20 de mayo del 2008 se dijo: “Vivió una experiencia profunda del verdadero significado del amor de Dios, a través de los demás, descubriendo el rostro del Señor en todos los hermanos que se cruzaron por su camino”.

Esta forma de servir en la Iglesia atraía alrededor suyo siempre a personas dispuestas a entregarse por los más necesitados. En la mayor parte se trataba de verdaderos héroes y heroínas anónimas, que junto a sus propias obligaciones familiares y laborales, ayudaban a la parroquia, de la cual mantenían un fuerte sentido de pertenencia.

Una de esas heroínas está a punto de cumplir cien años el próximo 25 de marzo. Se trata de doña Alice Díaz Solano, a quien por justicia le corresponde el título de pionera de la Pastoral Social en esa comunidad.

Su casa era el centro de operaciones de aquellos esfuerzos de la Iglesia para que las mujeres, los niños, los ancianos y los enfermos tuvieran en su mesa algo que comer todos los días.

Llegaban desde San Antonio, Río Azul, Patarrá y San Francisco a su puerta para pedir ayuda, y siempre se encontraban con una sonrisa y la disposición de doña Alice para ayudar. Incluso más de una vez sacó de su propia bolsa para hacer que nadie que realmente lo necesitara se fuera con las manos vacías.

Hoy, en su casa, con aquella misma sonrisa, repasa pasajes de esa época, en la que, como cuenta, el Padre Trejos andaba con una sotana deshilachada y se rehusaba a comprar una nueva porque todo lo que entraba era para los pobres. Otro de sus proyectos, por el que también se le recuerda entre trabajos incansables y desvelos, fue la construcción del templo de la comunidad.

Doña Alice no se casó ni tuvo hijos, pero siempre estuvo rodeada del cariño de muchas personas a quienes ayudó desde su trabajo en la Iglesia. Recuerda que en una época de necesidad aprendió a elaborar bolsas de mecate que colocaba a la salida de las misas para recoger dinero, también preparaba tamales con la ayuda de otras vecinas y juntas iban a venderlos.

De andar despacio, por la edad y una quebradura que sufrió hace dos años, doña Alice muestra con orgullo dos ejemplares de la Santa Biblia gravados con su nombre. En sus páginas guarda recortes de comentarios al evangelio, que en otra época le publicaba el diario La Nación al Padre Juan Luis Mendoza. Entre sus prioridades diarias está el rezo del Santo Rosario y la reflexión sobre la Pasión de Cristo, cada viernes. En Navidad nunca le puede faltar el pesebre y vive con mucho recogimiento la Semana Mayor.

Este domingo 1 de marzo, en la Parroquia de San Antonio de Desamparados, su familia ofrecerá una Santa Misa de agradecimiento por su vida y su excepcional ejemplo de amor al prójimo. 

Será un buen momento para reconocer el inmenso aporte de personas como ella que, desde el silencio y el anonimato, construyen en medio del mundo la Iglesia misericordiosa de Cristo.

 

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