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“Le pedí a la virgencita que me ayudara a ser como ella”

Sofía Solano Gómez
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El 23 de octubre de 2017, Priscilla Marín fue a la Iglesia, allí escribió tres intenciones al Padre Pío. La primera fue pedir a Dios su voluntad para convertirla en madre, segundo que la cirugía de un amigo suyo saliera bien y tercero la unión de su amiga y hermano, quienes estaban enamorados uno del otro.

Su primera intención era muy deseada, tanto que al no poder quedar embaraza su ginecólogo, un especialista en fertilidad, le dijo que hicieran un procedimiento In Vitro. Sin embargo, la posibilidad se alejaba de los deseos y convicciones de ella y su esposo.

En octubre de 2017 los esposos pensaron en realizar una inseminación para febrero de 2018, desde este momento Priscilla oró a Dios y pidió a María Auxiliadora la intercesión de su maternidad. Pasaron cerca de 60 días y supo que estaba embarazada el 30 de noviembre de 2017.

José Miguel nació prematuro, a las 32 semanas de gestación, tras cerca de siete meses en los que su madre describe el embarazo de “alto riesgo, con sangrados extremos”, tiempo en que a su vez decía: “Dios hágase tu voluntad.”

“Con toneladas de fe”

Al bebé de 1.700 gramos de peso al nacer, “se le escuchó un soplo a los tres días de nacido… y ahí comenzó la aventura”, según su madre.

El diagnóstico fue una Cardiopatía Congénita: Tetralogía de Fallot (TOF), por ello debía ser operado, pero el pequeño José Miguel bajó de peso. Además, por la complejidad del procedimiento los doctores le indicaron que debía esperar a que él tuviera entre seis meses y un año de edad.

Salió del hospital con 20 días de nacido. “Muy felices y con mil indicaciones de cómo cuidarlo” Priscilla se fue a casa, sin embargo, al día siguiente, un cuadro de estrés le complicó su salud.

Luego de varios días hospitalizada y de regreso a casa se encontró con episodios en los que José Miguel dejaba de respirar. 

“Sé lo que es salir corriendo con un bebé en brazos sin ningún signo aparente, 100% morado, pálido… mientras en el camino a la clínica trataba de reanimarlo, soplando su boquita y nariz, haciendo masajes en el pecho y pidiéndole a Dios que cuidara de él”, contó Priscila.

Cada vez que algo así pasaba –agregó– “doblaba rodillas y se lo entregaba a Dios, pero con la plena certeza y con toneladas de fe de que el Señor estaba escuchando mis deseos más profundos”.

La devoción de Priscilla por María Auxiliadora aumentó. “Le pedí a la virgencita que me ayudara a ser como ella y a aceptar la voluntad de Dios, que me diera fuerzas para ser la madre que Dios quería y para tratar de emularla en todo lo que pudiera”.

Las seguidas crisis de José Miguel, permitieron que la valoración del cardiólogo diera paso a la programación de una cirugía, misma que se pospuso en unas cinco ocasiones por falta de espacio en la Unidad de Cuidados Intensivos, (UCI) del Hospital Nacional de Niños (HNN) a casusa del Virus Sincitial Respiratorio.

“Tanto dolor y tanto amor en un solo lugar” 

José Miguel fue operado el pasado 30 de noviembre en el Hospital Nacional de Niños, y su madre supo nuevamente lo que era pasar “de la felicidad más pura a la incertidumbre”, ya que la salud del niño se complicó, y hasta una bacteria que le entró puso en riesgo sus pulmones, hígado y riñón. 

La posibilidad de morir o algún daño neurológico o renal estaba presente, no obstante, su familia siguió orando y confiando en Dios.

Ante la posibilidad de no ver a su bebé, esta joven madre se fue a la Casa de María Auxiliadora, lloró y oró. Sor Cora, una de las monjas presentes, hizo una oración junto a ella, al tiempo que esperaba resultados de cómo evolucionaba el pequeño. Recibió buenas noticias, José Miguel iba a respirar solo, sin la ayuda de las máquinas.

Finalmente, José Miguel respondió con el pasar de los exámenes, ultrasonidos, el TAC y de todos los cuidados en el hospital. El día en que Priscilla pudo ver a su bebé por primera vez después de la cirugía lloró de felicidad, al ver una sonrisa en su Ángel, como le llama.

“En la UCI es donde uno se encuentra cara a cara con Dios, hay tanto dolor y tanto amor en un solo lugar que ahí uno ve el amor de Dios hacia nosotros, ahí es donde uno ve la magia y amor de Dios por quienes con fe y esperanza aceptamos y creemos en su plan”, concluyó Priscilla.

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