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Juan Carlos, el guerrero de Dios

Laura Ávila Chacón
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El 3 de enero del 2016 está grabado con fuego en la mente de Juan Carlos. Ese día, luego de tres semanas de trabajo ininterrumpido en el Hospital de Grecia, finalmente tuvo libre y lo primero que pensó el joven, que hoy tiene 28 años, fue en ir a la playa a descansar.

Llamó a un compañero que a su vez contactó a dos amigas. Juntos se fueron a Puntarenas, su idea era comer algo y bailar. A media noche una de las muchachas sin dar mayores explicaciones les dijo que tenían que regresar.

Un kilómetro después del Paseo de los Turistas el vehículo en el que viajaban se fue en un hueco en la carretera… Juan Carlos despertó en el hospital Monseñor Sanabria fracturado y herido. Luego le contaron que el carro derrapó, dio varias vueltas y pegó con un poste.

No se dio cuenta cuando llegaron los paramédicos, cuando lo sacaron del carro ni cuando le pusieron cuello ortopédico dadas sus graves lesiones. Tampoco se percató de la jauría de espectadores ladrones que se abalanzaron sobre el carro para robar sus pertenencias en medio del accidente... ni de lo más grave: una de las amigas con las que viajaban perdió la vida con el impacto.

En la sala de shock intentó sentarse y fue cuando el mundo se le vino encima. Estaba muerto de la cintura para abajo, no sentía sus piernas y no respondían a su deseo de moverlas. Todos sus sueños se desvanecieron.

Trasladado al Hospital México, Juan Carlos pensaba lo peor. Múltiples fracturas en piernas, brazos, manos, cabeza, costillas y lo más delicado: la lesión en la médula espinal.

Los médicos fueron contundentes: no podría volver a caminar a menos de que fuera operado de emergencia. Necesitaba proceder, pero un coágulo de sangre complicaba todo al punto de poner en riesgo su vida.

Juan Carlos puso todo sobre la mesa y su fe lo empujó a autorizar el procedimiento. Mientras firmaba el consentimiento y la liberación de responsabilidad de los médicos, vio el rostro del Señor y la esperanza en él le devolvió la paz que había perdido.

Humanamente tenía miedo, pero aquella imagen sobre el papel le dba paz. Siempre, asegura, lo que es de Dios, trae paz.

Juan Carlos había conocido a Jesús hacía ya varios años en una Jornada de Vida Cristiana. Postrado en aquella camilla entendió que ese era el momento para confiar en su palabra.

Su familia lo acompañó con sus oraciones. La operación se realiza y para gloria de Dios el coágulo desaparece de su columna. A pesar de ello, las lesiones son tan graves que el médico que lo vio le dijo con franqueza: “desde la medicina y la ciencia usted no vuelve a caminar”. Juan Carlos lloró amargamente.

Un día en el Centro Nacional de Rehabilitación sintió sus piernas y se esforzó por moverlas. El médico que lo veía le dijo que sabía lo que le había hecho en la columna y que no podía hacer eso. Su mamá que lo acompañaba solo levantó sus brazos al cielo y gritó “¡La gloria es de Dios!”.

Cuando se despidieron le dijo al doctor: “si en un mes vuelvo caminando no se extrañe, porque yo siento mis piernas y las puedo mover”. El galeno guardó silencio.

La terapia de recuperación siguió y Juan Carlos veía los progresos. Pudo orinar y defecar por sí mismo, cosa que no hacía antes.

“Y para honra y gloria de Dios llegué a la siguiente cita y el doctor me dijo que solo faltaba que ahora le dijera que orinaba solo”, cuenta Juan Carlos, quien con una sonrisa le confirmó que así era. 

El médico no lo podía creer. Incluso lo retó a ponerse de pie, pues sabía según él que no podría. Juan Carlos sintió que aquello era una ofensa para Dios y con mucho esfuerzo se agarró de su mamá y se levantó.

Dos meses habían pasado desde el accidente y contra todos los pronósticos estaba ahí, de pie frente al doctor que solo atinó a decirle que era una guerrero campeón.

Desde entonces los avances fueron notorios: dejó la camilla y la silla de ruedas, usó la andadera y también la dejó. Ahora camina con muletas y ya compró un bastón seguro de que seguirá recuperándose para gloria de Dios.

“Le sigo creyendo a Dios, sé para quien estoy caminando, sé lo que estoy logrando en mí y en quienes conocen mi historia”, resume Juan Carlos, quien ahora dedica parte de su tiempo precisamente a encontrarse con jóvenes para que vean con sus ojos el poder de Dios.

Hoy, con todo lo vivido Juan Carlos reflexiona lo duro que es para un joven ver sus planes transformados de un modo así. Incluso cuenta que en alguna ocasión, en medio de su desesperación, pensó en tomarse una sobredosis de pastillas, pero su fe lo sostuvo en la confianza de que Dios sabía lo que hacía.

La muerte de su amiga le impactó mucho. Pasó mucho tiempo hasta que pudo reconciliarse consigo mismo por haber inventado el paseo aquel. Confiesa que le ayudó mucho el abrazo que la mamá de ella le dio y el mensaje de que si bien Dios se la había llevado, ahora lo que la confortaba era verlo recuperarse a él. Lloraron juntos.

Sobrepuesto también a las falsas versiones de que iban borrachos o drogados, Juan Carlos siente que aquel evento fue como nacer de nuevo. Hay un antes y un después para él luego de ese 3 de enero.

“Me volví una persona más espiritual, le doy gracias a Dios por lo que tengo, por lo que viene y por lo que se va, porque pude caminar, orinar y hasta defecar… hoy nadie le da gracias a Dios por ello. Entonces usted se vuelve más agradecido, ve la vida diferente, vive un día a la vez, con sus defectos y errores, la vida me cambió en cuestión de 25 minutos”, resume.

Toda esta experiencia  explica muchas cosas a Juan Carlos, que hoy reitera su consejo de confiar en Dios en todo momento y circunstancia de la vida.

Juan Carlos se comunica con los jóvenes también a través de su perfil en Facebook: www.facebook.com/GuerreroJuanCa/

 

Artículo publicado en Eco Católico el 6 de enero 2019

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