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“Hice nueve intentos de suicidio pero Dios me libró porque me ama”

Laura Ávila Chacón
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July (nombre ficticio), ha tenido una vida dura. Desde muy pequeña estuvo expuesta a la violencia intrafamiliar, situación que cargaba como una culpa por ser la hija mayor. Se trataba de un sentimiento que crecía con el tiempo pero que ella nunca dejaba salir. Solo callaba y callaba…

Un día, en medio de las discusiones de sus padres gritó que se quería matar. Aquello fue como una espada que le traspasó el corazón. Su papá recomendó llevarla al hospital psiquiátrico, y su mamá consiguió a alguien que la escuchaba y la tranquilizaba un poco, pero aquella idea seguía rondando su cabeza.

Cuando cumplió 15, July ya fumaba en su cuarto a escondidas de su madre, que pensaba que encerrándola en la casa la protegía de sus ideas suicidas. El dinero se lo pedía a su papá, que prefería dárselo él a que ella fuera a la calle a buscarlo.

Aquel círculo vicioso se acentuó con el drama de varios amores fallidos, reflejo del deseo de July de salir de la situación que la oprimía desde niña.

A corta edad tuvo que hacerse cargo de sus dos hermanos, dado que su madre salía a trabajar para poder traer algo de comida a la casa.

Asumir esa responsabilidad hizo nacer en ella una repulsión a los hijos. No quería saber nada de niños y menos que pasaran por las cosas que ella había vivido.

Pidió por eso esterilizarse siendo todavía joven, posibilidad que se le negó en varios hospitales. Luego quiso ser religiosa, todo buscando una respuesta al vacío que sentía en su vida. Descartada esa opción, cayó en una profunda depresión existencial. July se preguntaba si tenía sentido vivir sin un propósito.

Y como si todo eso fuera poco, pasó por una terrible experiencia de abuso sexual que radicalizó todos sus traumas. Ya no dormía ni comía. “No era yo, lo único que hacía era caminar y caminar sin rumbo, era lo único que me calmaba un poco”, recuerda.

Verla así, conmovió a su papá, que la llevaba a regañadientes a misa a cambio de ropa. Él quería acercarla del modo que fuera a Dios. Ella se valía de aquel deseo para obtener cosas que de otro modo no conseguiría. Nunca fue por convicción hasta que un día repartieron unas invitaciones a la Pastoral Juvenil de la parroquia.

En la invitación venía el contacto de un médico psiquiatra que se convirtió en su ángel. Con él conversaba de todo lo que a nadie la había contado jamás. Sus consejos la fueron ayudando a salir del abismo en el que se encontraba.

Junto a otros jóvenes de la parroquia aprendió lo que nunca en su casa había visto: comprensión, ayuda mutua, trabajo en equipo, solidaridad, perdón, amor…

Al principio pensaba que se iba a “panderetear”, pensando en una idea errónea acerca de la Pastoral Juvenil, pero luego encontró en el grupo la familia que siempre quiso tener.

Su sanación estaba en marcha. En una vigilia todo aquello que llevaba cargando desde niña reventó. Lloró, lloró y lloró. Le imploró a Dios romper todas las cadenas que la ataban y que la hicieron, en el transcurso de los años, intentar suicidarse nueve veces.

La vida empezó a tener sentido para July. Iba a misa porque quería y comenzaba a sentir que de todo el sufrimiento tenía que salir algo bueno para ella.

Quería una familia, retomó los estudios y cuando la Pastoral Juvenil ya no fue para ella, por su edad, permaneció aun así un año más.

“Mi relación con Dios ahora es de amor, es cercana, es de paz, claro a veces hay recuerdos que me mueven todo, pero trato de cultivarle el amor a mis hijos”, relata hoy, serena, July en su humilde casa en San José.

“Ahora soy abierta al diálogo, sé que Dios que nos ama y me libró para que pudiera dar testimonio de su amor”, agrega.

Con 37 años, July repasa su vida con más paz, consciente de que trabajará en romper cadenas hasta el final de su vida. Para lograrlo, se apoya en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde encuentra la fuente que llena cualquier vacío, por grande y profundo que sea.

 

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