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“A la gente le digo que no tengan miedo de darse”

  • Xinia Araya trabaja como miscelánea con pacientes VIH 

Danny Solano Gómez
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Doña Xinia Araya recuerda a aquel joven de 30 años con VIH, a quien ella le limpiaba la habitación. Con el tiempo se hicieron amigos, él le contó sobre su vida, de cómo su familia lo rechazó por ser homosexual y cómo llegó hasta el Hogar Nuestra Señora de la Esperanza, en Cartago, una institución encargada de brindar atención integral a pacientes con VIH y SIDA.

Ella lo cuidaba, fue como una mamá para él. La víspera de su fallecimiento lo vio muy triste. Siempre cuando hay alguien muy grave ella reza con el paciente la Coronilla de la Divina Misericordia, esa vez no había podido porque ya era muy tarde. Entonces le pidió al Señor que le permitiera verlo con vida un día más para rezar juntos. 

“Cuando me vio me ofreció una sonrisa. Rezamos y a los 20 minutos falleció. Sentí la mano de Dios dándome algo que le había pedido”, contó.

Esta vecina de Ujarrás de Paraíso, se casó y tuvo dos hijos. Comenzó su servicio en la Iglesia, primero limpiando el templo y lavando las vestimentas del sacerdote. 

Un día fue a visitar a una familiar que vivía y cuidaba chicos en el Albergue Pueblito en Paraíso. Su esposo, un agricultor que buscaba mejores oportunidades en el centro, le propuso que también fueran a vivir allí y cuidaran de niños. Tuvo a su cargo a 12 muchachos y muchachas por seis años.

Primeros encuentros con pacientes VIH

Cuando colaboraba en Pueblito conoció a una mujer que le habló acerca del Hogar Nuestra Señora de la Esperanza. Pertenecía a un grupo de visitadores que iban a las casas de pacientes con VIH y la invitó a las reuniones con los Padres Capuchinos. 

Doña Xinia se sincera y admite que al principio tuvo ciertos temores, en parte por la poca información que tenía respecto al virus. 

Aun así cuando su amiga le invitó a ir a una de las casas aceptó. Se acuerda que en aquella oportunidad le ofrecieron una taza de café y ella la tomó nerviosa. 

No obstante, conforme conoció más acerca del VIH y los pacientes, sus temores se alejaron, pronto se convertiría en una visitadora. 

Se acuerda cuando la gente le decía que cómo se le ocurría hacer semejante cosa, que la podían contagiar, que estaba loca. “La gente tenía muy satanizada la enfermedad, y aun hoy tienen prejuicios, por eso cuando tengo la oportunidad les explico”, expresó. 

Cuando el Hogar de la Esperanza inauguró las instalaciones actuales ella se hizo voluntaria. “El que usted se incomode, que salga de su confort para ayudar a otra persona, es decir, cuando usted cambia un pañal, baña a una persona, es algo que no paga ninguna plata, es algo que te llena de paz, me sentía muy bien. Yo amo este lugar”, mencionó.

A finales del 2012, la situación económica en su casa no era la mejor, su marido le pidió buscar un empleo para salir adelante con los gastos. Un día se encontró con una conocida y esta le contó que trabajaba para el Hogar Nuestra Señora de la Esperanza, muchos recuerdos volvieron a su cabeza y doña Xinia le contó su historia de voluntariado.

Para Navidad, de rodillas imploró a Dios un trabajito donde pudiera continuar su servicio como Ministra Extraordinaria de la Comunión y sacristana en la iglesita de su pueblo.

El 30 de diciembre la llamaron del Hogar Nuestra Señora de la Esperanza, la administradora le dijo que alguien le había contado que ella estaba buscando empleo y que había un puesto vacante.

Doña Xinia dijo inmediatamente que aceptaba, ni siquiera preguntó cuál puesto era ni cuánto era el salario. Así empezó una nueva etapa como miscelánea en el Hogar.

Dice que ha aprendido mucho, aquí ha forjado su carácter y ha mejorado como persona. Siempre se ha caracterizado por su trato cariñoso con los pacientes, de hecho, a los que no les incomoda, suele darles un abrazo.

Los jueves ella limpia y adorna la Capilla del Hogar, prepara un altar bien bonito, pone música y coloca una velita por cada paciente y cada colaborador. 

“A la gente le digo que no tengan miedo de darse, la Madre Teresa decía: “Ama hasta que duela, si duele es buena señal”, hay que hacer las cosas para Dios no para los seres humanos, si lo hacemos para Dios, él siempre recompensa”.

 

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