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Un mártir justo

  • Desde la cruz, Jesús sigue enseñando

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Interrumpimos hoy nuestra presentación de los protagonistas de la vida pública de Jesús, en este Domingo de Ramos, para presentar algunas consideraciones sobre el texto de San Lucas sobre la pasión del Señor (Lc 22,14-23,56), que hoy proclama y contempla la Iglesia, al iniciar la Semana Santa y que ha ayudarnos a adentrarnos en estos últimos y cruciales momentos de la vida del Salvador. Veamos:

San Lucas presenta la Pasión, en primer lugar, como un martirio (o testimonio), pero no como el martirio de una idea, sino como voluntad de Dios: “el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado” (Lc 22,22). La Pasión de Jesús sucede siguiendo el plan de Dios. Al evangelista le gusta subrayar algunos aspectos que serán normativos también para el futuro: el silencio y la paciencia del Señor ante los insultos y las acusaciones (Lc 23,9), la inocencia del condenado admitida por Pilato y por Herodes (Lc 23,4.14-16), la acogida del ladrón arrepentido (Lc 23,43), el perdón otorgado a Pedro (Lc 22,61) y a los pecadores (Lc 22,51; 23,34). El testimonio de Jesús supone para los discípulos una llamada, además de una cálida y apremiante invitación a hacer lo mismo. 

En efecto, Esteban, el protomártir de la Iglesia del Nuevo Testamento, que encarna al verdadero discípulo, se comportará de forma parecida a Jesús frente a sus enemigos (Hech 7,59-61). De este modo, San Lucas representa en la Pasión del Señor al primero y verdadero mártir. En consecuencia, no constituye ninguna sorpresa que el tema del testimonio, aparezca también con tanta insistencia, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como también el tema de la inocencia. 

La idea no es del todo nueva, porque aparece también en los otros evangelistas, pero sólo San Lucas expone las tres acusaciones políticas que lanzan las autoridades judías contra Jesús (Lc 23,2) y el hecho singular de que Pilato declare por tres veces a Jesús inocente (Lc 23,4.14.22). A esta misma conclusión de la inocencia de Jesús, llegará también Herodes (Lc 23,15). Jesús es el inocente y el justo por excelencia. Igualmente, las mujeres que se lamentan a lo largo de su viacrucis, expresan con su llanto que Jesús no es un criminal (Lc 23,27). El buen ladrón lo afirma con toda claridad (Lc 23,41). En este sentido debemos leer asimismo la afirmación del centurión a los pies de la cruz: “Verdaderamente este hombre era justo”, es decir, inocente (Lc 23,47). 

San Lucas es notoriamente conocido como el “Evangelio de la misericordia”, porque Jesús manifiesta en más ocasiones que en los otros su compasión por los pecadores, los extranjeros y las mujeres: tres categorías que en aquel tiempo componían el nutrido grupo de los marginados. También en el relato de la Pasión reaparece esta sensibilidad: Jesús cura la oreja cortada al siervo (Lc 22,50-52), mira a Pedro y le perdona (Lc 22,61), no presta atención a sus propios sufrimientos, sino a los de las mujeres de Jerusalén a las que intenta consolar (Lc 23,27-31), manifiesta públicamente su perdón a los que le están crucificando y declara: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). 

Es especialmente conocida atención que dedica Lucas a la oración (Lc 3,21; 5,16...). Asimismo, se pueden detectar elementos novedosos en el relato de la Pasión. Más allá de las anotaciones sobre la oración, que podemos encontrar también en Marcos y Mateo, el tercer evangelista añade pasajes que muestran su sensibilidad por este tema. Jesús advierte a Simón de la tentación inminente y añade una preciosa garantía: “Yo he rogado por ti, para que no falle tu fe” (Lc 22,32). El ya citado texto de Lc 23,34, que expresa el perdón de Jesús a sus asesinos, formulado en forma de oración elevada al Padre: “Padre, perdónalos...”. Y también dirigido al Padre, concluye Jesús su existencia terrena, apagándose con las palabras del Salmo 31,6 exclamando: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

La última tentación

El Papa Francisco decía en su homilía del Domingo de Ramos, del año 2016, lo siguiente:

“Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, (Jesús) afronta también la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte y amor donde hay odio.

Nos puede parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡Cuánto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por él y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, más que alegrarnos porque él viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. 

Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Los invito en esta semana a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Estamos atraídos por las miles y vanas ilusiones del aparentar, olvidándonos de que “el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Gaudium et Spes, 35); con su humillación, Jesús nos invita a purificar nuestra vida.  Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender al menos algo de su anonadación por nosotros; y así, en silencio, contemplemos el misterio de esta semana. Reconozcámoslo como Señor de esta semana…” (De la homilía del Papa Francisco, domingo 20 de marzo 2016).

 

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