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Santa Isabel

  • De Santa Isabel tenemos noticias en los relatos de la infancia de Juan y de Jesús. Hoy queremos conocerla más a fondo.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat 

El domingo anterior conocimos al sacerdote Zacarías (Lc 1,5-25), junto a su esposa Isabel, a la que hoy queremos presentar. Especialmente de ella hemos escuchado noticias de la visita de María a su casa, en el segundo misterio gozoso del santo rosario y cuya fiesta celebramos el 31 de mayo. San Lucas nos cuenta que era descendiente de Aarón (es decir, de una familia sacerdotal judía) y se llamaba Isabel o Elizabeth. Su nombre significa “Dios es mi plenitud”. Y junto a su esposo Zacarías, san Lucas dice “que ambos eran rectos a los ojos de Dios y vivían irreprochablemente de acuerdo con los mandatos y preceptos. No tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos eran de edad avanzada” (Lc 1,6-7).

Como podemos notar, Zacarías es presentado como un personaje representativo de una casta (“cierto sacerdote”), real o histórico (nombre). Tanto él como su mujer Isabel, son descendientes de Aarón (entronque con el pasado religioso de Israel) y son descritos como observantes intachables de la Ley: representan a la institución judía, fundada sobre el culto y la Ley. Podríamos muy bien decir que constituyen la quintaesencia de la religión judía. 

San Lucas se apresura, sin embargo, a calificar a Isabel de estéril: no tiene descendencia ni esperanza alguna de tenerla. No tener hijos, en aquella cultura, constituía una vergüenza muy grande (Lc 1,25) y era considerado frecuentemente como signo de castigo divino, al igual que tener hijos era signo de bendición. No sólo Isabel era estéril como Rebeca y Raquel, sino que ambos eran ya viejos como Abrahán y Sara. El contraste entre su actitud profundamente religiosa, de observantes intachables de la Ley, y su vergonzosa situación ante la sociedad judía, recalcada al máximo, está debidamente presentado al comienzo del Evangelio lucano.

Y ya sabemos cómo el arcángel Gabriel le anuncia el nacimiento de Jesús, hecho que se cumple, cuando San Lucas termina su relato: “Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: ‘Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres’…” (Lc 1,24-25). Después del anuncio a María, ésta presurosamente se va a visitar a su pariente Isabel, recién embarazada de Juan el Bautista y en donde Isabel va a tener un papel especial:

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: ‘¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor’…” (Lc 1,39-45).

La visita de María a su prima Isabel está llena de resonancias bíblicas, como cuando se trasladó el arca de la alianza entre danzas y saltos de alegría a casa del filisteo Obededom, donde estuvo tres meses, llenando de bendiciones a sus moradores (ver 2 Sam 6,1-11).

María, que acaba de recibir del ángel la trascendental noticia de su maternidad divina, corre presurosa, por la montaña, a casa de Isabel, a llevarle a su Hijo a Juan, ya que ambos estaban gestándose en el seno de sus madres. Llena de Dios, María es portadora en su seno del Salvador, ella misma es el arca de la nueva alianza, y es por lo tanto evangelizadora: la Buena Noticia la comunica con su misma presencia y llena de alegría a Isabel y al hijo que salta de gozo en sus entrañas, el que será el precursor de Jesús, Juan el Bautista. 

En realidad, el encuentro de María e Isabel, es el encuentro de los dos hijos de ambas: Juan inaugura su misión anunciando, por boca de su madre, el señorío de Jesús (Lc 1,43), la realización de su mesianismo y de su profunda relación con Dios.

Símbolo de encuentro

Es significativo, por lo demás, este encuentro de Isabel y María, dos mujeres sencillas del pueblo, que han sido agraciadas por Dios con una inesperada maternidad y se muestran totalmente disponibles a su voluntad. Son un hermoso símbolo del encuentro del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los tiempos de la espera y de la plenitud de la venida. 

Llena de alegría, Isabel canta a voz en grito (María lo hará seguidamente en Lc 1,46-55), las alabanzas de Dios y de su prima, en quien reconoce a “la madre de mi Señor” y la “bendita entre todas las mujeres”.

Con su alabanza, Isabel traza un buen retrato de su prima: “dichosa tú, que has creído”. Isabel es la única mujer del Nuevo Testamento, que aparece como “llena del Espíritu Santo” (Lc 1,41). Esta acción del Espíritu Santo, experimentada por ella de modo particularmente profundo, en el momento del encuentro con María, está en relación con el misterioso destino del hijo que lleva en su seno. 

Ya el padre del niño Juan, el sacerdote Zacarías, al recibir el anuncio del nacimiento de su hijo, durante su servicio sacerdotal en el templo, escuchó que el ángel le decía: “Estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre” (Lc 1, 15). En el momento de la visitación, cuando María cruza el umbral de la casa de Isabel (y juntamente con ella lo cruza también Aquel que ya es el “fruto de su seno”), Isabel experimenta de modo sensible aquella presencia del Espíritu Santo. Ella misma lo atestigua en el saludo que dirige a la joven madre que llega a visitarla. Y, finalmente, Isabel vuelve a aparecer, naturalmente, en los días del nacimiento de su hijo y le pone por nombre Juan, en presencia de su esposo “sordomudo” (no aparece su prima María, puesto que ya había regresado a su casa, como vemos en Lc 1,56-67).

“Dos mujeres… un camino”, era el título de una telenovela, que bien podemos aplicar a Isabel y a María, unidas en el camino trazado por Dios en relación con Cristo. Una anciana y otra jovencita, las dos engendrando la vida en sus entrañas, las dos uniendo lo antiguo y lo nuevo. Dos criaturas que se encuentran desde el seno maternal de sus progenitoras… Esto lo podemos aprender de ambas mujeres, en especial de santa Isabel en este domingo.

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