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La mujer sirofenicia

  • La fe auténtica, aunque sea pequeña, es capaz de “mover montañas”.
  • Esto es lo que aprendemos hoy de este milagro de curación.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Una vez más, estamos ante una mujer pagana, modelo de fe de alguien que, no siendo judío, es capaz de creer en Jesús, como el centurión romano (Mt 8,5-13; Lc 7,1-10). Este texto de la cananea, tan conocido por nosotros, lo hemos presentado en el Eco Católico, el domingo 17 de agosto del 2014, en nuestro artículo llamado: “Una fe sin fronteras”, correspondiente al domingo XX del Tiempo Ordinario, ciclo A. La vimos también el miércoles 7 de agosto pasado (correspondiente a la XVIII Semana del Tiempo Ordinario, según Mt 15, 21-28). Hoy la veremos desde el texto de Mc 7,24-30:

Después Jesús partió de allí y fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quiso que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto. En seguida una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de él y fue a postrarse a sus pies. Esta mujer, que era pagana y de origen sirofenicio, le pidió que expulsara de su hija al demonio.

Él le respondió: “Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros”. Pero ella le respondió: “Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos”. Entonces él le dijo: “A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija”.

Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio.

Una mujer extranjera, modelo de fe

Este texto también lo escuchamos el jueves 14 de febrero 2019 (correspondiente a la V Semana del Tiempo Ordinario). El episodio sucede en el extranjero, en territorio de Tiro y Sidón, en Fenicia. La mujer que protagoniza esta escena no es judía, lo que le da un sentido muy particular al gesto de Jesús.  Ella se le acerca con fe, para pedirle la curación de su hija, que está poseída por un demonio. Jesús pone a prueba esta fe, con palabras que a nosotros nos pueden parecer bastante duras (los judíos serían los hijos, mientras que los paganos son comparados a los perritos), pero que a la mujer no parecen desanimarla. A Jesús le gusta su respuesta sobre los cachorros, que también comen las migajas de la casa y le concede lo que pide ¡Lo que puede la súplica de una madre! La de esta mujer la podemos considerar un modelo de oración humilde y confiada. Pero vayamos a la narración, en sus cinco momentos:

1. Marcos 7, 24: Jesús sale del territorio. Sale de Galilea. Parece querer salir de la prisión del territorio y de la raza. Está en el extranjero y parece que no quiere ser conocido. Pero su fama había llegado antes que él. La gente lo sabe y lo busca. 

2. Marcos 7.25-26: La situación. Una mujer llega cerca y empieza a pedirle por su hija enferma. San Marcos dice explícitamente que era de otra raza y de otra religión. Esto es, era pagana (en Mateo aparece como cananea). Ella se postra a los pies de Jesús y empieza a suplicar para que cure a su hija poseída por un espíritu impuro. Los paganos no tenían problema en recurrir a Jesús. Los judíos ¡sí que tenían problemas en convivir con los paganos!

3. Marcos 7,27: La respuesta de Jesús. Fiel a las normas de su religión, Jesús dice que no conviene tirar el pan de los hijos y darlo a los cachorros. Frase por lo demás, muy dura. La comparación está sacada de la vida familiar. Hasta hoy, niños y perritos es lo que más tenemos en los barrios pobres. Jesús afirma una cosa que es cierta: ninguna madre saca el pan de la boca de los hijos para darlo a los cachorros. En este caso, los hijos eran los judíos y los cachorros, los paganos. En la época del Antiguo Testamento, por causa de la rivalidad entre los pueblos, un pueblo acostumbraba llamar a otro “cachorro” o “perro” (1 Sam 17,43). En el texto de Mateo, Jesús explica el porqué de su rechazo: “No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15,24). 

4. Marcos 7,28: La reacción de la mujer. Ella concuerda con Jesús, pero amplía la comparación y la aplica a su caso: “Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos”. Es como si dijera: “Si soy perrito, entonces tengo los derechos de los perritos, es decir, ¡las migajas me pertenecen!” Ella sencillamente sacó las conclusiones de la parábola que Jesús contó y, mostró que, hasta en la casa de Jesús, los perritos comían las migajas que caían de la mesa de los niños. Y en la “casa de Jesús”, esto es, en la comunidad cristiana, la multiplicación del pan para los hijos fue tan abundante que estaban sobrando doce canastos (Mc 6,42) para los “cachorros”, esto es, para ella, para los paganos.

5. Marcos 7,29-30: La reacción de Jesús: “A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija”. En San Mateo se explicita: “¡Grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (Mt 15,28). Se ve que a Jesús le llamó la atención la respuesta de la mujer, pues sin más rodeos le aseguró que su hija estaba curada y que se podía regresar tranquila, cosa que hizo inmediatamente. Cuando llegó a casa, comprobó que su hija había sido curada y reposaba serenamente.

El episodio de esta mujer nos enseña cómo ella, siendo extranjera, pide a Jesús un milagro para su hija, pese a que Jesús pone a prueba su fe, usando una frase que se utilizaba para despreciar a los extranjeros, pero ella confiada en la justicia de Dios, convencida de la cabida que los rechazados tenían en el Reino de Dios, responde sabiamente a Jesús y éste sana a su hija. Un ejemplo más de la opción de Dios por los oprimidos, los marginados y relegados, los que están fuera del poder y de la protección de las leyes. Aquella mujer tenía la claridad necesaria para acercarse a Jesús, porque confiaba en la bondad de Dios, que las palabras de Jesús transmitían acerca del Reino, que es para todos. 

Para nosotros también es una lección de universalismo. No tenemos monopolio de Dios, ni de la gracia, ni de la salvación. También los que nos parecen alejados o marginados pueden tener fe y recibir el don de Dios. Esto nos tendría que poner sobre aviso: tenemos que saber acoger a los extraños, a los que no piensan como nosotros, a los que no pertenecen a nuestro círculo familiar, social, nacional o eclesial.

 

 

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