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El paralítico curado

  • Un relato bello y edificante donde descubrimos que Jesús nos sana integralmente.

Pbro. Mario Montes M.
Animación bíblica, Cenacat

Seguimos con nuestra presentación de los enfermos en los tiempos de Jesús, como protagonistas de la historia de la salvación. Hoy le toca al hombre paralítico, cuyo relato lo encontramos en Mt 9,1-8; Mc 2,1-12 y Lc 5,17-26. Vamos a ver la versión de San Marcos, que la Iglesia nos presenta el segundo domingo del Tiempo Ordinario, ciclo B, así como el viernes de la primera semana del Tiempo Ordinario:

Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa.  Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres.  Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”.  

Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: “¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”. Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: “¿Qué están pensando?  ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados son perdonados’, o ‘levántate, toma tu camilla y camina’? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados - dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.  Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: “Nunca hemos visto nada igual” (Mc 2,1-12).

Lo que ocurrió ese día

Después de recorrer durante algún tiempo las tierras de Galilea, Jesús regresa a Cafarnaún y se hospeda en la casa de Pedro (Mc 1,29). Todos acuden a ver lo que pasa y a escuchar lo que dice. Pero la situación de Jesús ha cambiado sensiblemente. En la multitud se han infiltrado algunos emisarios de Jerusalén, que vienen a inspeccionar lo que sucede. Son escribas, pertenecientes al grupo más activo del partido de los fariseos. Con su aparición en escena comenzará un conflicto, que habrá de terminar en Jerusalén con la muerte del Maestro.

Pero la fe del pueblo y la confianza en el poder taumatúrgico de Jesús sigue creciendo. Buena prueba de ella es la pintoresca y edificante narración, no ausente de belleza, que nos ofrece san Marcos en este evangelio: unos hombres llevando consigo en camilla a un pobre paralítico, que tratan de acercarse a Jesús. Al encontrar la puerta cerrada, por la multitud que se arremolinaba ante ella, estos hombres suben a la terraza por la escalera exterior, y abren un boquete para bajar la camilla con su enfermo y ponerla a los pies de Jesús. Podemos pensar en una casa típica de Palestina: con una sola habitación, cubierta con una terraza a base de vigas de madera, ramas y barro, y con una escalera exterior para subir a ella. 

El Maestro valora la fe de aquellos hombres y del enfermo, a quien le dice que le son perdonados sus pecados. Seguramente, el enfermo tiene un cierto sentido de culpabilidad, al pensar que Dios le ha castigado por sus pecados. Jesús le tranquiliza. Aunque las palabras de Jesús podían entenderse como la declaración de que Dios mismo perdona los pecados, los escribas, que no pierden palabra ni detalle, entienden que Jesús se arroga una competencia que, según las Escrituras, pertenece única y exclusivamente a Dios. “Sólo Dios puede perdonar los pecados”, piensan estos escribas, y acusan en su interior de blasfemo a Jesús.

Jesús se da cuenta de lo que murmuran y piensan para sus adentros. Y se dispone a dar una señal, no sólo para mostrar que Dios perdona los pecados, sino también que él, siendo Hijo del Hombre, tiene poder para perdonar pecados sobre la tierra. El perdón de los pecados no es un hecho constatable por la experiencia objetiva, y así es más fácil decir “tus pecados te son perdonados”, pues eso no se puede comprobar, que decir “levántate y anda”. Pero ambas palabras son igualmente difíciles de pronunciar con verdad y autoridad. Los escribas debían haber admitido, que el que es capaz de decir a un paralítico que se levante y conseguirlo efectivamente, es capaz también de perdonar los pecados, aunque este hecho no pudieran comprobarlo en sí mismo.

Jesús no se contenta con perdonar los pecados, sino que, para que veamos que el perdón es real, cura también las enfermedades del cuerpo. Él demuestra que ha venido a salvar integralmente al hombre, alma y cuerpo, pues a veces pensamos que la salvación de Jesús es únicamente espiritual o moral. A él le interesa la persona, pues perdona y cura a la vez. 

Para nosotros

Hoy también: ¿a quién ayudamos nosotros? ¿a quién llevamos para que se encuentre con Jesús y le libere de su enfermedad, sea cual sea? ¿o nos desentendemos, con la excusa de que no es nuestro problema, o que es difícil de resolver?  “El Hijo del Hombre tiene poder para perdonar pecados” viene ahora su continuidad y su expresión sacramental en el sacramento de la Reconciliación. Por mediación de la Iglesia, a la que él ha encomendado este perdón, es él mismo, Cristo, lleno de misericordia, como en el caso del paralítico, quien sigue ejercitando su misión de perdonar.

Asimismo: ¿en cuál personaje de la escena nos sentimos retratados? ¿en el enfermo que acude confiado a Jesús, el Hijo de Dios misericordioso? ¿en las buenas personas que saben ayudar a los demás? ¿en los escribas que, cómodamente sentados, sin echar una mano para colaborar, sí son rápidos en criticar o juzgar a Jesús por todo lo que hace y dice? ¿o en el mismo Jesús, que tiene buen corazón y libera del mal a todo aquel que lo necesita?

 

 

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