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Una estrella cada vez más luminosa

Mons. Vittorino Girardi S.
Obispo emérito de Tilarán Liberia

San Daniel Comboni, del cual el 15 de marzo es el día de su nacimiento, murió en Jartum, el 10 de octubre de 1881. Era lógico, además de un deber, que los misioneros Combonianos quisieran celebrar, en 1991, el primer centenario de su muerte. En todas las Provincias de la Congregación se organizaron varias actividades celebrativas… En aquel año (1991) me encontraba en Roma para ampliar estudios y cuál fue mi sorpresa cuando me enteré de que los encargados de las celebraciones centenarias de la Provincia Comboniana de México me invitaban a dar una serie de charlas sobre nuestro fundador, cuya causa de canonización estaba en camino y que parecía aún lejana de su posible positiva conclusión.

Me sorprendió la invitación, pero me sorprendió mucho más que algunos misioneros combonianos, particularmente entre los mayores, aún admirando las extraordinarias dotes humanas del Fundador, no tuvieran la misma certeza con respecto a su heroica santidad… Había habido razones por las cuales no pocos combonianos de los comienzos de nuestra Congregación, no conocían la santidad del Fundador. Basta recordar que hubo un tiempo en que los superiores de la naciente familia misionera comboniana tomaron la decisión de no hablar de Comboni a los formandos. No es este el “espacio” apropiado para dar razón de esa dolorosa decisión, pero eso explica la perplejidad de algunos de nuestros mayores con respecto a la heroica santidad de Daniel Comboni.

Hoy en día, primero por su beatificación, el 17 de marzo de 1996, y luego por su “pronta” canonización, el 5 de octubre del 2003, ambas por decisión de San Juan Pablo II, toda perplejidad ha desaparecido. Más aún el brillo de la santidad de San Daniel Comboni va aumentando cada vez más en la Iglesia: parroquias, templos, calles de ciudades, centros educativos, creaciones artísticas, investigaciones científicas, publicaciones varias… van aumentando cada vez más. Comboni ya no es sólo de los combonianos, él es de la Iglesia Católica. Al respecto nos ha sorprendido grandemente el hecho de que hace unos tres años, los obispos católicos de Vietnam pidieran a la Santa Sede que se estableciera la memoria (fiesta) de San Daniel Comboni para toda la Iglesia.

Extraordinaria fecundidad

El Carisma que el Espíritu Santo suscitó en el corazón de Comboni, sigue mostrando su extraordinaria fecundidad. Además de las cuatro familias misioneras que toman su inspiración y su nombre directamente de él: los Misioneros Combonianos (1867), Misioneras Combonianas (1872), Misioneras Seculares Combonianas (1960) y los Laicos Misioneros Combonianos (1991), numerosas -unas 25- son las congregaciones e institutos que de algún modo y en distinta medida hacen referencia a San Daniel Comboni, en cuanto que tienen a un misionero comboniano como fundador. En América, y más allá, han tenido un rápido desarrollo los Servidores de la Palabra, los Apóstoles de la Palabra, los Pequeños Hermanos de María… en África, pero con presencia fuera de ella, son muy conocidos los Apóstoles de Jesús. Yo mismo, en los breves cuatro años en que colaboré con el misionero comboniano P. Juan Marengoni, fundador de los Apóstoles de Jesús, y constatando cómo llegaban los jóvenes de las varias tribus africanas, dispuestos a aceptar una disciplina y una exigente formación que jamás hubiesen imaginado, me repetía la vieja expresión latina: “digitus Dei est hic” (“aquí está el dedo de Dios”), aquí está su gracia y la intervención de su Providencia. El sueño de Comboni, de “salvar África con África”, lo veía cada día realizado en aquellos jóvenes misioneros de piel negra.

Doloroso contraste

El contraste de todos estos “frutos” con los últimos dos años de vida de Comboni, es del todo sorprendente e impactante. En 1880, Comboni vuelve por última vez a África. Aún no tiene 50 años, pero ya es un hombre envejecido, que transcurre su tiempo entre “cansancios, agotamientos, postraciones, etc. después de lo cual uno se mata al trabajar, duerme poco, carece de apetito, etc., etc.”, -así él mismo escribía-. Tiene la impresión de que se va a a morir pronto y lo manifiesta en sus escritos a los amigos y colaboradores, aunque sigue con su acostumbrado ritmo de trabajo. A este “cansancio general” se añaden sufrimientos morales indecibles por cuanto se va diciendo de él en Verona (Italia) y en África, que echa dudas sobre su integridad moral. Simplemente, se siente derrotado. Llega a escribir expresiones que claramente nos sorprenden en un hombre y sacerdote que siempre había mostrado optimismo y entusiasmo. Unos dos meses antes de su muerte escribía: “En el curso de mi ardua y laboriosa empresa me pareció más de cien veces encontrarme abandonado de Dios, del Papa, de los Superiores y de todos […] Viéndome así abandonado y desolado tuve cien veces la más fuerte tentación, y también incitaciones de hombre píos, respetables, pero sin coraje y confianza en Dios, de abandonarlo todo, entregar la Obra y ponerme a disposición de la Santa Sede”.

Al fin Comboni se encuentra solo, en abierto y muy doloroso contraste con las calumnias, las ingratitudes, las muertes de sus misioneros, la angustia del término de su vida que siente cercano. Delante de él, se halla el misterio del África que un día lo fascinó, y en torno suyo mucha indiferencia y lejanía de quienes esperaba comprensión y apoyo.

Sin embargo, la certeza de que su vocación misionera tiene su origen en Dios hace que resista hasta el final, hasta el extremo. Las obras de Dios nacen a los pies de la cruz y la cruz engendra el triunfo, escribiría él mismo, pocos días antes de morir.

Comboni, resulta pues, otro precioso grano de trigo que “muriendo” no ha quedado solo, no ha desaparecido, sino que ha germinado en frutos que dan vida. Su estrella parecía apagarse en Jartum, pero de hecho es cuando empezaba a ser cada vez más luminosa.

 

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