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San José y la vocación bautismal

Pbro. Luis Paulino González H.
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Vimos en la entrega anterior cómo San José nos ayuda a vivir nuestro sacerdocio común. Hoy se comentan las otras dos dimensiones de esa triple vocación bautismal: profetas y reyes.

Vocación profética

La vida y misión de José se ubica exactamente en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento (Mt 1, 1-17).  Le corresponde a él presenciar el cumplimiento de las promesas antiguas (Mt 1, 22; 2, 6. 15. 17s. 23; Lc 1, 32s; 2, 28ss).  Es testigo del abajamiento de Dios (cf. Flp 2, 6-11). Él ve cómo todos los signos de la antigua alianza, que no eran más que sombras (Hb 9, 9s; 10, 1), van dando paso a las realidades trascendentes.

José ha visto con sus propios ojos que Dios cumple sus promesas; por eso su vida es profética. El profeta no es quien adivina el futuro sino quien sabe descubrir el paso de Dios en la historia humana y sabe hablar de parte de Dios a los hombres de su tiempo.

La comunidad de los bautizados, que constituye el nuevo Pueblo de Dios, “participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza” (Lumen Gentium 12).

Para ejercer esta función, el pueblo de Dios ha sido dotado de un sentido sobrenatural de la fe. Este sentido sobrenatural, que le permite a la Iglesia captar las verdades eternas y prestarles su asentimiento, estaba ya presente en José cuando, imitando los antiguos modelos de la fe, pudo creer en la Palabra de Dios y esperar contra toda esperanza (cf. Rm 4, 18-21). De ahí que la devoción a san José sea un aliciente para fortalecer la fe de los bautizados y un auxilio para poder descubrir el paso de Dios en la vida del ser humano. ¡Cuánto bien nos haría recurrir a su intercesión cuando nos toque atravesar crisis de fe y de sentido!

Pueblo de Reyes

La vocación regia de todo cristiano es el servicio. Compartimos la realeza de Cristo mediante el servicio a los hermanos y así contribuimos en la construcción de su reino (cf. Lumen Gentium 13, 36; CCE 786).

El servicio de José a la humanidad lo realizó, fundamentalmente, en el ejercicio de la paternidad (Mt 1, 21. 25; 2, 13s. 20-23; 13, 55; Lc 2, 21. 33. 45. 48.51; 4, 22; Jn 6, 42; 7, 42; Redemptoris Custos 7-8).

Tras vivir treinta años sujeto a la autoridad del humilde carpintero, Jesús comienza a anunciar que el Reino de Dios ha llegado (cf. Mt 4, 17; 12, 28).

De ahí se sigue que, actuando como padre protector y providente del Verbo encarnado, José ejerce un servicio sin igual a la obra de la salvación: no sólo es servidor directo del Dios hecho hombre, sino que también sienta las bases para la construcción del Reino.

Podríamos decir que con su servicio humilde y discreto, José contribuyó a que fuese posible que el Reino de Dios germinara en medio de la humanidad. Así, este pobre artesano, padre y esposo se convirtió en uno de los primeros operarios del “reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz” (Prefacio de la solemnidad de Cristo, rey del universo).

De aquí que mirar la figura de San José debe hacernos conscientes de que, por el bautismo hemos sido constituidos en reyes para servir al prójimo y hacer patente ese reino eterno y universal en medio del mundo.

Aprender a ejercer esta condición regia que nos fue dada en el bautismo, es parte de las tareas que tenemos en esta cuaresma para que podamos renovarla efectivamente cuando el hijo adoptivo del carpintero de Nazaret, resucite de entre los muertos.

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