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“Saca la viga de tu ojo”

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

Con la ordenación episcopal, todo obispo diocesano recibe la misión de enseñar y explicar a los fieles las verdades de fe que han de creerse y vivirse, predicando personalmente con frecuencia y cuidando que se cumpla, diligentemente todo cuanto compete al ministerio de la Palabra en la diócesis, principalmente sobre la homilía y la enseñanza del catecismo, de manera que a todos se enseñe la totalidad de la doctrina cristiana, sin desviaciones ni errores.

Es, pues, mi deber anunciar a todos la Buena Nueva, según el mandato que nos dejó Cristo de ir por todo el mundo para predicar el Evangelio,  y tal como nos enseña el apóstol Pablo: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio!”  

Este oficio que he venido desempeñando con constancia y alegría ha sido, recientemente, tergiversado desde la lógica de manipulación y falsedad que impera en nuestros días respecto a toda comunicación que emerge de la Iglesia.

De modo puntual, el pasado 3 de marzo, el Señor en su Palabra nos recordaba: “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, ¿sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. 

Como acostumbro a hacer en mis redes sociales, al respecto comenté: “Con humildad debemos reconocer que, por nuestra imperfección, no podemos constituirnos en jueces del hermano que falla. Quitemos primero la viga que hay en nuestro ojo.” Esta acotación, apegada al espíritu de la escritura, fue descontextualizada al punto de afirmarse que, con mi afirmación, yo incluso contradecía la existencia de cualquier tribunal humano.

Al retomar el texto del Evangelio en cuestión, vemos como el Señor nos estimula a abstenernos de un hábito cada vez más común en nuestra sociedad, concretamente, juzgar a los demás. En su lugar, Jesús nos pide examinar nuestros propios corazones pues acusamos al prójimo, pero siempre nos excusamos a nosotros mismos, somos severos y rigurosos con el hermano, pero condescendientes en el juicio personal.  Ya no solo somos jueces sino también ejecutores de sentencias.

Tanto en el plano de las relaciones humanas básicas, como en las redes sociales o en los medios de comunicación, justificamos nuestra trayectoria de vida, pero a veces desacreditamos la vida de otros. Somos muy poco autocríticos, pero opinamos de los demás generalizando, con vaciedad y sin equilibrio. En contraste, la vida del cristiano debe ser una mirada desde la caridad, una ayuda permanente al que está a nuestro lado.

Como nos enseña el Papa Francisco: “El Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a cuantos son esclavos de tantos espíritus malvados de este mundo … El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. ¡El Evangelio es capaz de cambiar a las personas! Por tanto, es deber de los cristianos difundir por doquier su fuerza redentora, llegando a ser misioneros y heraldos de la Palabra de Dios”. 

La experiencia vivida, antes que desanimarme, me impulsa a seguir predicando el Evangelio de Jesús en todo momento y en todo lugar, y con confianza, exhorto a todos los agentes de pastoral a hacer suya la recomendación de San Pablo a Timoteo: “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, advierte, exhorta con toda paciencia y doctrina.”   La Palabra del Señor no tiene ataduras.

 

1Cf. C.I.C. c.386 § 1.    

2Cf. Mateo 28,19

3I Cor 9,16

4Lucas 6,39-45

5Papa Francisco, 1 de febrero del 2015

6II Timoteo 4,2

 

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