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María, ejemplo de compromiso

Monseñor José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

En mayo, mes mariano, la Iglesia nos presenta a la Virgen María como el referente de compromiso, perseverancia y fidelidad a Dios, digno de imitar en nuestras vidas. Como nos enseña el Concilio: “María, hija de Adán, dando su consentimiento a la palabra de Dios, se convirtió en la Madre de Jesús. Abrazando la voluntad salvadora de Dios con todo el corazón…María, ejemplo de compromiso se entregó a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo”.1

Su primer compromiso fue la maternidad. Hoy, cuando en nuestra sociedad desde la así llamada perspectiva de género, se nos quiere imponer la idea que la maternidad no es un don o regalo de Dios, sino una construcción socio-cultural, deformándolo o vaciándolo de toda su riqueza, la virgen de Nazaret nos reafirma el insustituible rol que desempeña, en la familia y en la sociedad, la mujer que, acogiendo alegremente en su vientre una nueva vida, por naturaleza tiene la capacidad de  conservarla,  protegerla y amarla incondicionalmente.

El Papa Francisco nos dice que sólo las madres conocen lo que realmente significa gestar la vida: “La maternidad nunca es ni será un problema, es un don… a ustedes  (madres) se les pide que gesten el futuro…  no sólo por ustedes sino por sus hijos y por la sociedad toda.”2

Con María reconocemos que la mujer-madre da un aporte invaluable al mundo y que su condición no la desmerita ni le obstaculiza su realización personal. La maternidad fortalece la dignidad de la mujer y le permite desarrollar su potencialidad de entrega, amor y generosidad.

El Compromiso de María con su Hijo se traduce, inmediatamente, en un servicio generoso a la humanidad con el anhelo de comunicar a todos la grandeza del Dios que hace maravillas. Reconociéndose en libertad la “esclava del Señor”, María se dispone con prontitud a socorrer a su prima Isabel (Lucas 1, 39-56), también a interceder por los esposos en las bodas de Caná (Juan 2,1-11) y a acoger al discípulo como a su hijo (Juan 19, 26), siendo consecuente con su misión maternal con la humanidad. La fidelidad de María a Dios parte de un SÍ incondicional, en medio de lo que significó estar presente en los momentos más difíciles de la vida de su Hijo, de sus labios nunca salió una palabra de reclamo al Padre, todo lo contrario, reafirmando su propia peregrinación de su fe llega hasta al pie de la cruz de su Hijo (Juan 19,25) y es ahí donde nos recibe como sus hijos y como lo hizo con Jesús, nunca nos abandona.

Es que María concibió su vida desde el proyecto de Dios, miró al infinito para comprometerse con la vida presente. En la Iglesia tenemos ejemplos de mujeres que vivieron intensamente esta dimensión y se entregaron en el auténtico amor a servir a Dios en los más pobres. Entre ellas Santa Teresa de Calcuta quien con mucha sabiduría nos dice en las actuales circunstancias del país “Para mí, la vida es el regalo más precioso que Dios ha hecho al hombre, y por ello, los pueblos y naciones que destruyen la vida mediante el aborto y la eutanasia son los más pobres. No hablo de lo que es legal o ilegal, sino que digo que ninguna mano humana debe alzarse para destruir la vida, porque la vida de Dios vive en nosotros, aun en los niños no nacidos.”3

No hay duda que hoy se necesitan creyentes que como la Virgen María, sean verdaderos discípulos que asumen el estilo de vida de Jesús. Para ello se requiere lealtad, fidelidad y constancia, de lo contrario se estaría recayendo en la mediocridad de muchos cristianos hoy.

1Lumen Gentium n.56

2Francisco, Centro Penitenciario Femenino, Chile, 17 de enero 2018

3La alegría de amar, p. 178

 

 

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